Soledad Fértil

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:
  • valeria_villa

Así describe Adam Phillips a la capacidad de disfrutar de la propia compañía como una conquista y no como un rasgo del carácter con el que se nace o no.

La soledad puede significar tener que enfrentarse con pensamientos y sentimientos que se han estado evitando porque son amenazantes. Al enfrentar duelos por muerte o rupturas, muchos pacientes temen no ser capaces de soportar la soledad que se avecina. Romper las rutinas en compañía convierte los fines de semana y el tiempo libre en una región temida, en la que sólo se imaginan bebiendo para anestesiar la tristeza, viendo televisión, durmiendo o revisando su directorio telefónico para inventarse una cita. Todo es preferible a encontrarse consigo mismos y con la zona aterradora del mundo interior.

Y es que en soledad, dice Phillips, una vuelve a tener 9 o 10 años, vuelve a ser el niño vulnerable que dependía de las decisiones de otros, que a veces se sentía abandonado en miedos y tristezas, que buscaba consuelo pero no siempre lo encontró: “La soledad es una viaje, un viaje potencialmente fatal para un bebé en la ausencia de cuidados maternos suficientes”.

Frente a la soledad, suelen aparecer cuadros depresivos, en la forma de agotamiento y ganas de dormir todo el día. No necesariamente como un deseo de muerte, pero sí como fantasía de huida del dolor.

Cuando el niño está solo, descubre su deseo; su dependencia de un objeto que aunque quizá confiable, no puede ser controlado totalmente para satisfacer todo su deseo.

Este es el duelo que los adultos deben hacer en su tránsito de la desesperación a la soledad fértil, disfrutable. Saber que los objetos son incontrolables, que calman los deseos solo en cierta medida, que sentirse completamente satisfecho es una ambición inalcanzable, que en soledad se puede descubrir un mundo de deseos y de caminos individuales que surgen de la creatividad, de la imaginación, del trabajo intelectual y no de la relación directa con los otros. Y en este sentido, solo quien soporta bien estar solo, es libre. Solo soporta estar solo, quien tuvo cuidados suficientes y estables mientras crecía.

La forma más primitiva de soledad es el aislamiento, típico de la etapa adolescente, en la que se busca una identidad por oposición a la de los cuidadores primarios. Por eso la puerta cerrada a piedra y lodo. Por eso el silencio sepulcral ante las preguntas. Por eso siempre metido en su cuarto, inaccesible.

El deseo de soledad puede surgir del miedo a la dependencia, pero la capacidad para estar solo también es aceptar la dependencia sin miedo: si existió y existe un objeto confiable, el niño puede perderse en el juego solitario; el adulto puede perderse en la creatividad, en el flujo de atención total que nada distrae. Porque no tiene que preocuparse, porque hay una madre internalizada que cuida desde adentro, que hace la soledad soportable.

Phillips es un fiel seguidor de Winnicott y con él afirma “que la soledad solo puede ser descrita como una presencia: de fantasmas, de ficciones, del inconsciente, de los objetos buenos internalizados, del proceso de desarrollo, del cuerpo y su destino, del lenguaje”.

*Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa desde hace 15 años. Este es un espacio para la reflexión de la vida emocional y sus desafíos.

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