¿Son compatibles la religión y la política?

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Por:

Otto Granados

Desde que Samuel Huntington publicó su polémico ensayo Choque de civilizaciones en 1993, el pensamiento políticamente correcto se ha esmerado en buscar una lógica argumental sólida y convincente para refutar que los conflictos más importantes del futuro tendrían un origen cultural y entre civilizaciones de matrices históricas y religiosas diferentes, y que, al menos como se entienden en Occidente, sería muy difícil que algunos países islámicos fueran catalogados como sociedades democráticas, abiertas y laicas, valores centrales para una convivencia armónica.

Lo que ahora pasa en varios países de Oriente Medio da para pensar nuevamente en estas ideas, en especial sobre el significado de la libertad de expresión y las profundas diferencias en las concepciones de la cultura y la política que han aflorado estos años.

La libertad de expresión es consustancial a las democracias liberales. Pero en opinión del fundamentalismo religioso, quienes lo denigren deben ser ajusticiados. Tal razonamiento, que subyace en actos de violencia frecuentes, no puede ser admitido bajo ninguna circunstancia ni debe tolerarlo a nombre de la corrección política o de la sensibilidad religiosa o cultural.

Cuando un país pone cortapisas extralegales a estas libertades, se corre el serio riesgo de que, más adelante, cualquier otro pretexto sea válido para minar instituciones democráticas básicas y esto es algo que, desafortunadamente, los sectores radicales parecen no comprender a cabalidad, entre otras cosas porque su estructura cultural, la confusión entre religión y política, el debilitamiento del laicismo, y la teocracia como forma de Estado, han impedido que esas sociedades se aproximen al conjunto de las creencias que, de forma mayoritaria, son aceptadas como torales en un régimen de libertades.

Este hecho pone en serias dudas esa idea un poco forzada de que es posible una alianza como fórmula eficaz de convivencia armónica entre culturas o civilizaciones distintas. Aún antes del 11-S, y sobre todo después, la beligerancia y la violencia del radicalismo islámico han sido notorias. La sentencia de muerte contra al escritor Salman Rushdie dictada por Jomeini, el asesinato del cineasta holandés Theo Van Gogh por un documental considerado crítico del Islam, los atentados en Madrid y Londres, las declaraciones en relación con la existencia del estado de Israel y la sospechosa negativa de algunos gobiernos a la supervisión y control internacionales en materia nuclear, entre otras cosas, no son exactamente ejemplos muy elevados de civilidad o de concordia de parte de líderes radicales en Oriente Medio.

Es verdad que para el mundo islámico la religión es el único instrumento de cohesión y que las guerras y algunas dictaduras en la región han avivado las cosas desde un punto de vista de política doméstica, pero, ello no obstante, los resortes psicológicos y culturales detrás de estas conductas no parecen ser compatibles con los que, mal que bien, han estructurado históricamente a las democracias occidentales.

¿Hay alguna solución factible que aminore esa tensión a corto o mediano plazo? Por ahora, no se ve.

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