Trump y la otra cara de la globalización

Primer año de transformación
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Donald Trump habló el pasado martes en la Asamblea General de la ONU sobre la postura que él considera que Estados Unidos debe tener frente al mundo: “No seremos rehenes de viejos dogmas, ideologías desacreditadas y ‘llamados expertos’”; “Creemos que el comercio debe ser justo y recíproco. A Estados Unidos no le seguirán sacando ventaja”.

“América es gobernado por americanos. Rechazamos la ideología del globalismo y nos adherimos a la doctrina del patriotismo”. Las frases vagas del Presidente —el comercio es recíproco por definición— cobran relevancia porque representan la manera de pensar de un sector amplio de la sociedad estadounidense: los votantes de Trump.

Una de las mejores formas de entender al electorado de Trump es verlo como un movimiento de rechazo a las consecuencias de la globalización (no a la globalización en sí misma, es importante aclararlo). Ese rechazo tiene una razón de ser. El desarrollo tecnológico y la globalización han traído enormes beneficios al mundo, pero también han sido un reto doloroso para segmentos amplios de la población estadounidense (y occidental, en general): empleos perdidos porque empresas que llevaban décadas instaladas en una ciudad migran a países en los que sus operaciones serán más baratas; productores agrícolas que deben competir contra multinacionales que tienen mejores tecnologías y contra otros productores de países en los que la mano de obra es mucho más barata; y mano de obra cualificada que debe competir con el avance tecnológico y con migrantes.

La solución no es rechazar la globalización, pues está propiciando una asignación más eficiente de los recursos a nivel mundial, y eso implica múltiples beneficios económicos. Pero tampoco se puede ignorar el malestar de algunos sectores. En 2013, los economistas Christoph Lakner y Branko Milanovic encontraron que, de 1988 a 2008, el ingreso de la clase media de los países en vías de desarrollo creció hasta en 80 por ciento y el ingreso del 1 por ciento más rico del mundo creció hasta en 60 por ciento, pero el ingreso de la clase media de los países desarrollados prácticamente no creció.

Buena parte del discurso de Trump ha estado dirigido a ese sector de la población estadounidense que no se siente beneficiado por la globalización. En 2016, el politólogo Lawrence Evans explicaba al candidato Trump como una lotería política en la que estarían dispuestos a apostar quienes percibían que el futuro de Estados Unidos –y el suyo, por consiguiente– no parecía prometedor.

Mientras la élite liberal mundial exalta las virtudes de la globalización e ignora sus efectos no deseados, surgen nuevas figuras que dan voz a los inconformes con el nuevo paradigma mundial. El problema es que estas voces se hacen acompañar de xenofobia, intolerancia y aislacionismo. En la globalización también caben los que hasta ahora no han entrado, es urgente abrirles un espacio.