A la sombra... (material extra)

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Presentamos tres textos recobrados de José Juan Tablada que tal vez no forman parte de su vasta bibliografía debido a que aparecieron en publicaciones diversas del estado de Texas. En su investigación de Tablada, Antonio Saborit localizó y rescató estos documentos

A LA SOMBRA DE LAS PIRÁMIDES

José Juan Tablada

Desde el patio de la hacienda donde una vaca invisible muge al crepúsculo, sintetizando en su grave queja toda la melancolía del campo vespertino, veo a lo lejos el gigante perfil de las pirámides de Teotihuacán.

Para los viajeros que llegan a la capital de la República o salen de ella, es familiar el aspecto imponente y fugitivo de las dos pirámides que erigen sus perfiles indecisos y su enorme masa gris, apenas manchada de verde, a unos cuantos kilómetros de México, sobre el camino a Veracruz. Aquellas enormes estructuras que se igualan con los cerros circunvecinos, atraen siempre las miradas y en la mente de los viajeros del raudo tren, dejan vaga y misteriosa sugestión de ensueño. Los pasmosos monumentos dormían su sueño milenario bajo mortajas de tierra en cuya gris monocromía brotaba el nopal austero erigiendo sus discos legendarios en la heráldica nacional.

Eran vestigios de una edad remota y misteriosa, de un pueblo enigmático y lejano cuyas cenizas se dispersaron hace siglos en la atmósfera doliente del triste valle y se integraron al luto inconsolable de su tierra árida y gris. Las pirámides, como un testimonio del pasado, hablaban entonces con una voz que quizá por venir de mundos tan extraños y distantes, era débil e indistinta. Como fantasmas de épocas consumadas, de imperios hundidos en el caos de los siglos, las dinastías eclipsadas sin recuerdo ni memoria, hablaban con balbuceo tan indistinto como era profunda la tumba insondable de donde surgía aquella voz espectral.

La escuchamos y nos pareció oírla. A veces, ante su secreto que comenzaba a sernos revelado, nos frotábamos los ojos como si temiéramos ser víctimas de una alucinación destilada sutilmente en el alma por los filtros del sueño. Y sin embargo, aquellos gigantes nos apostrofaban con obstinada voz plañidera desde su hondo y vertiginoso mausoleo. Pero ¿cómo creerlos? Los sellaban todos los sigilos del arcano y del misterio. Su rostro formidable era entonces tan informe y tan gris como la tierra misma y cuando algún heraldo del misterio las señalaba como el corazón petrificado de un pueblo, que cesó para siempre de latir, el escéptico sonreía y denigraba a las portentosas fábricas humanas, creyéndolas cerros de formación natural.

Eran sin embargo momias de pueblos esos gigantes cuya palidez mortal era la palidez de la tierra. Momias eran, no apretadas entre bandeletas, llenas de bálsamos y de oro, no yacentes cabe ataúdes de sicomoro y sarcófagos de lazulita como las momias faraónicas. No tuvieron más piedades que las del nopal, afianzado heroicamente en sus taludes y la del agave que al tiempo de florecer erige un suntuoso lampadario fúnebre, ni más flores que las de las cactáceas que más parecen gotas imborrables de sangre perpetuadora de una inmensa catástrofe y de una pavorosa devastación. Por oro soberbio y sin igual, tuvieron el que el sol vuelca a torrentes sobre las cumbres enhiestas y por lágrimas el copioso llanto de las lluvias, de la buena Chalchiuhtlicue, que año por año va a llorar el eterno duelo inconsolable y que por vaso lacrimatorio tiene todo el valle cóncavo y piadoso. Ehécatl, el dios del viento, hace miles de años que con angustioso y funerario diapasón entona un treno formidable, una elegía perenne que no acaba, que no acabará jamás.

Y Meztli, la Luna, balancea en la bóveda celeste su incensario de tecali, vierte en la aridez dolorosa su ofrenda de azules chalchihuites y encumbra nubes que parecen los vahos amorosos y opalinos de un turíbulo de copal...

