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Foto: lamarihuana.com

mediados de los años noventa el poeta y académico Hugo Achugar publicó un ensayo titulado La balsa de la Medusa. Más allá del título apocalíptico —tomado del célebre cuadro de Géricault (y los infortunados marineros representados)—, el libro de Achugar buscaba, en la tradición de Carlos Real de Azúa en El impulso y su freno y de Mario Benedetti en El país de la cola de paja, ofrecer algo así como una radiografía de la manera en que los uruguayos venimos construyendo nuestra identidad en los últimos dos siglos. Y junto a la idea del “país petiso” (como se refiere Achugar al país pequeño y al “paisito” de los lugares comunes uruguayos), permanentemente acomplejado por su tamaño en comparación al de los vecinos Argentina y Brasil, aparece también ese extraño orgullo uruguayo de creerse más civilizado, más “europeo” (“la Suiza de América”, como se decía a mediados del siglo pasado) e incluso más progresista. Mejor, en una palabra, que el resto de América Latina.

Delirios (y delirios racistas en muchos casos), pero, a la vez, algo de cierto hay.

Y lo digo desde mi rechazo visceral al nacionalismo uruguayo o a todo nacionalismo. Es decir: está claro que cada cultura y cada nación se representa a sí misma como puede y como quiere, y que hasta cierto punto ahí se queda atrapada, pero sería una tontería pasar por alto algunos hechos históricos: así, en el periodo conocido como la “era batllista” (1903-1919) cristalizó en el territorio uruguayo un estado de bienestar integrador y laico, cercano al socialismo, entre cuyos hitos hay que recordar la ley que limitó la jornada laboral a ocho horas, prohibió el trabajo de los menores de trece años e implementó un día de descanso obligatorio a la semana (1911), la ley de divorcio que incluyó la posibilidad de disolver un matrimonio por la sola voluntad de la mujer (1912) y la separación de la Iglesia y el Estado (1917).

Estos logros pusieron a Uruguay a la vanguardia de América Latina en cuanto a derechos civiles y, para bien y para mal, forjaron el carácter esencial del estado uruguayo (democrático, republicano, tolerante, conservador y mesocrático) de manera todavía vigente hoy en día.

Entonces, más o menos cien años después, los primeros gobiernos de la izquierda reunida bajo el Frente Amplio (partido que en su creación en 1971 reunió a no pocos políticos que sentían que el partido tradicional de Batlle y Ordóñez, el Colorado, ya no respondía a los códigos progresistas de comienzos del siglo XX y, por tanto, buscaron proseguir el legado batllista en alianza con el socialismo y otras fuerzas de izquierda) aportaron nuevos avances: la despenalización y regulación del aborto (2012), la legalización del matrimonio homosexual (también 2012) y, de manera quizá más espectacular en un contexto ya global, la legalización y regulación de la producción y venta de marihuana.

“En rigor, no era difícil fumar un porro en Montevideo a fines de los años noventa. Era ilegal comprar y vender, por supuesto, pero el estatus legal del consumo nunca estuvo claro.”

La ley se aprobó el 20 de diciembre de 2013 y tardó más o menos cuatro años en llevarse a la práctica, de modo que fue en julio de 2017 que los uruguayos vivimos ese momento acaso histórico en que fue posible por primera vez entrar a una farmacia y comprar (por aproximadamente seis dólares) una bolsita con diez gramos de marihuana cultivada y vendida por el Estado.

AHORA UN FLASHBACK. Corte a algún momento de mediados de 1997. Yo tenía dieciocho años y estudiaba filosofía en la Universidad de la República. Una noche, uno de mis grandes amigos de toda la vida, Adrián, me invitó a ver la recién estrenada Trainspotting. Cuando salimos del cine, completamente enloquecidos con la película, manejamos hasta la rambla (como llamamos los montevideanos a la costanera o malecón de la ciudad) y nos pusimos a tomar unas cervezas y escuchar música. Entonces, a la mitad de la segunda cerveza, apareció un porro, como si Adrián hubiese hecho un pase de magia. No podía negarme. Claro que no. Salimos del auto y bajamos a fumar entre las rocas, lejos de la gente que pasaba por la rambla; Adrián ya había fumado un par de veces días atrás, pero para mí era algo nuevo y, quizá en la estela de la película que habíamos visto, lo sentí como una provocación. Me tenía que animar. Así que fumamos y volvimos al auto, donde nos quedamos más o menos encerrados, fagocitados por la música, hasta que a Adrián se le pasó el efecto lo suficiente como para manejar más confiado.

