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En “Vincent Van Gogh cien años después”, Szyszlo refiere la vida y experiencia del pintor que revolucionó la pintura moderna, sitúa con exactitud el estado de las artes plásticas circundantes, esboza lo que Van Gogh significa para el arte moderno y las profundas transformaciones que fueron operadas por él en éste:

Después de Van Gogh, la pintura nunca volvió a ser la misma: había nacido una manera de realizarla que si estaba anunciada en la obra de algunos grandes pintores anteriores a él, por primera vez era total y solamente eso: expresión, había nacido lo que luego se llamaría el expresionismo. La influencia de Van Gogh sumada a la de Gauguin produjo los primeros brotes de lo que llamamos arte contemporáneo, en la base de los cuales está el fauvismo y que viene directamente de estos dos pintores.

Bien entendido, el arte moderno también encontró otros caminos. El camino que abrió Cézanne y que llevó al cubismo y a la abstracción geométrica; la ruta abierta por Moreau y Redon que finalmente llevaría a la pintura surrealista.

De la libertad con que Van Gogh encara el cuadro, de su violencia, de su uso expresivo del color, no solamente salen los “Fauves”: Matisse, Derain, Vlaminck, Rouault, sino también los expresionistas escandinavos, belgas, alemanes y centroeuropeos como Munch, Ensor, Nolde, Schmidt-Rottluff, Kandinsky, Jawlensky, Modersohn-Becker, Soutine y tantos otros.

Este holandés errante que salía de noche a pintar paisajes, llevando un sombrero con velas encendidas alrededor de la copa para poder vislumbrar lo que pintaba, que confesaba “en mi trabajo arriesgo mi vida y he perdido la mitad de mi razón”, que se suicida porque en su momento de máxima lucidez sabe que será víctima de otro ataque de locura y no está dispuesto a soportarlo, este pintor abrió con su genio, su frenesí y su coraje, caminos por los que hasta hoy transita gran parte de la pintura contemporánea, cien años después de su muerte.

Miradas furtivas de Fernando de Szyszlo es un libro que ha ido creciendo con los años y que recoge los escritos que este pintor peruano nacido en 1925 ha publicado en los pasados sesenta. Pues Szyszlo, el pintor que escribe, el escultor que lee, es también y sobre todo un hombre que piensa, un hombre que es y que se prepara para el ser y el no ser a través del preguntar. Como tantas otras cosas, obras y personas, la silueta espigada de Szyszlo, su andante columna humana que parece una escultura de Brancusi en movimiento, se la debemos los mexicanos e hispanoamericanos al encuentro afortunado con Octavio Paz, quien lo descubrió en París, en 1949, junto con la poeta Blanca Varela, y otros hispanoamericanos, como el poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas y el pintor mexicano Rufino Tamayo. En ese París de la guerra apenas terminada, se dieron cita no sólo estos hispanoamericanos transatlánticos, no sólo los franceses —como André Breton, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus, André Malraux, Georges Bataille— sino un conjunto de artistas y creadores como Pablo Picasso, Alberto Giacometti, Pierre Soulages, Hans Hartung, Marcel Duchamp— por soltar, como semillas, un puñado de nombres para orientarnos en la selva de la historia —nombres a los que hay que añadir los de las “personas” que se incluyen en estas Miradas furtivas aunque no hayan estado en ese momento en París como Marta Traba, Sebastián Salazar Bondy, Emilio Adolfo Westphalen, Georgette Vallejo, Luis Miró Quezada, Jorge Eduardo Eielson o Mario Vargas Llosa. El joven Szyszlo venía preparado de su natural Perú para no encandilarse tan fácilmente con la chispeante ebullición literaria y artística de aquel París melancólico, pero en el que se respiraba el ambiente de un cierto optimismo consciente, pues era la ciudad que acababa de ver pasar hacía muy poco, durante la guerra, la furia desatada de los titanes capaces de romper cualquier idea de dignidad o de santuario, furia que estuvo a punto de borrar a esta ciudad completamente del mapa: París era una ciudad que respiraba como una mujer resucitada.

El encuentro con París es el encuentro con un André Bretón que por entonces tendría unos cincuenta años, con un Hans Hartung, maestro del arte abstracto alemán y europeo de quien los separaba más o menos veinte y con un Octavio Paz nacido en México en 1914, once años mayor que el peruano que lo sentía como un “hermano definidor” —para aludir a la voz de Pedro Henríquez Ureña— y un paisano y camarada. También conocería ahí a Julio Cortázar, Alejandro Obregón, Wilfredo Lam y Marta Traba. Descubrió la pintura. “Nunca había visto un Rembrant, ni un Van Gogh. Recuerdo […] cuando encontré un retrato de Van Gogh, una cabeza con estrellas atrás; sentí que la piel se me erizaba”, le confiesa Szyszlo en una entrevista incluida en este libro a Ana María Escallón en 1991.

“La piel se me erizaba”: las palabras de Szyszlo son síntoma de una relación orgánica y vivida con el fenómeno artístico. Además, durante ese viaje, se dio otra revelación: hay que “prepararse”, estar listo para atisbar lo oculto, lo prohibido, lo secreto e irracional; para sentir lo sagrado, “la boca de la sombra”, “el arcoiris negro” prepararse para ser digno de lanzar miradas furtivas al templo que sienta sus reales dentro y fuera del cuerpo. La “boca de sombra” evocada por el poema quechua será también una contraseña secreta del arte moderno. Ir y venir entre el pasado remoto y el presente en búsqueda del prodigio —ahí está uno de los nudos que mueven al artista contemporáneo ávido de congruencia.

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