Somos el 68

AMLO-Peña Nieto
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Sin importar las diferencias o coincidencias sobre el origen y rumbo del movimiento estudiantil de 1968, lo mejor estos días ha sido la toma de conciencia, tanto por su importancia en la historia moderna del país como por la reacción social que ha provocado.

Todos identificamos al movimiento como un parteaguas político y social. Vemos en el 68 la construcción de nuestra democracia, con todas las limitaciones y defectos que pueda tener. Fue un año en que el mundo se sacudió, lo que pasaba en un país alcanzaba a otro, sin importar si existía entre ellos alguna cercanía o identidad.

Fue una reacción histórica ante lo que millones de jóvenes vivían en el mundo. Fue el tiempo de la búsqueda del cambio. Las formas de socialización dejaron de tener vigencia y espacios, se requería de una transformación y de cambios en todos los ámbitos. Todo era susceptible de ser cuestionado y discutido.

La brutal violencia del gobierno, en particular el 2 de octubre, coloca en segundo plano la riqueza y fuerza del movimiento estudiantil. Para muchos jóvenes sus vidas, a partir de ese año, tuvieron un antes y un después. Les dejó una marca imborrable, la cual los llena de tristeza y rabia, pero también de un profundo orgullo.

El saberse parte central de un pasaje fundamental en la historia moderna de México los coloca como partícipes y constructores, directos o indirectos, del presente. Por mínima que haya sido su presencia en las calles y en los mítines, lo cierto es que fueron parte de una reacción juvenil en contra del autoritarismo y en favor de la transparencia, el diálogo, las libertades y el cambio democrático.

“El 2 de octubre no se olvida” es una consigna integral. Si bien la represión terminó por ser el fin del movimiento, es también una forma de recordar y no olvidar lo vivido por una generación a lo largo de meses.

A la distancia se confirma que la reacción del gobierno ante el movimiento estudiantil fue absurda, irreflexiva, insensible y cargada de una violencia que debió ser evitada. Lo que agravó aún más las cosas, fue que el 68 creó a lo largo de varios años una imagen adversa de las fuerzas armadas, siendo que actuaron, según todos los informes y testimonios, acatando órdenes del poder político.

Las secuelas se siguen viviendo. El papel del Ejército en escenarios políticos ha pasado por complejos momentos, muchas de las veces derivado de las secuelas que dejó el 2 de octubre. Hoy, las Fuerzas Armadas han sido llevadas a la lucha contra la delincuencia organizada, lo que las ha expuesto aún más.

Gustavo Díaz Ordaz planteó un violento y brutal ataque como “la solución”, la cual al final lo marcó de forma definitiva con quienes serían el futuro del país, los jóvenes.

No queda claro con base en qué elementos tomó Díaz Ordaz sus decisiones. Los servicios de inteligencia eran inoperantes, y más bien fue con base en sus temores, a lo que la prensa en lo general informaba, sin olvidar que era dirigida por el mismo gobierno, y además utilizaba también los desiguales reportes de Gobernación, dependencia encabezada por un personaje que quería ser presidente.

Se creyeron la absurda invención de que lo que se quería era implantar un régimen comunista o socialista.

Díaz Ordaz se fue perdiendo entre sus equivocados diagnósticos y sus discursos. Pasó de ofrecer la “mano tendida” al feroz discurso de su informe de gobierno ante un Congreso entregado y cómplice que todo le festejaba.

La historia de alguna u otra forma está escrita. Fue un momento glorioso, con un desenlace que no debe ser olvidado.

Hay algo claro en lo más profundo del imaginario colectivo nacional, todos sabemos que somos el 68.

RESQUICIOS.

Fue como estar en una montaña rusa, pero al final hay TLC o USMCA. El equipo mexicano que negoció el acuerdo fue determinante en todo el proceso, leyó usted bien, todo el proceso. Hizo su chamba y de paso le hizo el trabajo a los de junto. A ver si no se los quiere llevar Trump.