Esa noche fue un punto de inflexión en mi vida. Es cierto que reescribimos nuestra historia personal todo el tiempo y que nos contamos el pasado —una vez más, como los países, como las naciones— de la manera que más nos conviene, pero aquellas sensaciones despertadas por la música y cierta revolución en la manera de percibir el tiempo abrieron, qué duda cabe, una grieta en mi cráneo; tan es así que todo lo que vino después, en los cuatro o cinco años siguientes en términos de descubrimiento de arte y de experiencias de vida podría ser de alguna manera u otra rastreado o conectado a ese momento.

Con Adrián nos hicimos usuarios asiduos de la marihuana. Como el que la compraba era él, yo, en esa primera instancia, fumaba solamente cuando salíamos por ahí. Y eso, por cierto, empezó a volverse regular. Todos los viernes nos tomábamos un ómnibus hasta el barrio de Pocitos y allí, por sus callecitas a menudo desiertas a esa hora, fumábamos y conversábamos sin parar. En esos momentos pensé, concebí y articulé en voz alta no hay manera de saber cuántos cuentos y novelas; ahí urdimos teorías conspiranoicas y comentamos interminablemente los discos y libros y películas que nos fascinaban. Era cuestión de caminar y hablar, sin parar; era mi monólogo y luego el suyo, y luego de nuevo el mío, pero la escucha del otro, en virtud de quién sabe qué telepatía cannábica, era una forma de combustible. En mi caso podía pasarme el resto de la semana anotando aquellas ideas (y las percepciones: los grandes árboles en la noche serena, la presencia abruma-dora y majestuosa de las aguas del estuario, el muro de edificios de la rambla, las luces, las pequeñas escenas domésticas entrevistas en las ventanas) y escribiendo lo que había creído vislumbrar, tanto que a veces, al viernes siguiente, retomábamos la conversación en el lugar donde la habíamos dejado la semana anterior.

Y yo, a todo momento, percibía a Adrián como un roedor. No porque tuviera una idea negativa de mi amigo: por el contrario, en pocas personas he confiado tanto como confío en él todavía hoy, pero había algo en la manera en que se movía Adrián por aquellas calles que me activaba la visión de una paranoia ratonil, del movimiento de un animal que se sabe perseguido y aprovecha los vericuetos del espacio para incorporarlos a las costumbres de su cuerpo. Yo, en cambio, que siempre he sido ingenuo o estúpido para tantas cosas, caminaba derecho, moviendo los brazos, gesticulando, casi gritando a veces, en entusiasmo; él, mientras, me pedía bajá la voz, no te muevas tanto, ojo que nos van a ver.

“El prensado paraguayo era una cosa maciza y seca hecha de hebras compactadas que en algún momento de la evolución del planeta Tierra y su biósfera debieron pertenecer al mundo vegetal.”

La rutina era, ante ciertos signos (autos, gente que Adrián calificaba de “sospechosa”, esquinas especialmente iluminadas), soltar en algún lugar reconocible la bolsita con la marihuana, dar una vuelta por aquellas calles (en las que yo no podía sino perderme y mi amigo se orientaba a la perfección) y volver a recogerla, ya a salvo por un rato. Yo le creía toda la paranoia, porque sabía que Adrián era más street wise que yo, pero a veces dudaba de sus historias de policías de narcóticos, aquellos agentes de la ley hipercamuflados con trajes como los que describió Philip K. Dick en Una mirada a la oscuridad. Y cada vez que sentía de alguna manera tocar el mundo mental de mi roedor, esa era la sensación: un mundo de vigilancia, de camuflaje, de maquinarias represoras que esperaban en cada esquina.

