Un político de otro tiempo

Europeos, probables responsables de clonación de tarjetas en Guerrero
Por:
  • larazon

Joaquín Leguina es uno de los políticos más interesantes en la España de la Transición y, para mí, de los más simpáticos. Es un hombre culto y razonable, mesurado, optimista y un punto escéptico, cosa rara; es un hombre de convicciones con un enorme sentido práctico. Y con sentido del humor, además. Economista y demógrafo, presidente de la Comunidad de Madrid más de diez años. Acaba de publicar La luz crepuscular : no un gran libro, pero sin duda un libro interesante, una novela autobiográfica o, como dice él, con “un notable componente autobiográfico”.

El matiz tiene su importancia. Según explica Leguina en la nota preliminar, la vida profesional y pública del protagonista “son un trasunto de las del autor”, pero esos “contenidos autobiográficos desaparecen radical y totalmente en todo lo que se refiere a la vida sentimental y familiar del protagonista”. La explicación casi obliga a leer dos textos diferentes, el del memorialista, que uno supone veraz, y el del novelista. Pero además da la impresión de que fuesen textos escritos por separado, con intenciones distintas. No terminan de estar bien enhebradas las dos tramas, y la “novelística”, que tiene momentos muy buenos, pierde interés en el último tercio del libro.

Decía Charles Péguy que todo comienza en mística y termina en política. Algo así podría decirse de la trayectoria de Leguina y de muchos socialistas de su generación, que comenzaron en la militancia antifranquista. En última síntesis, es el proceso que se describe en La luz crepuscular : con algún enojo a ratos, con fastidio, pero sin amargura. Y acaso sea la lección más importante que se saca de la lectura.

Aparece en los primeros capítulos, sin melodrama, la vida en la última década de la dictadura y el impulso, simplísimo, de la disidencia: “sentíamos el ahogo de una dictadura gallinácea, de vuelo corto y picoteador, liderada por un superviviente de los tiempos oscuros del fascismo europeo, un meapilas frío y sanguinario. Tengo claro, eso sí, que peleábamos contra aquella miseria con un solo objetivo: el de quitarnos la soga del cuello...” Y aparecen también los primeros años de la transición sin adornos épicos, con un tono amable y prosaico que se agradece. Le toca a Leguina, por ejemplo, asistir a algunas de las reuniones de las que resultarían los llamados Pactos de La Moncloa: “Yo estaba sentado al lado de Felipe González y bien sabía que éste no necesitaba de mis conocimientos, aunque, cuando llegó el momento de tratar los asuntos estrictamente económicos, me cedió el turno con una frase muy suya: Anda, diles algo”.

No le gusta la pequeña política dentro del partido, ésa en que “las ideas pronto desaparecen para dar paso a las navajas”. No le gusta, pero la entiende, y sabe que en esa trinchera hay que pelear si se quiere ganar algo. Y otro tanto le pasa con las negociaciones parlamentarias y el equilibrismo al que se ven obligados los gobiernos de minoría. Habla de la presidencia de la Comunidad de Madrid cuando el PSOE perdió la mayoría: alguien dice que se acabó latranquilidad y que toca hacer política; apostilla Leguina: “Hacer política, es decir, templar gaitas, hacer pactos impresentables, dar crédito a las más miserables ambiciones... y olvidarse del equilibrio presupuestario”. No es plato de su gusto, pero lo acepta con lo que habría que llamar honrada resignación democrática.

Todo está en mantener suficiente claridad con respecto a lo importante, lo que uno no está dispuesto a negociar, y en lo demás, poner al mal tiempo buena cara. Acaso ése sea el leit motif de la reflexión política que recorre el libro. Convicción, audacia, responsabilidad. No sólo por escrúpulos morales, sino por ambición, porque sin ese equilibrio entre entusiasmo y sentido práctico no puede hacerse nada que valga la pena. En algún momento se refiere a un joven funcionario del partido, de los que contribuyeron a desbancar a la generación de González, Almunia y el propio Leguina; astuto, habilidoso, hecho a trampear con el reglamento y transar favores, un político de la nueva política, desinhibida, alicorta y un poco canalla. Leguina, lapidario: “Con procedimientos así, Napoleón no hubiera pasado de teniente”.

Leguina estuvo, con Almunia, entre los perdedores en la elección interna del PSOE de 1998, en la integración de la candidatura de Madrid en 1999 y en el Congreso Federal que encumbró a Rodríguez Zapatero en el año 2000. Sus derrotas son también aleccionadoras, aunque la moraleja sea poco edificante.

Me quedo con el “decálogo” con que explica su idea de la política en las páginas finales: negarse a ser dios; evitar a cualquier precio el mal mayor; recordar que la bondad no basta; saber que hay que tomar postura, incluso cuando no se está del todo seguro; saber también que es preciso mancharse las manos porque no hay alternativas impecables; no luchar contra males abstractos, sino contra daños concretos; ocuparse de lo que sucede en el resto del mundo; huir de las consignas; mirar y oír al adversario con la atención debida; luchar por las convicciones y pagar el precio que eso implica. Acaso haya quien lo encuentre útil.

agp