He llegado a la conclusión de que no tenemos remedio, lo sabía pero, aún tenía cierta esperanza de que sólo fuera mi oscuro punto de vista pero no, no tenemos remedio.

Escucho la marcha de la “infantería mecanizada” y a diferencia de la mayoría que escucha el ruido y le provoca terror, a mí me provoca una ira desmedida pues si alguien es culpable de ello… soy yo.

Empezó hace unos años cuando el sobrino favorito de mi mujer, casi su hijo, tuvo un accidente automovilístico y quedó parapléjico y si hay algo que nunca había podido ver era a mi mujer llorar en un estado de desesperación inconsolable.

Esa situación, me hizo cambiar el enfoque de lo que estaba haciendo, en lugar de seguir con el desarrollo de motores sin combustible fósil empecé con la creación de un exoesqueleto, lo que era muy sencillo pero, no quería quedarme ahí, quería que mi sobrino político sintiera que todo en su vida fuera normal y eso presentaba una complejidad diferente, debía crear una conexión del servoesqueleto con el sistema nervioso central y ajustar la maquinaria para que sus movimientos fueran iguales o al menos similares a lo natural así que me enfoqué en crear unas cintas hápticas impermeables con microtuberías articuladas alimentadas por un convertidor de calor corporal en energía y lo que pensaba que me daría dolores de cabeza para poder hacer la conexión con el sistema nervioso central se solucionó con varios algoritmos y en menos de dos años, mi sobrino, estaba de pie haciendo lo mismo que haría cualquier adolescente que no hubiera pasado por su terrible trance.

Era tan emocionante ver los resultados y la enorme cantidad de recursos que eso trajo consigo que deje de lado definitivamente los motores y me concentré en eso, ya no sólo en recuperar la movilidad, sino en la creación de prótesis permanentes. Esto que inició por evitar las lágrimas de mi mujer se había convertido en sonrisas mundiales pero, nunca esperé que por secar unas lágrimas, hiciera llorar a media humanidad.

La siguiente etapa ya no estuvo en mis manos, nunca esperé que mis diseños terminaran en manos militares, que mi exoesqueleto se convirtiera en un traje que quintuplicara la fuerza de un ser humano que no necesitaba aquello para lo que se había creado, mis prótesis permanentes se transformaron en garras de afilado acero o armas activadas con solo pensarse, soldados que aceptaban cortarse extremidades para injertarse nuevas formas de matar. Si antes habíamos perfeccionado la forma de matarnos de manera impersonal y a distancia, ahora lo hacíamos de manera íntima.

Nunca, ni en mis más increíbles pesadillas imaginé que lo que se creó para ayudar, se utilizara para matar, que lo que buscaba regresar a las personas a la vida normal degeneraría en una forma de separarse de la misma. La infantería mecanizada se convirtió en el arma por excelencia pues además del efectivo miedo provocado por hombres reforzados, era más barato dotar a una división que crear armas de largo alcance además de que de esa forma la infraestructura de los territorios “rescatados” podía usarse.

Ilustración: Norberto Carrasco

Durante nuestra civilización hemos usado cada una de las herramientas creadas como armas, lo hacemos con conocimiento, con ansias pues somos presa y depredador dentro del mismo empaque. Somos un cáncer dentro de nuestro planeta, crecemos y consumimos todo lo que está a nuestro alcance sin importarnos, nos destruimos con una sonrisa en los labios mientras nuestra lengua los relame en éxtasis… Somos un cáncer.

Escucho el marchar de la infantería mecanizada, los gritos de “los no modificados”, de los humanos comunes que se resquebrajan a un golpe, las todopoderosas armas de fuego que dominaron el siglo anterior, eran inútiles ante placas de blindaje que antes, un ser humano normal no hubiera podido levantar pero, para uno, cinco veces más fuerte, era tan sencillo como lo era antes, portar un uniforme.

No hay defensa posible ante ellos, pueden desgarrarte, atravesarte, aplastarte o simplemente quebrarte de un golpe y lo verdaderamente aberrante, es que lo hacen mientras sus carcajadas resuenan amplificadas bajo sus cascos.

Yo no debería estar aquí, en este país subdesarrollado en el que hay carencia de todo menos de agua, debería estar en el país de origen de los “salvadores”. No puedo, ahí mi mujer fue utilizada para que cediera, para que enseñara, para que construyera lo que destruyó la poca fe en mi especie. Lo hice para salvarla y me la regresaron como un cascarón vacío, una mujer que huyó de la tortura en el único lugar donde no sufriría dolor, en su mente… Una mente rota y yo, que me jactaba de reconstruir hasta lo imposible, me topé con lo que era la imposibilidad. Ese día, también me perdí, también me rompí.

Cada vez están más cerca, los impulsos electromagnéticos que antes funcionaban de manera temporal para detener a la infantería, fueron corregidos hace mucho, mis diseños fueron perfeccionado de maneras que si no fueran para matar, reconocería su genialidad pero hubo algo que no tocaron y que si no hubiera sido por el despertar de mi lado más oscuro, quizá, nunca lo hubiera detectado.

Descubrí la falla en el algoritmo, en la forma en que, en lugar de transformar los impulsos eléctricos del cerebro en acciones, podía ir en sentido contrario, en otras palabras, podría freír esos canales neurona les para hacerlos inútiles permanentemente, estarían físicamente intactos pero su cerebro jamás sabría que podía moverlos, la consciencia estaría igual que siempre pero no podrían hacer nada. Era el más cruel de los destinos, uno que tenía cierta ironía cuando pensaba en lo que le hicieron a mi esposa. Que hubiera pasado si… El hubiera no existe… Mando la señal.

Caen como títeres sin cuerda. Quizá la humanidad pueda algún día evolucionar peros a no me importa. Ya no hay nada que hacer, estoy al igual que la infantería, tirado en el suelo, sin poder hablar, sin poder moverme, al igual que ellos, me había modificado para combatirlos yen esa conversión descubrí la solución. No me importa… Estoy bien… Conmigo… Nada más.

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