¿De dónde había sacado Adrián esa idea, ese estado? En rigor, no era difícil fumar un porro en Montevideo a fines de los años noventa. Era ilegal comprar y vender, por supuesto, pero el estatus legal del consumo nunca estuvo claro. Y debo añadir que la marihuana no tuvo nada que ver en todas las ocasiones en que fui detenido por la policía —oh, bueno, no fueron tantas.

Es cierto, a la vez, que no viví los ochenta. Tampoco viví la oscurísima época de la dictadura cívico-militar (1973-1985), pero si hubiese escarbado un poco en el punk posdictadura (y digo hubiese porque entonces no me importaba para nada lo que había pasado por rock en Uruguay antes de 1995), tan marcado o arrasado por el pospunk más monocromático y manchesteriano, ese mundo que yo percibía en los movimientos de mi amigo Adrián se hubiese desplegado ante mis ojos como en un libro pop-up kafkiano o, mejor, ballardiano. Claro que sí. Y algunas cosas llegaban: aquellas extrañas leyendas de los que habían sido detenidos durante la dictadura por fumar marihuana y arrojados a los peores manicomios de la ciudad, verdaderos infiernos en la sabiduría urbana pop, pozos de los que emergieron rotísimos para después arrastrar sus osamentas por las calles de Montevideo —entonces te los señalaban, ahí pasaban fulano o mengano, invariablemente vestidos de gris ratonil, ya carcomidos por el roedor interior, y daban miedo.

Foto: puntoapunto.com.ar

Estaban también las historias de las razzias de los años ochenta, cuando cualquiera (cualquier joven, mejor dicho) podía ser detenido porque sí, llevado a alguna seccional de policía y arrojado a un calabozo para pasar una noche de humillación y golpizas, todo agravado si llevaba el pelo largo, si usaba ropa llamativa (Uruguay te impone el gris percudido, gastado por los milenios) y, por supuesto, si olía a marihuana. También fue fácil comprender que había operado, como una amenaza persistente, una gerontización de la sociedad, una marea imparable de conservadurismo exacerbado en el arte y la cultura en general, desde la que muy pocos (Gustavo Escanlar, Gabriel Peveroni, bandas como Los Estómagos, Los Tontos y Los Traidores, el movimiento under de ciencia ficción y fantasía, la movida alternativa de la poesía) lograron despegarse.

Pero, incluso como cosa sabida, nada de eso sostuvo relación alguna con mi vida a fines de los noventa. Quizá porque yo respondía a otros códigos. El neoliberalismo que marcó esa década en el Río de la Plata terminaba de organizar un paisaje montevideano diferente: ha-
bíamos heredado —de ahí le vendrían las paranoias a mi amigo— cierta sensibilidad de la generación anterior, esa que sí sufrió los ochentas, pero en nuestro individualismo y desdén por todo lo “uruguayo” —en especial la detestable cultura oficial: el carnaval y el folclore más rancios y el llamado “canto popular”, contra lo que oponíamos la cultura
under: la ciencia ficción, la fantasía, una mezcla algo extraña de rock clásico y reciente, la entonces apenas explorada música electrónica, los videojuegos— encontramos sin saberlo una manera de esquivar los influjos más negativos, las miasmas uruguayas, porque creíamos que esas cosas que contaban los “viejos” no iban a tocarnos. Y, por tanto, terminaban como no otra cosa que eso tan pintoresco y patético de los cuentos de viejos, por más que eran viejos de treinta y nosotros teníamos dieciocho o diecinueve. Eran leyendas ya resecas, cuentos del folclore. Y nosotros creíamos estar en posesión de un futuro: no ya parados en ese futuro, pero sí en camino. Sí en presencia de su visión.

Little did we know.

