Tesoros escondidos

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:
  • Pacotest

Como estoy de vacaciones he aprovechado mi tiempo libre para hacer limpieza doméstica. En casa de mis padres encontré una caja de madera que guardaba desde que era niño. Dentro de ella había tarjetas antiguas, medallas que gané en competencias de natación, conchas de mar, unas pipas que compré cuando quería parecer intelectual y, hasta el fondo, una moneda antigua de plata. ¿Cómo llegó ahí esa moneda? No lo recuerdo. Tenía memoria de cada uno de los objetos que estaban dentro de la caja, pero no de la moneda. Acerqué la pieza a la luz y pude leer la inscripción “Suprema Junta de América” y una fecha: “1811”. Consulté un catálogo de numismática y pude comprobar que se trata de una moneda de ocho reales acuñada por el ejército de Morelos. ¡Había encontrado un pequeño tesoro!

Mi modesto descubrimiento me hizo recordar varias historias sobre tesoros encontrados en parajes abandonados y en casas viejas. Seguramente mis amables lectores han escuchado anécdotas semejantes, pero nunca está de más recordar esas leyendas —que, como siempre, son una mezcla de verdad y fantasía— y sus moralejas.

Los mexicanos hemos estado obsesionados con encontrar tesoros enterrados desde que los españoles torturaron al pobre de Cuauhtémoc para averiguar el sitio en el que los aztecas habían ocultado el tesoro imperial. No sabemos de cierto si ese tesoro existió; en todo caso, Cuauhtémoc no reveló el secreto. La sangrienta ambición de los españoles estaba alimentada, sin duda, por el recuerdo de aquel otro caudal que ellos habían perdido durante la llamada Noche Triste, en la que dejaron caer en el lago las maravillosas piezas de oro que trataron de llevarse consigo durante su huida de Tenochtitlán.

En el siglo XIX y durante la Revolución la gente acostumbraba enterrar monedas de oro para protegerlas del pillaje. Cuando se acercaba algún ejército invasor o una cuadrilla de bandoleros, los propietarios escondían su fortuna debajo de la tierra. Sin embargo, en no pocas ocasiones, morían y se llevaban consigo la ubicación de su patrimonio.

Hay una historia que me han contado en varias versiones en distintos lugares del Bajío y que quisiera recordar aquí. Había una vez un albañil que se dedicaba a derribar casas antiguas. En una ocasión, golpeó un muro con su mazo y del agujero salió una cascada de monedas de oro. El hombre se hizo rico de la noche a la mañana. Entonces tomó una decisión que asombró a propios y extraños. En vez de invertir su fortuna en algo seguro, se dedicó a comprar casas viejas por toda la ciudad. Si había tenido suerte una vez –pensaba el albañil– podría tenerla en otra ocasión, igual que quienes se sacan la lotería una vez y se la vuelven a sacar si siguen comprando billetes. El hombre gastó todo su dinero en mansiones que tiró sin misericordia y, como era de esperarse, nunca encontró otro tesoro. Ya viejo y amargado, pasó los últimos años de su vida recostado en su cama víctima de una enfermedad.

Como reclinaba su cabeza sobre el muro dejó una mancha en ese lugar.

Cuando murió, sus hijos decidieron pintar su habitación. Entonces, al raspar la pared en donde estaba la mancha se dieron cuenta de que el muro estaba hueco. Al romper el yeso encontraron –ya lo adivinará el lector– un tesoro que había estado escondido desde hace mucho tiempo.

Seguramente todavía hay tesoros antiguos debajo de la tierra o detrás de los muros. Pero ahora, en el siglo XXI, las fortunas tienen otro origen y se esconden en otros sitios. Como se sabe, las bandas de narcotraficantes tienen que ocultar el dinero que no pueden gastar o lavar o depositar en algún banco. Se cuenta que en Michoacán hay una cueva en la que unos narcos escondieron bolsas con millones de dólares. Los narcos murieron y el tesoro quedó ahí sin que nadie lo reclamara. Pasaron los años y una campesina muy pobre entró a la cueva para protegerse de la lluvia y descubrió el tesoro. Se dice que ahora es una millonaria que se codea con conocidos empresarios y políticos que no guardan sus botines en cuevas sino en respetables instituciones bancarias de Suiza o las Islas Caimán.

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