¿Un Gramsci madurista?

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Por:
  • rafaelr-columnista

En vano habría de buscarse una presencia sólida de Antonio Gramsci en medio siglo de documentos de un Partido Comunista como el cubano, hecho a la medida del modelo soviético.

Gramsci, en Cuba, fue lectura de minorías de marxistas heterodoxos, como Fernando Martínez Heredia, director de la breve revista Pensamiento Crítico, recientemente fallecido en La Habana, marginado durante los años 70 y 80 y parcialmente reivindicado, a partir de los 90, por una burocracia que, hasta hoy, nunca entendió la diferencia entre sociedad civil y Estado, hegemonía y dominio o intelectual tradicional e intelectual orgánico.

Sin embargo, esa franja de la Nueva Izquierda que tras renunciar a los ideales del 68, mantuvo o reforzó su adhesión a Fidel Castro, a pesar de la larga componenda de éste con el dogmatismo moscovita, y que, de su mano, transfirió esa sujeción a Hugo Chávez en los 2000, intentó reciclar a un Gramsci distorsionado, que ahora le sirve para legitimar la represión en Venezuela. Llama la atención que algunos de los defensores de Nicolás Maduro en la izquierda latinoamericana citen insistentemente a Gramsci como “leninista” o como “leal a Lenin”, tratando de sugerir que todos los gramscianos latinoamericanos deberían extender esa misma lealtad al caudillo venezolano.

¿A qué viene la letanía sobre una “gramscianización del antimperialismo”? Por supuesto que hubo coincidencias con los bolcheviques, pero también claras divergencias del marxista italiano con el naciente “marxismo-leninismo” de Bujarin y Stalin. Las críticas de Gramsci al manualismo soviético, a su versión escolástica del materialismo histórico y a su subestimación de los problemas de la cultura y la democracia, es archiconocida. Quienes demostraron la pertenencia de Gramsci al “marxismo crítico”, una tradición filosófica diferente a la soviética (Merleau-Ponty, Wright Mills, Anderson, Poulantzas, Buci-Glucksmann, Laclau, Mouffe…) o, más cerca de nuestro contexto, José Aricó, zanjaron la cuestión desde hace décadas.

Contra toda esa sabiduría pretende levantarse la burda construcción de un Gramsci leninista, entiéndase, castrista y madurista. Un Gramsci que se esgrime para superponer la lealtad a la crítica, el silencio a la disidencia, la subordinación a la autonomía. Cuando los maduristas machacan que Gramsci pensaba que, en tiempos de guerra, había que respaldar las políticas más “radicales”, ¿qué quieren decir? ¿cómo trasplantan a Gramsci a las calles de Caracas?

Lo que sugieren es que el marxista italiano habría recomendado apoyar el proyecto de Nicolás Maduro. Por si fuera poco, imaginan a los gobiernos de Venezuela y Cuba a la vanguardia del “anticapitalismo”, cuando ambos no hacen más que encabezar dos modalidades, cada vez más parecidas, de capitalismo de Estado. El madurismo está enterrando el chavismo y, con éste, lo poco, más o menos respetable, que quedaba del marxismo populista o de simpatías “bolivarianas”.

rafael.rojas@3.80.3.65