Contra la cerveza artesanal

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Ser joven y no amar la cerveza es hasta contradictorio. Almaceno con fruición dos o tres postales de mi adolescencia. Una referente a la chela. Me encantaban las caguamas Corona. Un domingo, sentado en un porchecito, con una grabadora a los pies como perro guardián, me tomé doce caguamas Corona. La calidad de esta presentación no tenía competencia en el mercado. Se trata, sí, de uno de los high lights de mi hoja de vida. Junto a los nueve litros de Negra Modelo que me bebí una ocasión en la Feria de San Marcos. Hoy no le pego siquiera un trago a caguama alguna. Y menos a esa infame abominación conocida como Mega (1.2 litros).

Concuerdo en que la edad me ha
vuelto melindroso. Pero mi desprendimiento espiritual de la cerveza obedece sobre todo a la depreciación de ésta por parte de las compañías productoras de unos años a la fecha. México atraviesa por una de las peores crisis cerveceras de su historia. La penetración de las cheves extranjeras de pésima calidad es un cáncer. Coors, Bud light, Lite, y demás porquerías que se venden a un precio ridículo. Chela que es consumida en su mayoría por jóvenes. Quien haya padecido una cruda con Coors sabe que la burra no era quisquillosa, la hicieron. Hace meses tuve una velada informal en mi casa. Uno de los invitados trajo un six de Coors. Continúa intacto en mi refri. Eso en casa de un alcohólico es un milagro. Incluso la Heineken, que era buena cuando la introdujeron, ha terminado por sumarse a mi lista de tragos prohibidos.

Ante tal desamparo, una moda ha asaltado la contemporaneidad: la cerveza artesanal. Promovida por la avanzada hipster del do it yourself. Y posible gracias a las marcas de chela chafa que ofrece el mercado. Desde grupos de personas que montan una productora hasta solitarios alquimistas experimentan en soledad con versiones apócrifas de lo que se supone debería ser la cerveza. A tal grado ha llegado esta fiebre, que incluso la practican personas que no son ni borrachos y a los que no les simpatiza la cerveza. Pero se han enganchado al lifestyle que promueve. Ya cualquier neófito es un experto en la materia. Pero más allá de cualquier objeción referente a la pose que existe alrededor, el gran pero de la cerveza artesanal son sus desventajas frente a la cheve industrializada.

Como Frank de Shameless soy susceptible a todo lo que embriaga. Pero sólo una vez en mi vida me he emborrachado con chela artesanal. No encuentro palabras para describir la cruda del día siguiente. Nunca más. Temprano comprendí que la artesanal no es para empedarse. Es para una o dos.
Entonces no sirve para mis propósitos. Sé que es una barbaridad, pero lo diré: prefiero una Tecate Light. Un contratiempo para con mi hedonismo es producir alcohol. Deseo destapar una botella e inyectarlo en mis venas. No esperar, disfrazado de Doc de Volver al futuro, un proceso de fermentación.
La solución es comprar una artesanal en un depósito, en el súper o en una cervecería, de acuerdo. Pero el precio de una chela oscila entre los 45 y los 60 pesos. Wait a moment, plis. Me parece un robo. Si una Modelo Especial de tella (mi favorita desde que comencé a beber) cuesta veinte pesos. Y para mí supera a cualquier artesanal. Mi recelo llega a su cúspide con el sabor de las artesanales. Desde las oscuras intragables, parece que le estás dando un trago a un café rancio bien cargado, hasta las fermentadas con un sabor. El peor defecto de las cervezas artesanales es que lo han conseguido todo, menos un sabor a cerveza.

Tres obstáculos nos separan: tiempo, precio, sabor. Sé que los iniciados me tacharán de ignorante. Pero no existe mal trago que una Modelo Especial o una Stella Artois no puedan borrar. O incluso una Erdinger, que vale cada uno de los sesenta pesos en los que se comercia. Si de fresear se trata, ai ta la chela alemana. La calidad de la cheve depende del agua con que es fabricada. Se presume que el agua más rica del mundo es la de la República Checa. Por lo tanto las birongas checas son famosas. Pero estoy en verde en el campo. ¿Alguna morrita que se ofrezca a guiarme? Estuve aquí antes de la cerveza artesanal y lo seguro es que cuando me vaya de la Tierra se seguirá produciendo. Pero me queda la satisfacción de que vivo en un tiempo durante el cual la cerveza es rica y nutritiva. Mi verdadera felicidad consiste en viajar a Estados Unidos y pedir una Michelob Ambar de barril. Es para mí una de las cumbres de la industria y también de este mundo traidor.

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