Todo exceso tiene su propio castigo

Todo exceso tiene su propio castigo 
Por:
  • larazon

Merlin Holland, nieto de Oscar Wilde y especialista en su obra, escribe este texto que antecede a las cartas escritas hace exactamente 120 años: “El retrato de Dorian Gray apareció en el número de junio de Lippincott’s Magazine. El tormentoso clamor de la crítica fue extraordinario. Y también lo fueron las ventas. Un quiosco del Strand vendió ochenta ejemplares de la revista en un día, cuando normalmente vendía tres ejemplares al mes, y W.H. Smith la retiró de la circulación, alegando que el relato era ‘sucio’”.

Al editor de la St. James Gazette

16 de Tite Street

25 de junio de 1890

Estimado señor:

He leído su crítica de mi relato El retrato de Dorian Gray. No tengo que decirle que no me propongo discutir sus virtudes o sus defectos, su personalidad o su falta de personalidad. Inglaterra es un país libre, y la crítica inglesa corriente está libre de condicionantes. Además he de reconocer que, bien por temperamento o por gusto, o por ambas cosas, soy del todo incapaz de comprender cómo puede criticarse una obra de arte desde una perspectiva moral. La esfera del arte y la esfera de la ética son completamente distintas y están bien delimitadas. […] A lo que objeto enfáticamente es a que hayan empapelado la ciudad con carteles en los que ponía en grandes letras: OSCAR WILDE VUELVE A HACERSE PUBLICIDAD; MAL ASUNTO.

Si la expresión “mal asunto” se refiere a mi libro o a la posición actual del gobierno es algo que no sé. Lo que era estúpido e innecesario era el uso del término “publicidad”.

Creo que puedo decir sin vanidad —aunque no quiero dar la impresión de que desprecio la vanidad— que de todos los hombres de Inglaterra soy quien menos publicidad necesito. Estoy harto de publicidad. No me estremece ver mi nombre en la prensa. El cronista ya no me interesa. Escribí este libro exclusivamente por mi propio gusto, y me agradó mucho escribirlo. Si resulta popular o no, me es totalmente indiferente. Me temo, señor que la verdadera publicidad es su artículo, escrito de manera tan lúcida. El público inglés, como masa, no siente el menor interés por una obra de arte hasta que se le dice que la obra en cuestión es inmoral, y su reclamo sin duda incrementará las ventas de la revista; en las cuales, he de añadir con pesar, no tengo interés económico.

Quedo, señor, a su entera disposición.

Oscar Wilde

Al editor de la St. James Gazette

16 de Tite Street

26 de junio de 1890

En su ejemplar de hoy declara usted que mi breve carta, aparecida en sus columnas, es la “mejor respuesta” que puedo dar a su artículo sobre Dorian Gray. No es así. No me propongo discutir aquí el asunto en detalle, pero me siento obligado a decir que su artículo contiene el más injustificable ataque que se ha hecho contra un hombre de letras en años. El escritor, que es del todo incapaz de ocultar sus propias malas intenciones, y así en cierto modo destruye el efecto que pretende producir, no parece tener la menor idea del temperamento con que uno debe aproximarse a una obra de arte. Decir que un libro como el mío tendría que ser “arrojado al fuego” es una estupidez. Eso es lo que uno hace con los periódicos.

Ya me he referido al valor de la crítica pseudoética al tratar de la obra de arte. Pero como su colaborador se ha aventurado en el terreno peligroso de la crítica literaria le pido que me permita en nombre de la justicia, no simplemente por mí, sino por aquellos para quienes la literatura es una de las bellas artes, decir unas palabras sobre su método.

[…]

El autor del artículo pasa a sugerir que a mí, al igual que ese gran y noble artista el conde Tolstoi, un tema me produce placer porque es peligroso. Sobre tal insinuación diré lo siguiente. El arte romántico trata de la excepción y del individuo. La buena gente, que en general se identifica con una tipología normal y por lo tanto ordinaria, carece de interés artístico. La mala gente es, desde el punto de vista del arte, un tema fascinante. Representan el color, la variedad y lo extraño. La buena gente produce impaciencia en la razón; los malos estimulan la imaginación. Su crítico si es que he de darle tan honorable título, declara que las personas de mi narración no tienen contrapartida en la vida; que son, por utilizar su modo de expresión vigoroso, aunque algo chabacano, “simplemente revelaciones baratas de lo inexistente”. Exacto. Si existieran no merecería la pena escribir sobre ellas. La función del artista es inventar, no hacer reportaje. No hay personas así. Si las hubiera, no escribiría sobre ellas. La vida con su realismo siempre echa a perder el tema del arte. El supremo placer de la literatura es hacer realidad lo que no existe.

Y por último permítame decir lo siguiente. Ha reproducido usted, en estilo periodístico, la comedia de Shakespeare Mucho ruido y pocas nueces, y por supuesto la ha dañado en su reproducción. El pobre público, al oír, de tan alta autoridad, que éste es un libro pecaminoso que tendría que ser controlado y prohibido por el gobierno conservador sin duda se apresurará a leerlo. Pero ¡mira por dónde!, descubrirán que es una historia con moraleja. Y la moraleja es la siguiente: todo exceso, al igual que toda renuncia, tiene su propio castigo. El pintor, Basil Hallward, al adorar en exceso la belleza física, como sucede a muchos pintores, será asesinado por alguien en cuya alma ha creado una vanidad absurda y monstruosa. Dorian Gray, tras llevar una vida de simple sensación y placer, trata de matar la conciencia y con ello se mata a sí mismo. Lord Henry Wotton busca simplemente ser espectador de la vida. Descubrirá que aquellos que rehúsan la batalla acaban por sufrir heridas más profundas que quienes toman parte en ella. Sí; hay una moral terrible en Dorian Gray: una moral que los más salaces no serán capaces de encontrar, pero que se revelará a las mentes sanas. ¿Es esto un error artístico? Me temo que lo es. Es el único error del libro.

Tomado de: Martin Holland, editor,

Oscar Wilde. Una vida en cartas, traducción Alberto Mira, Alba Editorial, 2005.