Tambien desempacando mi biblioteca

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Por:

Julio Trujillo

Mi sed de sol me impide figurarme el paraíso bajo la especie de una biblioteca, como famosamente escribió Borges.

Pero casi. Desde que comencé a robarles libros a mis padres para intercambiarlos por otros libros de mi interés en la Facultad de Filosofía y Letras, inicié la formación de una biblioteca que hoy, al sacarla de sus cajas, descubro conmovedoramente autobiográfica.

Y el robo de libros es sólo un método más de adquisición. En su delicioso ensayo Desempacando mi biblioteca, Walter Benjamin enumera otros: escribirlos, pedirlos prestados y nunca devolverlos, encargarlos por catálogo o adquirirlos en una subasta. Lo que importa es la posesión de un determinado ejemplar, cuyas características conocemos mejor que nadie.

Tengo al alcance de mi mano The Song of Hiawatha, el poema de Longfellow, con seis ilustraciones a color por M. L. Kirk. Lo sopeso, lo huelo, lo repaso y lo fetichizo como a un talismán. ¿Lo leo? No necesariamente… Sobre la no lectura de los libros Benjamin cita a Anatole France, quien, a la pregunta típica de si había leído la totalidad de los libros de su biblioteca respondió: “Ni una décima parte. ¿O usted usa todos los días su porcelana de Sèvres”?

La posesión de los libros reviste, siempre, una historia, y al desempacar mi biblioteca me abruma el alud de anécdotas que cada uno de los ejemplares tiene que contar. Podría pasar meses rememorando, pero no puedo detenerme tanto, y además hay más libros que adquirir. Ya no los robo: desde que hace veinte años la dueña de una librería me echó a gritos cuando descubrió que me estaba llevando sin pagar la correspondencia entre Lezama Lima y Rodríguez Feo, no he vuelto a robar un solo libro. Lo curioso es que, al correrme del lugar, se le olvidó pedirme el libro, y ahora, al colocarlo junto a los otros libros de Lezama, sonrío recordando ese último acto de clandestinidad.

Mi biblioteca también me ofrece la oportunidad de conversar con diferentes versiones de mí mismo: el que subrayó un pasaje hace diez años, o el que se dejó a sí mismo un mensaje adentro de las páginas del Juan de Mairena para ser leído en el futuro, que es hoy.

Mi relación con estos libros ha conformado una costumbre y me ha dado unas coordenadas, pero no cometeré el error de confundir este hábitat con una versión compacta del universo. Ni siquiera creo que haya una idea de orden, aunque los libros estén acomodados alfabéticamente y por género. “¿Qué otra cosa es esta colección sino un desorden al que el hábito se ha acomodado en tal medida que puede aparentar un orden?”, se pregunta Benjamin. Es cierto: el hábito atenúa el caos, nos vuelve predecibles y nos garantiza que ahí, en ese estante, arriba a la derecha, convivan siempre (pero el azar dictó esa unión) Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath. El hábito es el cartógrafo de nuestros mundos personales, pero detrás está el desorden, y qué bueno. Esta construcción de libros, en la que probablemente termine por desaparecer, es tan sólo la fachada de algo más grande y desconocido. Amo ese misterio, y procuro estar en el punto de mayor tensión entre el falso orden de mis libros y la anarquía de las galaxias.

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