Fotos: Alejandra López Ilustraciones: Alina Najlis

El crowdfunding, también conocido como financiación colectiva o de masas, ha sido una de las herramientas más utilizadas para llevar a la realidad proyectos que antes parecían impensables.

El cronista argentino Federico Bianchini es uno de los narradores que ha emprendido la aventura de iniciar un proyecto autosustentable, que más que de las grandes editoriales depende de la “fe de sus lectores”.

  • El Dato: La suma que pretende recaudar equivale a 143 mil 322 pesos mexicanos, según el tipo de cambio de ayer.

Pese a que desde los 15 años el también editor de la revista Anfibia escribe pequeños relatos, Sordidez es el primer libro en el que puede explorar plenamente los mecanismos del cuento y la ficción. Pero para ver materializada la publicación del libro que integra once relatos, el proyecto de Bianchini en la plataforma de Verkami necesita recaudar un monto de 6 mil 400 euros.

“Siempre tuve la inquietud de escribir cuentos; es un género muy interesante porque un texto breve te permite explorar diversas narrativas. He publicado libros con casas editoriales grandes, como Planeta o Tusquets, pero lo que sucedía era que cuando viajaba, muchas veces me preguntaban ‘¿dónde puedo conseguir tu libro?; o incluso yo quería comprar libros que en el país en el que estaba no se habían publicado y eso era un problema, así que se me ocurrió que el crowdfunding era una forma de acercar la literatura a los lectores de diversas partes del mundo”, aseguró el también periodista a La Razón.

A pesar de contar con la propuesta de dos editoriales para publicar su libro, Bianchini decidió hacer todo el trabajo por él mismo; desde la labor de difusión hasta los cálculos de envío, impresión y publicación.

“Es muy arduo el tema de conseguir  personas que apoyen este tipo de proyectos; de alguna manera te enfrentas a un panorama incierto, pero también es interesante el nivel de respuesta que puedes obtener sobre todo cuando ayudas a que el público pueda dilucidar que puede obtener una recompensa, como aparecer en los agradecimientos u obtener el ejemplar viva dónde viva”, agregó.

El ganador del Premio Quijote (2013) ha sumado a su proyecto la colaboración de fotógrafos como Javier Haeinnzman o la diseñadora Malena Azcona, que ayudan a visualizar o imaginar el contenido de este texto; además, en la plataforma se puede escuchar o leer parte de uno de los cuentos.

Sordidez está compuesto por once historias que no son más que once sueños de alguien que tras una noche de copas comienza a explorar esos leves tejidos que separan a los sueños de la realidad.

“Son historias que el narrador no recuerda y que permiten explorar muchas estructuras; son sueños ajenos, de otras personas que el narrador no recuerda. Hay uno que se llama “Irenita cerraba los ojos”, la narración está en una estructura de lo fantástico y nos hace preguntarnos qué es lo concebimos como realidad y si un hecho real puede ser, a la vez,  inverosímil. Pasa muy a menudo que cuando contamos ciertas cosas que nos han pasado de pronto nadie cree que ocurrieron”, dijo el narrador.

Relatos que se encuentran en el puro terreno de la ficción, pero que abordan desde muchas ópticas un dilema casi filosófico de la “verdad” de las cosas, de los sucesos y por qué no, también de las emociones.

“Uno de los personajes se pregunta ¿qué son los mundos reales?, ¿dónde entran los mundos que soñamos? Y lo que a mí me parece interesante es que los sueños reflejan muchas de las cosas que nosotros mismos somos, pero que olvidamos”, puntualizó.

Quedan 24 días para que el escritor y periodista pueda ver materializado su sueño. Hasta el día de ayer, su proyecto había recaudado el 28 por ciento (1842 euros) de la suma total que requiere.



Irenita cerraba los ojos

Cuando era chico me encerraba en el baño. Bajaba la tapa del inodoro y me quedaba quieto, muy quieto, esperando que algo se moviera.

Podía pasar una hora sentado; esperando que de la canilla saliera sangre o que un pájaro de alas negras surgiera del fondo del espejo y aleteara furioso sobre mí.

Recuerdo los golpes en la puerta.

-¿Estás bien?

-Mi voz: estoy quieto.

-Dale. Salí, que necesitamos entrar.

Pero nunca pasó nada hasta la noche de verano en la que mi madre, frente a una enorme fuente rosa de cerámica, antes de servir los espárragos, me preguntó qué hacía cuando me quedaba solo.

Espero, le dije. Espero que pase algo.

-¿Algo como qué?

-Cosas, dije.

-Qué cosas, dijo mi padre.

-Distintas cosas.

-¿Qué alguien golpee y te diga que salgas?, dijo mi madre.

-No, eso no.

-Decí lo que esperabas recién, dijo mi padre.

-Esperaba que un trueno rompiera la pared y todo temblara.

-Mi padre no dijo nada. Mi madre tampoco pero lo miró, como si hubiera dicho.

Ese viernes me llevaron a la casa de la tía Irene.De las tres hermanas de mi papá, Irene era la del medio. La tía Irene vivía en Haedo. Para ir a la casa había que tomar un colectivo y un tren y después otro colectivo.

Desde hacía años, mi padre no hablaba con la tía Irene. Mi madre me llevó hasta la puerta de la casa y tocó el timbre y me dio un beso en la frente. Se fue caminando. Antes de que la tía Irene abriera, la vi doblar en la esquina. La tía Irene era muy flaca y muy arrugada y tenía el pelo largo hasta la cintura. Llevaba una especie de vestido blanco y sandalias marrones.

Después de abrir, me dio un beso y me llevó a la cocina. Yo me senté en una silla de madera y ella me dijo que esperara. Esperé, pero no como esperaba siempre.

La tía Irene volvió y me mostró el puño.

-Qué tengo en la mano, dijo.

-Una llave, dije yo.

-¿Cómo sabías?, dijo ella.

-No sabía, dije yo.

-Nos vamos a llevar bien nosotros, dijo la Tía Irene […]

Federico Bianchini