Por cierto, había muy poca variedad en la experiencia psicodélica montevideana. En cuanto a la marihuana, al menos, porque los neohippies tenían sus hongos en la utopía del remoto este atlántico y todos los hijos culposos de la clase media alta habían viajado a México y vuelto con historias más o menos verosímiles de experiencias con el desierto y el peyote; el ácido (la tripa, decíamos) pasaba por una etapa —en su evolución química— dominada por un porcentaje demasiado alto de anfetaminas, y esa conciencia neohippie un poco a la moda insistía, intransigente, con que había que volver a lo natural. Yo, como buen remanente del ciberpunk rioplatense de mediados de los noventa, amaba todo lo sintético y la poesía neuroquímica de cromo ardiente, pero lo mío, ya para entonces, no era el signo de los tiempos. Estaba la merca, por supuesto, pero ahí no participaba la cosa psicotrópica, o lo hacía de un modo más retorcido, y muchos no pasamos —en ese momento— de fumar un par de nevados (marihuana con un poco de cocaína) y andar por ahí con la boca entumecida y una dureza resquebrajada en el sistema nervioso.

“El gobierno parece vacilar entre una ley aprobada en el parlamento y promulgada por el Poder Ejecutivo, en plena soberanía del Estado uruguayo, y una serie de imposiciones de origen extranjero.”

Quiero decir que en la Montevideo de 1997, 1998 o 1999 sólo había una variedad de marihuana. Y era espantosa. Lo llamábamos (y lo seguimos llamando) el prensado paraguayo, porque… bueno, porque venía de Paraguay, se decía, y era una cosa maciza y seca hecha de hebras compactadas que en algún momento de la evolución del planeta Tierra y su biósfera debieron pertenecer al mundo vegetal. Era, supongo, como fumarse un fósil: los usuarios más experimentados, que habían sabido de cogollos (así llamamos en Uruguay a la flor de la cannabis) y hojas frescas, porque tenían amigos que cultivaban en secreto, insistían con el gusto, pero para los que sólo teníamos el prensado, el gusto era lo que había que olvidar. Muchas veces incluso te vendían algo que simplemente no era marihuana, o tenía un 10 o 15 por ciento de marihuana. Y se multiplicaban los rumores acerca del proceso de “curado”, de las técnicas y las sustancias involucradas, desde queroseno hasta orina y cosas peores que, decía el neohippie de turno, se te metían en la mente. Curiosamente, nadie decía que aquello también se te metía en el cuerpo. Cuestión de prioridades, supongo.

La literatura y el cine nos hablaban y siguieron hablando de las variedades de la planta: Black Widow, Neville’s Haze, Niña, Critical Mass, Organge Bud, Jack the Ripper… pero en cuanto a nosotros, apenas el prensado paraguayo. Y no es que tenga algo contra Paraguay, pero aquello era básicamente horrible.

Después llegó el nuevo milenio y las cosas empezaron a cambiar. Por ejemplo, fue haciéndose oír más y mejor la acción colectiva de distintos grupos que reclamaban formas de despenalización del cultivo y regulación del consumo; poco a poco, incluso, parecía que aquellas viejas actitudes ochenteras o noventeras estaban relajándose, y pronto se volvió común caminar por 18 de Julio o Bulevar Artigas (calles emblemáticas de la ciudad) y cruzarse con pibes que andaban por ahí fumando o incluso pasaban el rato en algún banco de plaza. Hasta mi madre aprendió a reconocer el perfume, vamos.

Un momento de especial importancia sucedió el 3 de mayo de 2008, cuando se celebró la edición local del Día Mundial por la despenalización de la marihuana. En algún momento de la noche subió a escena el escritor Jorge Alfonso a leer algunos de sus textos y, de paso, presentar su recién publicado Porrovideo, un compilado de cuentos que cambió la narrativa uruguaya o, si nos queremos poner más cuidadosos o conservadores, se colocó a la vanguardia de un proceso de renovación que afectaría tanto a la literatura como a la crítica. Porrovideo configuraba una nueva representación de la ciudad, alejada tanto de los tópicos clásicos del viejo Canto Popular de los ochenta como del marasmo gris sesentoso a la Mario Benedetti, a la vez que aprovechaba y resignificaba lugares comunes de lo montevideano como el candombe; en rigor, entonces, tenía más que ver con eso —o al menos pronto adoptó ese lugar en un proceso posible de la literatura uruguaya— que con la primera parte del título, pero fue el porro lo que llenó los pulmones de la escena cultural uruguaya, y Alfonso se convirtió en algo así como la primera estrella literaria pop de su generación.

