Contra la palabra vacía
Sobre una antología del moderno periodismo literario alemán

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Por Héctor Orestes Aguilar

Al gran periodista praguense en lengua alemana Egon Erwin Kisch (1885-1948) —quien vivió exiliado en México en la colonia Hipódromo Condesa; entre otros domicilios sobre Avenida Tamaulipas, en el edificio gris que sigue estando junto a la vieja gasolinera demolida en esquina con Alfonso Reyes—, sus colegas le pusieron un apodo inolvidable, “der rasende Reporter”, el reportero veloz, vertiginoso o incluso, como lo traducen algunos, frenético. De todos los autores que integraron el exilio cultural alemán de los años cuarenta en nuestro país, Kisch fue uno de los personajes más carismáticos, excéntricos y, a la larga, influyentes en nuestras letras. Los dos libros que publicó aquí, Markplatz der Sensationen (Mercado de sensaciones, 1942) y Entdeckungen in Mexiko (Descubrimientos en México, 1945), además de ser los últimos de un repertorio personal que superó la treintena de títulos, tuvieron un gran impacto tanto para la historia de la imagen que se tiene de México desde el entorno cultural alemán como para el propio periodismo mexicano. Publicados primero por la editorial alemana en el exilio El libro libre, fueron traducidos después al castellano, destacando la traducción del célebre exiliado republicano español Wenceslao Roces al segundo de ellos, aparecido bajo el sello de la editorial Nuevo Mundo. Roces, como es bien sabido, fue el traductor de El Capital, y su versión a las crónicas de Kisch reunidas en ese tomo de trescientas páginas tuvo una recepción considerable entre los periodistas nacionales, entre ellos Fernando Benitez, a quien le inspiraron la escritura de su magnífico ciclo Los indios de México. No obstante, los libros “mexicanos” de Kisch no volvieron a publicarse en español. Dudo mucho que entre nosotros se le estudie en las facultades, institutos y escuelas de periodismo o que sus inigualables notas sean referencia directa de lo que en el oficio llamamos la “nueva subjetividad”. Si bien la admirable editorial Minúscula de Barcelona relanzó no hace mucho sus obras sobre las calles y leyendas de Praga, Kisch es, como cronista de la mexicanidad, un secreto rotundamente preservado.

Sirva este largo preámbulo para celebrar la idea, ambiciosa y osada como pocas, de realizar una antología del periodismo literario moderno en lengua alemana, proyecto que la editorial Quaderns Crema-Acantilado ha llevado a buen puerto apenas el mes de mayo pasado al poner en circulación La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934), encomiable trabajo de compilación, traducción y presentación del germanista y romanista español Francisco Uzcanga Meinecke, investigador de géneros periodísticos, sobre todo del articulismo literario tanto en español como en alemán. La muestra reúne cincuenta y dos escritos de cuarenta y cinco autores de Alemania, el Imperio Austrohúngaro, Austria, Bohemia y Suiza; arranca con un agudo “instructivo” debido a Ludwig Börne, “El arte de convertirse en un escritor original en tres días”, datado en 1823, y concluye con una pieza de Max Frisch de 1934, cuando apenas tenía 23 años.
Entre estos dos inopinados polos —jamás hubiera considerado a Frisch para incluirlo en una antología de periodismo literario, debo reconocerlo— se despliega un conjunto muy diverso de textos que, como explica generosamente el propio Uzcanga en su prólogo, en su momento fueron descritos como:

Pensamiento al vuelo, esbozo impresionista, estampa callejera, viñeta cotidiana, camaleón, escaparate, impromptu, medallón [clasificación que gustaba mucho a José María Pérez Gay], acrobacia, panóptico, caleidoscopio, adoquín, canto rodado, pompa de jabón, gota de rocío, prosa en miniatura, ensayo sentimental, literatura de bolsillo, estenograma de la realidad, poesía de ocasión y la más célebre de todas ellas: la eternidad de un día.

