Y si tienes a un cocodrilo en tu terraza

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Gerardo García

Imagine usted la escena. En la terraza de su casa, construida en efecto a la vera de una laguna, un cocodrilo de no menos de dos metros de largo retoza tomando el sol. Un animal que por su naturaleza buscará alimento así sea en su persona o de alguien que habite ahí, y encuentra en un pedazo de un territorio que usted considera como suyo, el suyo mismo.

¿Qué hacer ante un escenario así?

La escena que le planteo arriba es una realidad que sucede al menos en un fraccionamiento residencial en Cancún. Isla Dorada, el nombre, construido hace ya más de una década al lado de la famosísima Laguna Nichupté, en la que una sobrepoblación de cocodrilos ha llevado a situaciones tan delicadas que van mucho más allá de una anécdota y que, fundamentalmente, llevan a plantear una solución ante una realidad: la cada vez más cercana convivencia entre los seres humanos y los animales en sus propios hábitats. La Laguna Nichupté, pegada a la zona hotelera del destino turístico más importante de México, ha sido de siempre un lugar natural en el que estos animales han vivido. Antes que aquí se construyera un cuarto de hotel o un metro de un restaurante, estos sauros han vivido en esas aguas y se han alimentado de la fauna que ahí convive. El desarrollo acercó a los seres humanos con ellos y en buena medida gracias a ese mismo desarrollo –alimentación, desechos comestibles en la zona lagunar- en lugar de disminuir en población han crecido hasta convertirse en un tema a resolver no sólo por su conservación, sino también por la protección de habitantes y turistas que conviven con ellos por su cercanía. No es el único lugar en el que esto sucede; el fin de semana pasado estremeció al país la noticia de un menor de edad que fue atacado por un cocodrilo en un estero en Lázaro Cárdenas, en Michoacán, y cuyos restos son aún buscados por la autoridad. Igual sucede en Tamaulipas, Tabasco o Veracruz, o en tantas regiones en las que hay convivencia entre estos animales y zonas urbanas.

Hace un par de días el cuerpo de un cocodrilo de poco más de dos metros de longitud apareció en una colonia popular asentada al lado de una zona de manglar en Cancún. El saurio apareció amarrado y golpeado –lo que suponen le causó la muerte- por lo que la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente anunció que levantaron una denuncia ante el Ministerio Público de la Federación en contra de quien resulte responsable. La pena por este delito va de uno a nueve años de prisión.

En efecto, los cocodrilos habitaban en estas zonas antes que el desarrollo urbano –o turístico- les acercara la convivencia con seres humanos. Es verdad igual que este desarrollo ha permitido la vida de cientos de miles de personas que ahí habitan o de otros cientos de miles que transitan por ahí. No trato de justificar la muerte de estos animales, aunque supongo lo que haría cualquiera cuando ve en la terraza de su casa –o en las zonas donde habitan- a un animal de esta naturaleza. Lo que trato de plantear es que la autoridad ambiental en el país debe considerar una realidad que supone la convivencia entre seres humanos y animales en hábitats compartidos.

No sólo es el caso de ese destino turístico –aunque el número de turistas que transitan en las cercanías de la Laguna Nichupté o Bojórquez le pone un ingrediente adicional- sino que en muchas zonas del país habrá que tomar medidas que supongan la protección tanto de los animales, como de los seres humanos. Educación, prevención, conservación. Acciones tantas que deben realizarse antes que meter a la cárcel a cientos o ver a cientos de cocodrilos morir.

ggarcia@elperiodico.com.mx

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