Tirisia

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Ximena Urrutia

La Tirisia es la enfermedad del alma. Esa que da por la ausencia, tristeza perpetua, la monotonía angustiosa de una vida cuyo significado se nubla ante las propias circunstancias, ante la realidad que nos rebasa; esa que a veces creemos imposible, es entonces en el cine que vemos ese momento que nos permite la reflexión por dos horas... Pero olvidamos la vida que más allá de ella aplasta la ficción.

Tirisia es también la película que Jorge Pérez Solano nos regala, un imperdible retrato de un México olvidado, gris a pesar del color, triste a pesar de la sonrisa, anhelante de futuro y estacando en el pasado… Y el presente.

Al director su mamá le decía que estaba tirisiento cuando estaba “echado” sin ganas de nada. La tirisia, entendió más adelante, es la enfermedad del alma y el cuerpo que se escapa y nos deja sin nada, un paso antes de la muerte.

El filme habla de seres marginados, de rincones olvidados, de migración, de mujeres que se quedaron, de una sociedad que olvidó que ellas existen con necesidades que van mas allá de comer, de sobrevivir, mujeres que tienen necesidad de vivir.

El inicio del largometraje cobra doble significado, Cheba (Adriana Paz) da a luz a Tadeo y corta el cordón umbilical auxiliada por su amigo Canelita (Noé Hernández), quien pronostica problemas cuando su marido regrese de Estados Unidos.

Simbólicamente, esta parte concluye con la muerte del sacerdote de la iglesia del pueblo. En el mes de las madres, el padre ha muerto. Cheba debe abandonar a su hijo al regreso de su esposo.

Se trata de una producción con una estructura clara que, desde sus primeros planos, nos sumerge en el universo contrastante, violento y desolado pero bello e imponente de Zapotitlán.

La fotografía se vuelve fundamental: el paisaje juega un papel importante, es un personaje más. César Gutiérrez, fotógrafo de la cinta, combina planos abiertos del espacio con cerrados de los rostros, esos rostros tirisientos, ahogados en soledad y desesperanza.

Es un filme congruente que si bien es doloroso, también acertado y profundamente bello, porque la belleza al final radica en esa realidad cruenta que es necesario retratar. El cineasta denuncia con firmeza y con belleza extrema en cada plano la situación opresiva de muchas mujeres de escasos recursos económicos en una sociedad patriarcal, donde todos son víctimas de violencia estructural.

Está dividida en cinco meses; cada uno corresponde a una imagen de la religión católica que predispone sobre lo que ocurrirá en cada segmento.

“Mayo, mes de María” y así sucesivamente hasta llegar al cierre del filme, “Noviembre, mes de las ánimas del purgatorio”. En un primer plano está el rostro de Cheba purgando una pena.

Del filme, el director dijo: “La historia es real, hay gente que se deshace de los hijos por que para una nueva relación, el esposo que llega no quiere a los niños, quieren solamente a la mujer. Es patético, es muy triste que de pronto ella tenga que deshacerse de sus hijos, y te lo cuentan desde el tono de la tragedia hasta la comedia. La tragedia me parecía importante tocarla porque creo que vivimos en una tristeza constante en todo el país. Es una analogía de lo que nos sucede en México, la analogía de una madre que se desprende de sus hijos con la de las autoridades tanto religiosas, políticas o militares que no nos cubren a nosotros que somos los hijos del Estado”.

Tirisia nos marca el recuerdo, ese recuerdo cinematográfico que se enriquece con filmes de este calibre. Imperdible.

Twitter: @Xurrutia