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Foto: Especial

En su juventud Anthony Bourdain sintió el llamado de la cocina. Pero también el de las drogas y el de la música.

El pasado ocho de junio su cuerpo fue encontrado sin vida en Francia. Supuestamente se suicidó. Las especulaciones apuntan a que padecía depresión. Sin embargo, Bourdain
no lucía como una persona depresiva. Hace unos meses circularon en internet unas fotos junto a su novia Asia Argento en las que lucía un abdomen de lavadero. A sus sesenta años Bourdain lucía una envidiable forma física. Insólita para el estilo de vida que había llevado como chef y conductor del programa Sin reservas.

Su muerte despierta ciertas hipótesis. La primera: su cuerpo quizá no era resultado de las artes marciales brasileñas que practicaba, es posible que recayera en la heroína. No es descabellado pensarlo. Cuando Tom Petty murió por sobredosis de Fentanyl nadie sabía que había recaído en la aguja. La segunda: el suicidio de Bourdain tiene conexiones con la muerte de Michael Hutchence y David Carradine. Es decir: quizá fue un juego que se salió de control. La tercera: que en efecto se quitó la vida y lo hizo en Francia por ser el país de la más alta cocina internacional. El misterio prevalecerá, pese a que el caso fue cerrado, su cuerpo cremado y las cenizas repatriadas a Estados Unidos.

Bourdain no era el típico chef de televisión que aparece vestido de blanca frente a la cámara en un set. La cocina le otorgó una identidad. Pero la actitud la extrajo del rock, en particular del punk. Cómo olvidar el capítulo que se desarrolla en Cleveland, en el que aparece Marky Ramones, el baterista de los Ramones, y la visita al Salón de la Fama del Rock & Roll. La personalidad de Bourdain parecía la de un roadie. Chaqueta de cuero, playera de alguna banda y pantalones de mezclilla.

Era crítico con su país. Y una de sus recomendaciones era: no comas donde los gringos comen.

Su talento especial para contar historias le facilitó su salto a la pantalla. Pero no para conducir un programa de gastronomía cualquiera. Su show, Sin reservas, se convirtió en un referente del turismo gastronómico mundial. No pocos amantes de la comida han confesado que han visitado tal o cual país para probar los platillos que aparecen a lo largo de las temporadas de la serie de Bourdain.

El programa evolucionó. Se convirtió en un instrumento de denuncia. Ahí donde se paraba, Bourdain hacía evidentes las desigualdades sociales de cada zona. Era un hombre comprometido con las minorías. Su amor por la comida mexicana, y la gran cantidad de latinos que fueron su personal en las distintas cocinas en las que trabajó, lo dejan muy claro. Para él la élite no tiene que ver con la cuna, sino con la cocina del lugar de donde provienes.

Existen varios momentos en la vida de Bourdain que nuestra cultura atesora con particular cariño. Su incursión nocturna a Piedra Negras, Coahuila, a comer tacos de asada. El show que le dedicó a la Ciudad de México. Y la exploración exhaustiva que hizo de Baja California, con énfasis en Tijuana, Rosarito, Ensenada y anexas. Fue él quien descubrió a muchos la carreta La Guerrerense y la calificó como el mejor food truck del mundo. Por cierto, en la Ciudad de México ya hay una sucursal, en la calle de Nuevo León, en la Condesa. Su barra de ostras es incomparable: ostiones, pata de mula y almeja chocolata y reina.

Cook free or die era el lema de Bourdain. Filosofía que ejerció todos los días de su vida. Ganador de varios Emmys, chef en jefe a cargo de restaurantes AAA en Nueva York, Japón y París, nunca dejó pasar la oportunidad de comer en cualquier puesto callejero. Su enseñanza más grande consiste precisamente en renunciar a los prejuicios a la hora de comer. Era crítico con su país. Y una de sus recomendaciones era “no comas donde los gringos comen”. Se refería a las masas, por supuesto.

Una postal protagonizada por Bourdain le dio la vuelta al mundo. Una cena junto al presidente Obama, sentados en sillas de plástico en un localito de comida asiática. Su humildad era auténtica. Por eso conquistó el corazón de millones de televidentes amantes de la comida. Tony siempre fue a donde se encontraba el sabor. Ese era su don. Un olfato inigualable para encontrar el oro de la cocina en las calles.

Bourdain fue cocinero, escritor, yonqui, pero sobre todo un libre pensador. Supo quitarse el sombrero ante uno de los milagros más grandes de la humanidad: la cocina. Y la hizo su credo. Su partida es irreparable. Era único en su especie. Ningún otro chef podrá ocupar su lugar en nuestros corazones. Nos va a hacer mucha falta.

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