No obstante, y como es profusamente explicado en sus páginas introductorias, la antología tiene como intención expresa familiarizar a los lectores en español con la naturaleza de un género periodístico muy identificable en alemán que subsiste en nuestros días con mucha garra, el folletinismo, nombre de pila adaptado del francés y que otorgó denominación de origen a una forma de escritura en diarios, encartes y suplementos a partir del segundo decenio del siglo XIX. El feuilleton, folletín o folletón es la materia verdadera de estas 403 páginas, y la selección de Uzcanga hace los honores a verdaderos maestros de este arte nada menor. Para los neófitos es un enorme ventanal hacia autores muy poco atendidos, algunos prácticamente traducidos por primera vez o presentados como periodistas de manera cabal hasta esta ocasión. Para quienes tengan una cierta idea de la historia literaria de los países germanohablantes resultará un pequeño arsenal de consulta que puede ser confrontado y ensamblado con las historias de la literatura alemana al uso, pues el antologador ha tenido la suficiente cautela y puntería como para ofrecer ejemplos de época.

La irrupción de los periodistas
en la posteridad

Para los lectores más familiarizados con los autores que Acantilado publica desde hace más de diez años, La eternidad de un día resulta una gratísima sorpresa, pues reúne a un puñado de clásicos absolutos presentando una ladera de su obra que acaso ninguna otra editorial contemporánea se atrevería a explorar, como Stefan Zweig, Thomas Mann, Alfred Döblin, Hermann Hesse, Robert Musil y Robert Walser. Para el especialista, tanto en letras alemanas como en periodismo cultural, es muy gratificante encontrar una nómina que incluya textos referenciales del tipo “El concierto de Paganini” (1836), crónica fundacional de Heinrich Heine; el celebérrimo “El pie de Fanny Eißler” (1892), folletón donde los haya, de Ludwig Speidel; “¡Escríbelo, Kisch!”, del ya citado Egon Erwin; y otras composiciones debidas a Anton Kuh (a quien por primera vez encuentro traducido al español),
Walter Hasenclever, Ernst Toller, Carl von
Ossietzky, Gottfried Benn, Siegfried Kracauer, Ödön von Horváth, Alfred Polgar, Hermann Bahr, Peter Altenberg, Franz Hessel y Walter Benjamin. Me parece especialmente celebrable que se recoja “La teoría del Café Central” (1906), de Polgar, considerado por muchos incluso uno de los mejores ensayos publicados jamás bajo la forma de folletón, o “Una ciudad” (1908) y “La tumba de mi madre” (1914), de Walser, dotados con una densidad narrativa sobrenatural, si se me permite la expresión. La microbiografía “Fiume, Belgrado, Budapest, Presburgo, Viena, Múnich” (1929), de Von Horváth, por otra parte, es uno
de los medallones más importantes ya no digamos en la historia del periodismo sino en la historia cultural de Europa Central. Sin conocer esta página y media es difícil atisbar la complejidad del alma centroeuropea.
Muy bien hace en subrayar Uzcanga un hecho fundamental: el folletón fue practicado con sobresaliente destreza por periodistas y escritores de identidad cultural judeo-alemana. Vale decir, por el parnaso intelectual que consolidó la literatura alemana desde los días del Vormärz hasta el arribo de los nacionalsocialistas al poder. Es imposible tapar el sol con un dedo: los mejores folletones de la historia fueron escritos por
autores judíos, y los concebidos por Kurt Tucholsky y Joseph Roth incluidos en estas páginas son una demostración inapelable de ello. El primero de los dos escritos de Tucholsky antologados, “Ante Verdún” (1924), es magistral. Debería ser leído, estudiado e imitado en cursos de redacción, literatura y periodismo. Tengo para mí que es la joya de este tomo y su fluida traducción la mejor de todas. No resisto citar un pasaje extenso de esta memorable crónica:

El paisaje es extenso, ondulado, con mucha maleza y absolutamente nada de bosque […] Aquí murieron un millón de personas […] Del lado francés cayeron cuatrocientos mil hombres; aproximadamente trescientos mil no han podido ser hallados, están desaparecidos, sepultados, perdidos… El terreno semeja un paisaje lunar en el que ha crecido hierba, los campos apenas han sido cultivados, por todos lados hay agujeros y depresiones producto de los impactos. A lo largo de los caminos, fragmentos de hierro retorcido, refugios subterráneos en ruinas, hoyos en los que alguna vez se cobijaron personas. ¿Personas? Apenas lo eran ya.

