Unas olimpiadas agridulces

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Corría el año 2009 y Brasil era una fiesta. El mundo volteaba hacia el gigante sudamericano que parecía imparable: un país que había sacado del pozo de la pobreza a más de treinta millones de personas, que crecía económicamente, que se alzaba como prototipo de programas sociales exitosos y políticos de vanguardia. Eran los tiempos de Fernando Henrique Cardoso, del Lula mítico, y de la Dilma como la líder ascendente. Fue en ese año donde se anunció que Brasil sería el anfitrión de los juegos olímpicos de 2016. Todo tenía sentido. Pero bien dicen que uno planea para que los dioses se rían. Y así pasó.

No creo que alguien haya imaginado el agrio espectáculo que sería la organización de estos juegos. Leo los descalabros y siento pena y coraje. Pena por aquellos atletas que tienen 99% de probabilidad de infectarse si llegan a tomar un sorbo de agua en algunas zonas; por el equipo estadounidense de remo que tendrá que cubrir su cuerpo con trajes especiales para no arriesgar su epidermis a un rojizo salpullido –o a algo más serio– en la bahía de Guanabra. Pena por el equipo australiano que tuvo que encontrar instalaciones alternas para su hospedaje, ya que en las destinadas a ellos en la Villa Olímpica ni los inodoros servían. Coraje por la política de limpieza social que ha emprendido el Gobierno para ocultar la paupérrima realidad por la que atraviesa el otrora gigante. De 2009 a la fecha 77 mil personas han sido despojadas de sus hogares y trasladadas a zonas fuera del campo de visibilidad de las zonas en donde se construyeron los cascarones relucientes de las nuevas instalaciones olímpicas. Todo esto bajo ninguna consideración de planeación urbana, sino bajo un manto discriminatorio con afanes de invisibilidad: si no los ven, no existen.

En medio de esta turbulenta realidad, hay cosas rescatables, desde luego. Todo evento de esta naturaleza es un despliegue del ya manido “poder blando” de las naciones, aquél que busca influir en la agenda internacional a través de lo que mejor define a los seres humanos: su cultura. El deporte como experiencia estética y el evento olímpico como aglutinador de naciones de todo el orbe, nos recuerda la maravilla de lo que pueden hacer nuestros cuerpos, y, más aún, que éstas se distribuyen por igual en todo el mundo. En las pistas, en las albercas, en los lagos y en piso gimnástico todos, todos, son iguales. Por eso, el que se haya conformado el Equipo Olímpico de Refugiados –con deportistas de Sudán del Sur, Siria, el Congo y Etiopía– sea acaso el mayor acierto de esta empresa. El que ellos aparezcan en espacio público nos recuerda su tragedia y que tienen el derecho a aparecer en los espacios en donde compartimos nuestra humanidad. Es, a la vez, un reconocimiento colectivo de su sufrimiento y una reivindicación de sus derechos. No es poca cosa.

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@MartinVivanco