Lunes 6.07.2020 - 15:29

Trump y la escalada de la intolerancia

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Salvador del Río

“No somos tratantes en

bienes raíces, nuestro interés

es que se haga justicia al

pueblo mexicano”

Adolfo López Mateos

Al abordar con el presidente Adolfo López Mateos el tema de la devolución del Chamizal, el presidente John. F. Kennedy se preguntaba e inquiría a su homólogo si el interés fundamental de México en este asunto era de carácter económico, político o emocional.

En el encuentro que ambos sostuvieron en julio de 1963, en la residencia oficial de Los Pinos, el mandatario mexicano dejó en claro la razón de la exigencia de México, iniciada en 1864, durante el gobierno de Benito Juárez, para la restitución de esa franja fronteriza que, por la desviación del cauce del Río Bravo, México había perdido. Por razones políticas y un mínimo sentido de la equidad y la justicia entre dos países vecinos, el presidente Kennedy cedió a la demanda de México; cuatro años después, asesinado Kennedy y concluido el período presidencial de López Mateos, los mandatarios Lyndon B. Johnson y Gustavo Díaz Ordaz atestiguarían la entrega del Chamizal, el pequeño territorio rescatado, donde ahora se encuentra el gran parque de esparcimiento símbolo del valor de la diplomacia, el diálogo y el entendimiento para la solución de todo conflicto entre las naciones.

Las dudas de Kennedy sobre la motivación de México al reclamar por la vía jurídica lo que en derecho le pertenecía revelan una parte de lo que ha sido la relación entre México y Estados Unidos, en la que el prejuicio y la ignorancia de la realidad entre vecinos opacan las mutuas intenciones que a través de la historia han permitido superar los momentos difíciles en esa vecindad.

Diversos acontecimientos y situaciones recientes muestran que entre México y Estados Unidos resurgen o se agudizan esos elementos de incomprensión y odio racial.

Una sucesión de hechos coronada con la violencia física y verbal en época cercana a las elecciones presidenciales de la Unión Americana confirman la atmósfera hostil, demencialmente xenofóbica, que impera en una parte del vecino país.

Las agresiones, ataques armados y asesinatos de los que han sido víctimas individuos de la llamada población hispana en los últimos meses han provocado justificadas protestas y señalamientos del gobierno de México a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores, por su contenido racista y de rechazo a los intentos para una reforma migratoria emprendida por la administración del presidente Barack Obama para resolver el problema de cientos de miles de personas cuya aportación al desarrollo de Estados Unidos es una verdad indiscutible.

Pero quizás el factor más visible de esa escalada de rechazo activo a la presencia de la migración procedente del sur de la Unión Americana es el discurso de uno de los aspirantes a ocupar la presidencia de Estados Unidos, el republicano Donald Trump, el multimillonario que promete una “limpieza” étnica al estilo de los más negros episodios de la historia, la intolerancia racial en esa nación.

Por más que Donald Trump aparezca como uno más de los excéntricos representantes de la xenofobia de los círculos más retardatarios de la Unión Americana, la influencia que ejerce en una parte de la conciencia norteamericana es importante y evidente. Un signo nada desdeñable de ese impacto es la motivación de un par de jóvenes estudiantes de Boston, Massachusetts, confesos de haberse inspirado en las proclamas racistas de Donald Trump para atacar, lesionar y vejar a un hombre de origen mexicano por el solo hecho de pertenecer a esa comunidad.

En el hecho más reciente, Donald Trump ordenó el desalojo con violencia del periodista mexicano Jorge Ramos —presentador de la cadena norteamericana Univisión—quien en una conferencia de prensa cuestionaba el plan migratorio del precandidato republicano a la presidencia estadounidense.

No hay que negarlo ni ignorarlo: Donald Trump encarna, en esta coyuntura de la historia, un sentimiento que aflora en la sociedad norteamericana de odio, rechazo e intolerancia hacia la otredad que no sea la supuesta superioridad de lo norteamericano.

Rechazar la validez de ese discurso, señalar el absurdo de la ignorancia de la realidad que atenta contra los valores de una vecindad armónica entre vecinos unidos por la historia y la geografía, es una obligación que el gobierno de México cumple para salir al paso del absurdo de esa irracional escalada.

No olvidemos que Adolfo Hitler y el horror del nazismo llegaron por la vía de las elecciones.

 Gazapos. Al término gringo se le ha dado en México, a través de la historia, una connotación peyorativa, como al de yanqui en otros países, por más que este último sea empleado sin intención derogatoria en la propia Unión Americana. Según algunas versiones, gringo proviene de un canto bélico entonado por las tropas que invadieron a México en 1847, en la guerra que terminó con la mutilación de la mitad de nuestro territorio: green-go, el verde va. Pero el gentilicio es más antiguo. Ya en la obra del escritor argentino Esteban Echeverría, en los años veinte del siglo XIX, se encuentra la palabra gringo para referirse a todo extranjero, especialmente el de habla inglesa.

Gringo, pues, no es tan ofensivo ni despectivo como la designación de hispano con la que se denomina en Estados Unidos a los migrantes de origen y habla castellana a los que el racista Donald Trump quiere expulsar del paraíso del sueño americano.

srio28@prodigy.net.mx