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Retrato de Fernando Pessoa, de José de Almada Negreiros, óleo sobre tela. Foto: Especial

Fernando Pessoa se miraba en la literatura como en un salón de espejos para multiplicarse en infinitos “yos”. De esa fragmentación de la identidad surgió toda esa progenie de caracteres que en unas ocasiones se quedaron en meros personajes y en otros casos fraguaron en heterónimos, como Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis o Bernardo Soares.

El hombre concebido como un ser reflector de distintas realidades, con el alma descompuesta en personalidades diversas, incluso antitéticas, conjugaba bien con esa modernidad pictórica que amplificaba la tradición de la perspectiva heredada del Renacimiento con esa innovación tan siglo XX que supuso la combinación de puntos de vista. Pessoa traía una escritura sin fronteras, cosmopolita, que cultivaba en portugués, inglés y francés, como si cada idea o impulso literario necesitara su gramática particular, y, también, un pensamiento innovador, de insólitas y enriquecedoras adunaciones, pero que aparejaba consigo hondas revelaciones, que sostenía que existe cierta “metafísica en no pensar en nada”, que con “filosofía no hay árboles, hay sólo ideas”, que pensar es estar enfermo de los ojos y que un hombre es del tamaño de lo que ve.

Autorretrato en grupo (1925), de José de Almada Negreiros.

Pinceles y palabras. Su vida sonámbula de rutinas y cafés, de retraimientos y de ambiciosos consuelos imaginativos provenía del exilio involuntario de su niñez, cuando su padre murió cuando tenía cinco años y tuvo que mudarse a Sudáfrica con su madre, que contrajo matrimonio con el comandante João Miguel Rosa, el cónsul de Portugal en Durban.

No todos los viajes de ida son de vuelta, y Pessoa acabó extraviándose en el retorno, o sea, en el reencuentro con la patria, sintiéndose foráneo en ese ámbito doméstico que es la ciudad natal. De esa extrañeza fue emergiendo una literatura y también una imaginación, una postura estética y creativa que alimentó con una ambiciosa fantasía verbal, que es lo que acabó seduciendo a las vanguardias pictóricas portuguesas, como si la composición de un lienzo necesitara antes de un nombre, de una palabra que diera definición al escorzo y los colores de la paleta.

Pessoa, un pesimista vital que trasegaba en abundancia y apuraba ochenta cigarrillos al día, el oficinista ceniciento que apuntaba versos en servilletas, tickets y otros papeles volanderos (en ellos anotó gran parte de las páginas del Libro del desasosiego) era un heredero más del pesimismo de 1890, cuando Inglaterra reducía a Portugal de imperio a nación.



Maestro de los heterónimos

A lo largo de su vida, el autor portugués creó personajes alternos.

Alberto Caeiro

  • Biografía: Nació en Lisboa, en abril de 1989, pero vivió casi toda su vida en el campo. No tuvo gran instrucción, era simple y reclamaba la sinceridad en la poesía. Rechazaba las doctrinas filosóficas. Encarna al hombre reconciliado con la naturaleza.

Álvaro de Campos

  • Biografía: Nació el 15 de octubre de 1890 en Tavira. Estudió en Escocia y a su regreso a Portugal conoció a Alberto Caeiro, quien se convertiría en su maestro. Realizó un viaje por Oriente que lo marcó profundamente luego del cual escribió el poema Opiário.

Ricardo Reis

  • Biografía: Educado en un colegio de Jesuitas es nativo de Porto. Era médico y desde 1919 se fue autoexiliado a Brasil ya que tenía ideas monárquicas. En el mundo de Pessoa representa el papel de “clasista pagano”.

Bernardo Soares

  • Biografía: Es conocido como el personaje detrás del Libro del desasosiego, se desconoce la fecha de su nacimiento y de su muerte, sólo se sabe que llevó una vida modesta en Lisboa y que se desempeñó como ayudante de contabilidad en una casa de importación de tejidos.


El escritor aspiró a reinstaurar la grandeza de su país sobre la pujanza de la lengua y las artes y no sobre el mercantilismo y el destello de las armas.

Historia de un cuadro. José de Almada Negreiros y Fernando Pessoa pertenecían a la llamada generación Orpheu, nombre de una revista de la que se publicaron dos números (el tercero sería facsimilar y salió décadas después) y que resultó esencial para la literatura y las artes en Portugal. Almada, amigo del poeta, hizo un retrato de él en 1954 para el restaurante Irmãos Unidos, un lugar que solían frecuentar. Lo hizo por un precio irrisorio, pero al cerrarse el local, los propietarios se lucraron con esa pieza al vender la obra por varias veces el montante inicial. El pintor, enfadado, hizo una réplica en el año 1964 (la de la imagen) exactamente igual, pero simétrica a la anterior, que se conserva hoy en la Fundación Gulbenkian.

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