Corazón de un perro reflexiones sobre la mortalidad de Laurie Anderson

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Uno de los géneros más versátiles, complejos y poco explorados del cine es sin duda el filme ensayo, un estilo ambiguo, que como el ensayo literario, es una especie de centauro (Alfonso Reyes dixit) del celuloide. Este es un género híbrido, personal e informativo, situado entre la poesía y la filosofía.
En 1957 el crítico André Bazin definió la cinta Carta de Siberia, de Chris Marker, como un filme sobresaliente por su “inteligencia verbal” y lo definió como un ensayo en forma de reportaje cinematográfico, con lo que se inauguró el género. No se trata exactamente de un documental aunque tiene grandes coincidencias con ese formato, ni es realmente un filme de ficción, aunque en parte lo sea. Entre los grandes del género están Marker, Jean Luc Godard, Alan Resnais, Agnès Varda y Harun Farocki entre otros, teniendo sus orígenes en El hombre de la cámara (1929), de
Dziga Vertov.

Heart of a Dog (2015), estrenada en el Festival de Cine de Nueva York de 2015, es el segundo filme de Laurie Anderson, la artista del performance, multiinstrumentista, compositora polifacética y autora de discos fundamentales e inclasificables como Big Science (1982) y Strange Angels (1989). Su anterior largometraje, Home of the Brave (1986) era el fabuloso registro de un concierto en donde aparecía incluso William Burroughs, leyendo y bailando. Casi treinta años más tarde, Anderson regresa a la dirección con un homenaje a su perra, una terrier ratonera, llamada Lolabelle.
La cinta es la “historia de una historia”, un diario no lineal que entreteje docenas de comentarios y apreciaciones, una obra que parece perder el hilo narrativo en divagaciones para luego retomarlo de forma orgánica, integrando una variedad de formatos en un fascinante collage de animación, videos de baja resolución, tomas de GoPro desde el collar de la perra y películas caseras de 8 mm sobre las que se desliza la narración en off de Anderson, con esa voz encantadora, cándida, fresca y sabia que ya estaba presente en su música desde la década de los ochenta. Lejos de la seriedad de ciertos ensayistas fílmicos como Víctor Erice, aquí se combinan sueños, encuentros fortuitos, nostalgia y provocación intelectual. Lo íntimo y lo público chocan y se acarician para crear un caleidoscopio vivencial e imaginario.

Es Lolabelle misma quien conduce la intensa reflexión contemplativa en torno a la muerte, a la pérdida y al paso del tiempo. Lolabelle no es una perra cualquiera sino un animal talentoso que “aprende” a tocar piano e incluso da algunos conciertos. La perra no es un pretexto jocoso para la cineasta, quien crea un complejo retrato de su mascota en un tono ligero, cómico y conmovedor que recuerda la prosa del padre del ensayo literario, Michel de Montaigne, así como la de un maestro contemporáneo del género, Philip Lopate (a quien Anderson consultó para hacer este filme). “El propósito de la muerte es la liberación de la vida”, comenta Anderson, quien describe el paso de Lolabelle al Bardo, ese no lugar que dura 49 días después de la muerte y en el cual la mente se desvanece, según el libro tibetano de los muertos.
Vemos cómo Lolabelle ve desfilar su vida en una composición de imágenes fijas y texturas, representaciones literales y abstractas que operan a diferentes niveles, se valen de transparencias y manipulaciones digitales para crear un obituario emotivo. Estas visiones abren un diálogo con la historia personal de la artista y dan pie a confesiones como la tensa relación y reivindicación final con su madre en el lecho de muerte, donde quizás ella ya estaba rodeada de seres fantásticos y no de sus familiares.

El gran talento de Laurie Anderson consiste en lograr cambios de ánimo imprevistos en un parpadeo, los cuales rompen con el sentimentalismo, así como con la seriedad o tristeza al evitar ser predecibles y no dar tregua en los hipnóticos 75 minutos que dura el filme. La historia de Anderson y Lolabelle pasa por los ataques del 11 de septiembre de 2001, por las transformaciones que ha vivido Nueva York, tanto por la paranoia desatada por el terrorismo y la xenofobia, como por la toxicidad provocada por el colapso de los edificios que provocó miles de muertes y lisiados por cáncer y enfermedades respiratorias.

Hacia el final de su vida en 2011, a los 12 años, esta perra rescatada de una “fábrica de cachorros” se queda ciega y su pérdida de la visión coincide con el surgimiento de un estado de hipervigilancia en Nueva York. Ahí Anderson reflexiona en torno a la frase que se volvió el slogan oprimente del estado de vigilancia en Nueva York: “Si ves algo di algo”, a la cual ella le encuentra resonancias wittgensteinianas (sólo existe aquello que puede ser expresado con palabras). En uno de sus relatos divergentes Anderson describe el temor que le provoca que un halcón ataque y se lleve a su perra entre las garras, un reflejo de las ansiedades que se volvieron rutina en la mente de los neoyorquinos tras los ataques. La perra como todos nosotros descubre que un depredador puede llegar desde el cielo: “Hay 180 nuevos grados por los que soy responsable”, dice la artista.

Aunque no hay un solo tema la cinta gira en torno de la muerte: de la perra, de Lou Reed, de la madre de Laurie y del artista y su amigo cercano Gordon Matta-Clark, así como sus propios roces con la muerte durante su infancia, cuando uno de sus hermanos casi muere congelado y cuando ella se rompió la espalda y tuvo que pasar una larga temporada en un hospital en el que las enfermeras se desensibilizaban al respecto de la muerte de otros niños.
Laurie Anderson recoge esa frase bien conocida de Soren Kierkegaard: “La vida tan sólo pude ser entendida mirando hacia atrás; aunque debe de ser vivida mirando hacia delante”.

El recuento amoroso e intenso de la vida y muerte de Lolabelle sirve para Laurie Anderson como una metáfora, como una celebración oblicua de su esposo, Lou Reed, quien falleció el 27 de octubre de 2013, a quien dedica el filme y al que tan sólo muestra al final del filme mientras suena una canción compuesta por él: Turning Time Around. Mediante esta estrategia Anderson parece demostrar que la pérdida de Reed está muy cercana y aún duele demasiado como para convertirla en arte. Pero también está implícito que Anderson se ve como una viuda de 68 años que, como Lolabelle, también tiene que descubrirse nuevos talentos para seguir viviendo. Lo que queda claro es que esta genial contadora de historias tiene aún mucho por decir.

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