“Welcome to America”…

La política trumpiana de “tolerancia cero” continuará. La criminalización de todo aquel que cruce la frontera como indocumentado seguirá siendo inmediata, lo único que cambia es que no se separará a los niños de sus padres. Serán detenidos juntos.

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Después de días de hacer ver y escuchar al mundo entero el llanto desolador de niños migrantes, mientras son separados de sus padres para ser enjaulados como animales, producto de una de las más inhumanas políticas migratorias en la historia de Estados Unidos, Donald Trump fue calificado de cruel, inhumano, irracional y estúpido, por decir lo menos, en todos los acentos del inglés y en muchos idiomas del mundo.

La revista Time publicó esta semana, como portada, la ya tristemente célebre imagen de la pequeñita centroamericana que, llorando, suplica que la regresen con su mamá.

La fotografía quedó editada de manera que la niña queda frente a un gigantesco Donald Trump que la mira, con una mirada que resulta tan monstruosa como sus acciones. “Welcome to America”, la titulan.

A mí inmediatamente me llevó a comparar, casi de manera orgánica, con aquella histórica fotografía de la niña vietnamita que corre desnuda para salvar su vida, en un grito congelado por aquella imagen de hace 46 años. ¿Por qué la comparación?

Porque muchos aseguraron en su momento que la publicación de aquella fotografía resultó tan demoledora que fue uno de los ingredientes que aceleró el fin de la guerra de Vietnam.

Guerra que quedó marcada como uno de los capítulos más imperdonables en la historia de Estados Unidos, como seguramente ya también lo será el llanto de los niños enjaulados en McAllen, Texas.

La ONU, la Unicef,  Facebook, Apple y gobiernos de diversos países (incluyendo a México, aunque de acción retardada…) consideraron inaceptable la situación que violenta los más elementales derechos de los niños.

El acto soberbio de Donald Trump de abandonar el Consejo de Derechos Humanos de la ONU —al que pertenecen incluso países señalados como grandes represores, tales como China, Venezuela y Cuba— resultó precisamente un muy mal ejemplo, pues si el más poderoso deja dicho consejo, ¿qué peso moral puede tener ahora el hecho de permanecer en él?

El plan de Donald Trump de instalar “centros de detención” viola por principio las condiciones impuestas por el “Acuerdo Flores”, un fallo judicial que en 1997 determinó que ningún niño puede permanecer en un centro de detención más de 20 días, aun estando acompañado de sus padres.

Cientos de niños migrantes separados de sus padres en el sur de Texas.

La presión mediática, política y diplomática contra los hechos pareció haber surtido efecto cuando Donald Trump anunció esta semana que daba marcha atrás, firmando un decreto para mantener juntas a las familias que cruzaron la frontera de Estados Unidos ilegalmente.

Sin embargo, ésta es en realidad una decisión condicionada y de efectos relativos. La política trumpiana de “tolerancia cero” continuará.

La criminalización de todo aquel que cruce la frontera como indocumentado seguirá siendo inmediata, lo único que cambia es que no se separará a los niños de sus padres. Serán detenidos juntos.

La jaula ya no será sólo para niños, sino para la familia completa.

En México, por ejemplo, el ingreso y permanencia irregular de un extranjero en territorio nacional son una falta administrativa, no un delito como en Estados Unidos. Ésa es la gran diferencia de nuestras políticas migratorias. Allá lo consideran un crimen.

De tal suerte que Donald Trump seguirá juzgando y encarcelando como criminales a miles de indocumentados.

Pero es importante reconocer que el verdadero fondo del problema no está en los ahora llamados “campos de concentración” instalados en Estados Unidos.

Gran parte del problema radica precisamente, en los países de origen de los migrantes, incluido el nuestro.

La pobreza, desigualdad, violencia, falta de oportunidades, narcotráfico y guerrilla son factores que influyen en la desbandada de migrantes que busca vivir no sólo el sueño americano… ¡buscan simplemente vivir!

Pero, visto de otra forma, ese derecho de movimiento o migración de las personas termina justo en el lugar en el que se viola o vulnera el derecho de cada país a decidir si permite o no la entrada de ciudadanos de distintos territorios de forma ilegal.

Donald Trump, por muy loco, insensible e inescrupuloso que sea, podría estar en su derecho de impedir el paso de migrantes a su país. La forma es lo que es inadmisible.

Pero los países de origen deberían —o deberíamos—poder dar solución a los propios conflictos generadores de este fenómeno. A la que lejos de acercarnos parece que nos alejamos irremediablemente.

Quizá somos más responsables de lo que quisiéramos reconocer, de aquello que con tanto ahínco hemos podido juzgar…

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