Tovar y de Teresa, una postal

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Hace cuatro años, en la Feria del Libro de Guadalajara, Ricardo Cayuela y yo tuvimos la suerte de acompañar a Rafael Tovar y de Teresa a “ver” libros por los pasillos de la feria (Tovar dijo “ver” y de hecho él sí los veía y dejaba atrás, sólo para que fueran recogidos por un asistente que los compraba de inmediato).

Fue una experiencia: tanto por la selección de libros que el entonces presidente del Conaculta hizo (raros, impredecibles, novedosos para mí, como la hermosa biografía de Leopardi escrita por el florentino Pietro Citati), como por la velocísima explicación que nos hizo de cada uno de ellos. Fueron veinte minutos en los que pudimos asistir a una especie de compendio bibliográfico de un fino y voraz lector. Uno de los libros elegidos fue Jerusalén, la biografía, del historiador inglés Simon Sebag Montefiore. “¿Has leído a Montefiore, ¿verdad?”, me preguntó Tovar con un gesto que daba por hecho mi respuesta afirmativa. Cuando confesé que no, alzó los ojos y me conminó a leerlo todo de él.

Esa noche, en la cena, atizado por la curiosidad, le pedí que argumentara su fascinación por el tal Montefiore. Su respuesta fue larga y perfecta, con una impecable redacción mental. Algo más o menos así: “Es muy joven, no creo que haya cumplido los cincuenta años. Es el último eslabón de una cadena familiar de abolengo, de judíos sefarditas originarios de Italia y que se dedicaron a la diplomacia y a la banca. Un tío abuelo suyo, Moisés Montefiore (de quien se dice que fue el judío más importante del siglo XIX), trabajó para la familia Rothschild, y sus padres huyeron de Rusia a principios del siglo XX, creyendo que iban a Nueva York pero en realidad botados en Irlanda. Es una historia fascinante: la vida de esa familia es un poco la vida de Europa. Yo llegué a él cuando leía todo lo que caía en mis manos sobre Stalin, y Montefiore tiene dos estudios extraordinarios sobre él: La corte del zar rojo y, sobre todo, El joven Stalin, en el que pinta a un personaje que fue tanto poeta como cura pero que finalmente fraguó en un fanático revolucionario: mitad intelectual y mitad terrorista, un verdadero gángster político. Ese libro es la prehistoria de la Unión Soviética y no pueden darse el lujo de no leerlo.

Tiene otro libro delicioso que se llama Titanes de la historia, puro chisme biográfico al mejor estilo británico. A mí me faltaba su ‘biografía’ de Jerusalén y qué bueno que ya la tengo. Me gusta mucho leer Historia”. Boquiabierto, con un pedazo de carne enfriándose en mi tenedor desde que Tovar hizo su improvisada semblanza de Montefiore, sólo se me ocurrió hacerle una pregunta circunstancial: “¿A qué hora lees, Rafael?” “Todo el tiempo”, respondió sonriendo.

Entiendo que esa pasión de lector palidecía frente a su pasión por la música, y que fue un cinéfilo consumado. A mí nunca dejó de sorprenderme su simultánea vocación institucional, siempre en el terreno de la cultura. Tal vez mi pregunta debió ser “¿A qué hora eriges la cultura institucional de México, Rafael?”, pues me parecía inconcebible que alguien que podía detenerse a leer una biografía de Leopardi también lidiara con el monstruo de la burocracia y otras lindezas. Y su respuesta hubiera sido seguramente la misma: “Todo el tiempo”.

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