El propio Jorge (ahora melómano, budista, vegetariano dedicado a su propio jardín, parcialmente ágrafo para disgusto de quienes apreciamos su literatura) cuenta en una nota que publicó en el número 54 (septiembre 2017) de la revista Lento cómo, contra lo que podía haber esperado, se convirtió en una cara visible —al menos desde la cultura, desde la literatura en particular— de ese movimiento entonces no del todo coagulado ni organizado pero cuya gravitación ya podía sentirse. Y su experiencia, que cuenta en el artículo mencionado (“Están hablando del faso”; se puede encontrar en Flickr), termina concluyendo la necesidad de la regulación o postulando eso que tantos decíamos y repetíamos: que la legalización iba a terminar con los problemas de la distribución ilegal, de la mala o malísima calidad del producto, de la criminalidad vinculada.

Foto: primicias24.com

Otra fecha de importancia es el 19 de junio de 2012, cuando se anunció que el gobierno impulsaría el debate por una ley de legalización y regulación de la marihuana, en gran medida como manera de combatir el consumo y tráfico de drogas duras, en particular la pasta base de cocaína. Los colectivos que venían trabajando por la legalización respondieron de inmediato con la propuesta del autocultivo, que veían como la mejor opción disponible.

El debate siguió hasta el 4 de julio del año siguiente, cuando la Comisión de Adicciones de la Cámara de Diputados aprobó un proyecto de ley primario en el que ya se estipulaban cuotas máximas de consumo y la posibilidad del cultivo personal o en el contexto de un club; esto permitió que la cámara completa aprobara el proyecto el 31 de julio (50 votos a favor, 46 en contra y tres ausencias) y lo enviara a la Cámara de Senadores. Finalmente, el 10 de diciembre el proyecto quedó aprobado en el Senado (16 votos a favor, 13 en contra) y la ley fue promulgada por el Poder Ejecutivo el 24 de diciembre, con el consiguiente “decreto de implementación” publicado en mayo de 2014.

Después de aquel primer día de venta en las farmacias, han aparecido por todos los rincones de la Montevideo más céntrica comercios dedicados a la parafernalia hemp y a las técnicas del cultivo, a la vez que se mantiene parejo el nivel de consumo en las (lamentablemente todavía pocas) farmacias que venden la planta. Conviene, entonces, aclarar algunos puntos:

Primero: No todas las farmacias venden marihuana en Uruguay. Son hasta la fecha apenas doce en todo el país, cinco de ellas en Montevideo. Por tanto, las compras implican filas larguísimas y esperas de no pocas horas.

Segundo: Para comprar hay que ser ciudadano uruguayo y estar anotado en el registro nacional de usuarios de cannabis. Esto, que para muchos fue al principio algo así como el lado oscuro —¡Orwell! ¡distopía! ¡control!— de la ley de legalización y regulación complica las cosas para los turistas, y no son pocas las voces que han sonado por ahí en un intento de modificar la legislación en un futuro cercano. En cuanto a la información del registro, después se estableció que es virtualmente inaccesible y que el registro obedece apenas a la necesidad de regular la cantidad máxima disponible para cada usuario: en una semana, diez gramos. Por supuesto, no faltan los conspiranoicos, esa región de la mente colectiva por la que todos pasamos tarde o temprano; después de todo, ¿quién puede confiar en el Estado?