Al otro lado, a la altura de Fleury, hay un cementerio; en realidad, una fosa común. Hay metidos en él diez mil hombres, diez mil destinos rotos; diez mil esperanzas aniquiladas, diez mil veces deshecha la felicidad de un puñado de familiares y amigos. Esto era tierra de nadie, no fue ocupado: allí, en el cerro, se apostaban los alemanes; enfrente, los franceses. Las alondras han alzado el vuelo en espiral y no dejan de trinar. Cae una lluvia fina.

El otro gran maestro presente en La eternidad de un día es Joseph Roth, muy conocido y leído ya en español, pero siempre camaleónico y sorpresivo. En “La irrupción de los periodistas en la posteridad” (1925), uno de los dos textos escogidos para representar su soberbia pluma, Roth da cuenta de la perpetua tensión a la que están sometidos los escritores que ejercen el periodismo y los periodistas que hacen literatura, menospreciados siempre y estigmatizados por el “bando contrario”. Sus líneas parecen escritas hoy. Dice el autor de la Marcha Radetzky:

No logro entender por qué un acusado sentido para captar la atmósfera del presente haya de ser obstáculo a la hora de alcanzar la inmortalidad. No logro entender por qué el conocimiento de la naturaleza humana, la agudeza, la capacidad de orientación, el don para cautivar y otras flaquezas semejantes que se les atribuye a los periodistas hayan de estar reñidas con la genialidad. El verdadero genio incluso adolece de estos defectos. El genio no vive de espaldas al mundo, se encamina hacia él. No es ajeno a su tiempo, está inmerso en él. Conquista el milenio porque domina su década a la perfección.

Contra la palabra
vacía o sin reparos no hay antología posible

La presencia en La eternidad de un día de la firma de Karl Kraus es una de las sorpresas que depara esta selección. Uzcanga ha hecho bien en dedicar al menos seis líneas para explicar que el feroz polemista y crítico del lenguaje de políticos y periodistas de su época aparece como una voz discordante, un crítico implacable del género folletinesco, tratándolo incluso con mucho desdén por su frivolidad y amaneramiento. No obstante, Kraus está presente con un artículo titulado “Carta desde Bad Ischl”, aparecido el 1 de agosto de 1897 en el Wiener Rundschau, donde ya se perciben los componentes satíricos de su potentísima escritura.

Sorprende también la inclusión de Robert Musil hacia el final del libro. El gran novelista de El hombre sin cualidades siempre se sintió incómodo en su relación con el periodismo, lo consideraba un oficio de mera supervivencia, carente de la profundidad y el alcance de la narrativa, sobre todo de su tipo de narrativa; Uzcanga lo consigna tal cual, citándolo: “Si usted encuentra en el futuro algo mío en algún periódico, rece un padrenuestro por mí, porque significará que estoy mal de dinero”, decía Musil, de quien escogió un breve ensayo disfrazado de crónica de nombre “Cuando papá aprendió a jugar al tenis”, no muy afortunado.

En vez de Musil hubiera sido deseable encontrarnos a verdaderos folletinistas o al menos escritores con una tensión y oficio periodístico más convincentes, como Franz Theodor Csokor, quien brilla por su ausencia. Como brillan por su ausencia las periodistas, pues sólo se incluye a dos: Rosa Luxemburg y Else Feldman. Imagino que no es fácil encontrar textos con acento literario de mujeres periodistas de la época tratada, pero extraño, por lo menos, el nombre de Klara Mautner, quien contribuyó de manera crucial a la prensa y al pensamiento socialdemócrata en su país. Esto no demerita, por supuesto, el inusual esfuerzo de Francisco Uzcanga Meinecke, quien nos ha entregado una fascinante guía dispuesta para cursarse una y otra vez con deleite y provecho.