Cuando termine la década del cerebro

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La última década del siglo XX estuvo poblada por música electrónica y drogas de diseño. Asistimos a la guerra del Golfo Pérsico y el genocidio de Ruanda.
Las computadoras personales aparecieron en el mapa cotidiano de muchas naciones. En el ambiente científico, cobró notoriedad el concepto de una “década del cerebro”. Los avances en la tecnología de las imágenes cerebrales, la biología molecular y la neuroinmunología generaron entusiasmo en incontables instituciones alrededor del orbe. Este campo del conocimiento prometía aliviar incontables fuentes de sufrimiento, y generar información útil para reconceptualizar la psicología y grandes segmentos de la filosofía humana.

Al finalizar la década del cerebro, los médicos residentes del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de México nos disponíamos a celebrar a nuestra manera. Organizamos un ingenuo y ambicioso Congreso Nacional de Residentes en Neurociencias, y como una de tantas actividades, propusimos un concurso de materiales educativos. Mi equipo hizo un prototipo: un juego de mesa cuyo tablero era una imagen del cerebro y el tallo encefálico, tal y como podría verse si un anatomista seccionara justo por la mitad los hemisferios cerebrales. Hicimos “fichas” con forma de pequeños cerebros de colores. A tal grado llegaba nuestro fetichismo. Para mover las fichas, cada jugador debía contestar tarjetas con preguntas de historia de las neurociencias, anatomía del sistema nervioso, bioquímica, farmacología… El jugador debía avanzar siguiendo el curso de la evolución filogenética del sistema nervioso, es decir, la trayectoria probable de la evolución biológica de las especies, que se reproduce para nuestro renovado asombro durante el desarrollo embrionario, intrauterino, de cada individuo.

Hace más de medio siglo, Paul McLean, el médico norteamericano, postuló que cada individuo humano contiene tres niveles de organización nerviosa. El cerebro reptiliano coordina aspectos básicos de la supervivencia, como las reacciones instintivas. El cerebro paleomamífero, presente en todos los mamíferos, se encarga de funciones emocionales. Finalmente, el cerebro neomamífero se encuentra solamente en algunos primates, y coordina funciones intelectuales.

Al diseñar el juego, debíamos resolver a nuestra manera un problema de la neurociencia teórica: ¿en qué región cerebral debíamos terminar el recorrido? Dicho de otra manera, ¿en qué lugar del mapa cerebral debíamos asignar la meta? Para resolver esta cuestión es necesario alcanzar un consenso acerca de la pregunta: ¿cuál es la estructura más evolucionada del sistema nervioso? Algunos piensan que la respuesta correcta son las áreas de Broca y Wernicke, encargadas de la función lingüística, y en buena medida, de que podamos considerarnos animales simbólicos. Pero al final se impuso otra teoría: decretamos que la meta del juego sería el área 10 de Brodmann, localizada en el polo del lóbulo frontal, ya que se relaciona con la abstracción y la capacidad para elaborar planes estructurados, y una proyección eficiente del futuro. Aunque no teníamos pretensiones (ni capacidades) filosóficas formales, usábamos los mapas neuroanatómicos para discutir la vieja pregunta: ¿qué atributos son estrictamente humanos y nos distinguen de otros seres vivos?

Llegaron los días del Congreso. El presidente del jurado era el doctor Manuel Velasco Suárez, el neurocirujano fundador de nuestra institución. Un hombre de edad muy avanzada, pero con una enorme capacidad cognitiva (y retórica, pues había dedicado buena parte de su carrera a la vida política, incluyendo la gubernatura del estado de Chiapas). Cuando visitó la exposición de materiales didácticos, le presentamos nuestro juguete con entusiasmo. Nos dedicó felicitaciones elocuentes, lo cual era esperable en un político, pero también hizo una crítica amable y corrosiva (y el gran premio fue a parar a las manos de otros competidores). Su objeción a nuestro modelo era que la meta del itinerario estaba mal conceptualizada: pensar que el área 10 es la cumbre de la evolución “es una visión intelectualista”; a su juicio, “lo más sofisticado de la evolución es el área 24 de Brodmann, en la corteza del cíngulo anterior, ya que allí se encuentra el sustrato para los sentimientos más nobles del ser humano, en particular los sentimientos morales”. Hoy creo que no podemos reducir las capacidades morales a una localización neuroanatómica en el área 24 de Brodmann, pero esta anécdota expresa la filosofía del doctor Velasco Suárez, quien (a pesar de su formación científica) guardaba convicciones religiosas propias de su educación latinoamericana. El doctor dedicó el final de la vida a generar comités de Bioética y a apoyar el Movimiento Universal para la Responsabilidad Científica, junto a Jean Dausset, Premio Nobel de Medicina.

La selección del área 24 de Brodmann como meta de nuestro juego, y como cumbre de la evolución biológica, es un asunto enteramente abierto al debate. Desde el punto de vista de la arquitectura microscópica de los tejidos cerebrales, probablemente esto no tiene sentido, ya que se trata de una región conocida habitualmente como mesocorteza, una zona de transición evolutiva entre la neocorteza (literalmente, la “nueva corteza”) encargada de las funciones intelectuales, y las antiguas estructuras primitivas que comandan reacciones de lucha y huida en la mayoría de las especies animales. Sin embargo, en el plano filosófico, el debate toma otro sentido.

Manuel Velasco Suárez postulaba que un intelectualismo excesivo corría el
riesgo de ocultar lo que a su juicio era
el mayor logro de la evolución biológica y cultural: los sentimientos morales, que nos permiten distinguir el bien del mal, y más aún, que hacen posible la trascendencia del egoísmo y la prédica cristiana de perdonar a nuestros enemigos, todo lo cual se fundamenta en sentimientos como el arrepentimiento sincero y la compasión. En el extremo opuesto de la discusión podríamos citar el libro reciente de Paul Bloom, un profesor de Yale, quien escribe en Against Empathy (Contra la empatía) que la compasión empática es un peligroso lastre que paradójicamente fomenta prejuicios tribales, y en última instancia, actos de violencia sexista y racista debidos a sesgos en la evaluación racional, lo que Bloom llama “el sesgo empático”.
Aunque la postura de Bloom caricaturiza el sentimentalismo que nubla la razón, puede servir como un contrapunto para regresar al planteamiento moral: ¿sobre qué bases éticas podemos imaginar el proyecto futuro de la organización social? Un sentimentalismo que no fortalece las habilidades del juicio crítico parece tan nocivo como un intelectualismo que desconoce las poderosas regulaciones de la función emocional.

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