Tercero: Hay cuatro variedades disponibles, y ninguna de ellas podría competir en un posible certamen de intensidad del efecto. Las primeras a la venta, Alfa I y Beta I, tienen apenas 2 por ciento de THC (el componente más psicoactivo de la química del cannabis) y se sumaron hace poco Alfa II y Beta II, con 9 por ciento. Las alfa (I y II) son clones de un híbrido con 65 por ciento de la variedad índica y un 35 por ciento de sativa, mientras que las beta (también I y II) invierten la proporción. En otras palabras: como decimos acá en Uruguay, pega poco. Es, en cualquier caso, una mejora más que notoria en cuanto a calidad si lo pensamos en relación al prensado paraguayo: las bolsitas ziploc que venden en las farmacias son ante todo cogollo o flor; ya no fósiles sino, bueno, eso, plantas.

Cuarto: Además del circuito de las farmacias es posible cultivar (previo registro como autocultivador en el Instituto de Regulación y Control del Cannabis) hasta seis plantas por persona registrada, de lo que se supone una producción de 480 gramos anuales. Lo cual es bastante poco, pues lo que se obtiene suele rondar fácilmente los dos kilogramos. De hecho ya se han escuchado casos de allanamientos policiales, que parten de una supuesta denuncia y confiscan todo el “excedente” de esos 480 gramos, y quienes han recurrido al mencionado Instituto de Regulación para saber qué hacer con lo que “sobra” no han salido con respuestas claras. Otra opción para consumir son los “clubes de cannabis”, donde hasta cuenta y cinco miembros pueden reunirse para plantar y cosechar (una vez más, el tope son 480 gramos anuales por socio del club).

Quinto: Toda vía de compraventa dis-tinta a las tres aceptadas (farmacias, autocultivo, clubes) es ilegal.

Sexto: Es ilegal consumir (fumar, ingerir, etcétera) en espacios cerrados para uso público y de trabajo (incluyendo taxis, autobuses, uber, así como espacios de enseñanza y del área de la salud), durante la jornada laboral (se especifica: durante todo el tiempo en que el trabajador se encuentre a la orden del empleador).

Séptimo: Las semillas para el autocultivo (y los clubes) han de provenir de las dependencias del Instituto de regulación. Por ejemplo, no es legal la iniciativa personal de viajes al exterior (o experimentos de hibridación) en busca de nuevas variedades y el ingreso a territorio uruguayo con semillas.

Octavo: Está prohibido publicitar la venta de marihuana; el Estado uruguayo regula y legaliza, pero notoriamente no fomenta el consumo.

El panorama es, entonces, un poco más complejo que decir la marihuana es legal en Uruguay. Lo es, en líneas generales, pero esa otra parte de la ley —la “regulación”— es la clave.

Foto: lamarihuana.com

Quiero hablar claro: entiendo, como muchos uruguayos, que esta ley es un paso adelante y que, por supuesto, mejora notoriamente todos los aspectos de la situación anterior. Pero esto no quiere decir que no haya todavía esquinas incómodas y, sobre todo, asuntos a resolver con más y mejor legislación. Depende de todos los uruguayos interesados en el tema (consumamos o no: yo hace ya algunos años que he reducido mi consumo de marihuana a casi cero) hacernos oír y accionar nuestras inquietudes.

En su momento las objeciones se centraron en el registro de usuarios. Leamos el ya mencionado artículo de Jorge Alfonso:

¿Acaso hay que registrarse para comprar una botella de whisky en el supermercado, una caja de cigarrillos en el kiosco? […] En fin, aunque no me gustaba para nada el tema del registro, acepté esa imposición. ¿Por qué? Porque los beneficios de adquirir la marihuana estatal son incontables si se los compara con la imprevisible experiencia de comprar en el mercado negro.

Un problema más a todas luces “real” fue el de las farmacias con cuentas bancarias internacionales. En línea con las políticas antidroga de Estados Unidos, esos bancos amenazaron con cerrar las cuentas de los establecimientos que vendieran marihuana, y el resultado fue que cuatro de las dieciséis farmacias originalmente autorizadas para la venta renunciaron a esa distinción. El tema entromete sensiblemente al gobierno, que parece vacilar entre una ley aprobada en el parlamento y promulgada por el Poder Ejecutivo, en plena soberanía del Estado uruguayo, y una serie de imposiciones de origen extranjero.

