Una cantaleta conocida

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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A Paola Espinosa se le había visto un poco tensa, poco comunicativa y un cuanto tanto retraída. En las eliminatorias de ayer por la mañana seguía igual hasta que se supo finalista.

Paola Espinosa atrapa la atención de los medios. Las cámaras la siguen porque es un referente. Su alto nivel la ha llevado a un reconocimiento internacional que no llegamos a apreciar en el país.

Tiene la misma atención que las invencibles clavadistas chinas. Sports Illustrated la ubicó como una de las dos posibilidades de México de obtener medallas. Ayer después de que supo que ya estaba entre las 12 finalistas su cara y su actitud empezaron a ser otras. Sonrió y entonces las cámaras se fueron sobre ella.

Paola sabía que lo bueno estaba por venir. Es mejor clavadista cuando hay adversidades y presión, no se asusta; es la historia de su vida.

Ayer no le alcanzó para las medallas, pero en este valle de lágrimas en que se ha metido la delegación mexicana la participación de Paola merece el reconocimiento. No tiene sentido escatimar su cuarto lugar, que bien pudo ser un tercero.

En función de los resultados obtenidos por los atletas mexicanos tiene lógica no poder ver lo que algunos de ellas y ellos han hecho. Se ha perdido de vista en medio de la maraña y los ánimos bajos tirando a perdidos el hecho de que algunos atletas están entre los ocho mejores del mundo.

No hay manera de verlo porque el ambiente es confuso y obscuro. Por un lado los dirigentes se la han pasado fajándose en el absurdo en un callejón sin salida, y, por otro lado, muchos deportistas han evidenciado una mala preparación y un nivel desigual, como si todo el proceso que han seguido estuviera carente de rumbo.

Paola Espinosa mostró ayer fuerza, un enorme coraje y un alto sentido de dignidad deportiva. Mostró lo que le ha faltado a algunos de nuestros atletas. Fue avanzando yendo de menos a más y, de no ser porque su último clavado quedó en sietes por una cuestionable calificación de los jueces, se hubiera metido en serio en la pelea por las medallas.

¿Cómo valorar a Paola Espinosa? ¿Cómo hacerlo con José Carlos Herrera, Alberto Álvarez y ese desfachatado lanzador de martillo llamado Diego del Real? ¿Cómo evaluar y analizar a los atletas nacionales que mejoraron sus tiempos y que hoy tienen una plataforma nueva en su futuro?

No hay manera de hacerlo, porque como el problema es estructural y nadie le quiere entrar, son muchos los intereses que se mueven en torno al deporte y se termina por optar por ver las cosas desde la óptica del poder y no de una política de Estado deportiva.

En cuatro años vendrán las mismas cantaletas. Los legisladores ante el niño ahogado se preocuparán, o eso dirán; subirán su tono de voz y exigirán, nomás faltaba, comparecencias por doquier. El presidente hablará de una reestructuración y en una de ésas son capaces de convocar a foros de consulta.

Cuando llegue el momento de tomar decisiones todo se verá frustrado porque lo ‘importante’ será la obsesiva lucha por el 2018. Está a la vista que pocos gobiernos tienen al deporte dentro de sus prioridades.

Hay que quedarnos con la sonrisa y la actuación de Paola, el desempeño de José Carlos, Alberto, Diego del Real, Alejandra Valencia y, por supuesto, el de Misael Rodríguez, entre otros. Ellos nos lavaron un poco la cara que nos queda en unos grandes juegos brasileños.

Ya se acerca inexorablemente el tiempo de los golpes de pecho, de más grillas, de más peleas de callejón, de más promesas y más promesas; es una cantaleta más que conocida. Poco harán con todo ello.

 RESQUICIOS. Así lo dijeron ayer:

• Los Juegos Olímpicos con todo y su gran importancia terminan por ser un momento deportivo. Es como una fotografía que te puede tomar bien o mal parado por más que te hayas preparado.

Beatriz Paredes, embajadora de México en Brasil.

solorzano52mx@yahoo.com.mx

Twitter: @JavierSolorzano