De todas formas, se prevé para 2018 un llamado a más farmacias que se muestren interesadas en vender marihuana. Si esto efectivamente se produce y aumenta el número de puestos de venta, sin duda empezarán a resolverse los problemas de espera y desabastecimiento, que hasta la fecha han significado una molestia (por no decir una traba) para nada deleznable. Estas molestias, entonces, más el hecho de que los turistas no puedan comprar y la complicada cuestión del excedente de producción de aquellos que se anotaron como autocultivadores, empiezan a facilitar la aparición de un nuevo mercado alternativo (por no decir “negro”, pero evidentemente ilegal) que vuelve sin duda más compleja la relación de los uruguayos con la marihuana.

Queda por investigar el efecto de la legalización y la regulación en la sociedad, cosa que por supuesto excede tanto el objetivo de este artículo como mis capacidades. Jorge Alfonso contó en su crónica citada que el día de la apertura de la venta, apenas regresó con su bolsita de marihuana legal y comprobó que efectivamente pegaba, escribió un post en su muro de Facebook para comentar el acontecimiento y su entusiasmo al respecto. La publicación no tardó en viralizarse, hasta el punto que pronto se convirtió en algo así como un foro tanto sobre la legalización y sus detalles concretos como sobre el tema más amplio del consumo de marihuana y las drogas en general. No sorprendió a nadie que buena parte de las voces que se sumaban eran extremadamente críticas y no menos ignorantes, casi todas entonando variaciones de la idea de que es lo mismo fumarse un porro que estar al borde de la muerte por una sobredosis de heroína. Parece una perogrullada, pero la sociedad uruguaya está dividida en dos mitades también en este aspecto, y las posturas empiezan a radicalizarse. Quienes están “en contra” de la legalización y del consumo de marihuana recurren a argumentos cada vez más tremendistas y desinformados tanto cultural como científicamente, a la vez que la visión de la marihuana como panacea para todos los problemas de la humanidad parece alinearse a las subculturas veganas o vegetarianas y a una suerte de brote de espiritualidad y religiones no organizadas.

El propio ex presidente José Mujica se ha sumado a esta polarización; pese a que fue durante su administración que empezó a caminar la ley de legalización y regulación, el antiguo guerrillero devenido filósofo pop declaró que aquel primer día de venta más que una jornada para la historia fue una “para la historieta” y que había que “avivar” (en jerga uruguaya “hacer entender”) a los posibles consumidores que no se dejen “tragar” por el hábito (la “adicción”, en términos de Mujica).

¿Somos los uruguayos, entonces, tan progresistas, abiertos y civilizados, al  menos tanto como nos creemos? Quizá la legalización y regulación de la marihuana termine por hacernos enfrentar algunas verdades incómodas, pero mientras tanto podemos fumar un producto de mejor calidad y olvidar aquellas paranoias ratoniles de mi querido amigo Adrián.

O, mejor dicho, no sé si cambiará la cabeza de mi generación, pero está claro que los más jóvenes empiezan a acceder de manera más cómoda a formas de cultura alternativa tradicionalmente difíciles o incluso inaccesibles en Uruguay, y que muchas de nuestras viejas historias pronto tendrán un sentido muy distinto, más generacional, más remoto, el de las leyendas y la picaresca del folclore urbano y los cuentos de los viejos, que ahora somos nosotros: casi tanto como si le contara a mi hija acerca de rebobinar un casete con un bolígrafo o esperar hasta los domingos para que uno de los cuatro canales de televisión pasara la película que estamos esperando con el VHS listo para grabar.

¿Es ésta una trémula visión de futuro que Uruguay, como es su costumbre, se encargará de negar a su progenie? ¿O vivimos, por suerte, en un mundo radicalmente distinto al de los ochenta y noventa, tanto que ya no importa lo que quiere imponerse desde ese pliegue incómodo que llamamos Uruguay?

Veremos. Para repetir un cliché: sólo el tiempo lo dirá. C

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