Lentamente, pues tales grandezas no se revelan de una vez, las pirámides, al golpe de la piqueta arqueológica nos entregaron su secreto.

Con él se reveló el alma tolteca, el evangelio azul y sereno de la sabiduría de Quetzalcótal que tal vez antes de Cristo predicó la dulzura y el amor cristianos. Pero aquellos hombres admirables, chinos, japoneses o hindúes, sacerdotes de Buda, no pudieron vivir entre la barbarie azteca y se fueron, del macabro y sangriento Anáhuac, dejándolo cubierto de flores de arte y de leyenda que entre esos charcos de sangre y sobre esos montones de huesos.

Después vinieron las crueles y espantosas flores aztecas. Ellos, los toltecas, los sabios, se fueron bruscamente de la vida, prefiriendo la muerte a lo que iba a sobrevenir. Quetzalcótal el patriarca, llegó en su éxodo hasta el mar, se perdió en él como si su propia grandeza se dilatara en la grandeza del Océano. Los toltecas divinos se hundieron en otro mar más dilatado, más aciago, más profundo que el pequeño mar de la tierra.

* * *

Llega la noche; en un extremo del patio de la hacienda comienza a chisporrotear una fogata. Sobre mi cabeza, por el cielo umbrío pasa graznando una lechuza. Con su idéntica voz de hace mil años, el ave de las sombras es el mismo “tlacatecolotl” que en épocas sin memoria ni recuerdo, cantó siniestramente la ruina de la imperial Tolán...

Revista Mexicana, 23 de julio de 1916, San Antonio, Texas.

EL DIOS DE NETZAHUALCÓYOTL

José Juan Tablada

Las aguas que bullían en las piscinas de pórfido, llevando la voz de los tlaloques, los árboles y las rocas del jardín de Tezcutzingo, vieron aquella tarde el espanto y la desolación del gran Netzahualcóyotl...

En su imperial testa abatida, las canas brillaban como las plateadas cerdas del cactus; sus ojos estaban turbios como la obsidiana de las flechas que la sangre ha manchado, y en su rostro, lleno de arrugas que parecían las cicatrices de los zarpazos de algún tigre, había una cólera impotente...

¿De qué le habían valido sus proezas, su ardiente y sonora epopeya, los pueblos domados, los teocalis enemigos hechos cenizas, las multitudes tributarias que hasta su tlatoca-icpali llevaban las mantas de plumaria, las redes henchidas de pesca, los frutos y los granos, las turquesas, el oro y el cristal?

Ya no era el rey poderoso en cuyo ejército su juntaban el membrudo otomí y el ágil cuicateca, en cuyas filas formaban los guerreros de toda la tierra, los de las selvas remotas que adornaban su cabeza con la piel de una guacamaya y envenenaban sus dardos, y los de remotas playas, de chimal cubierto con la piel del caimán, y que soplaban su pavoroso himno de guerra en el gran caracol de los mares...

Ya no era el monarca sabio y temido que daba a su pueblo el bienestar de sus leyes y el solaz de sus cantos; era el monarca renegado, decrépito, inerme, a quien Tocitecutli, el Señor de Shalco, había osado desafiar, escarnecer y befar...

Recordó su triste juventud, errante y perseguida, cuando ensangrentó las hierbas de la sierra, con la sangre de su real cuerpo desnudo, cuando era un pobre “coyote hambriento”.

Hoy era menos... Hoy era la culebra entumida, el águila sin plumas, el ocelótl sin dientes...

Y el rey, imprecando al Tloquenahuaque, alzaba al cielo los trémulos brazos, en cuyas pulseras se entrechocaban las cuentas de oro y chalchihuitl...

* * *

Un tumulto, imprecaciones de rabia, gritos de dolor, y violando el retiro del rey, sobre los guardias sorprendidos que no logran detenerlo, un tropel de mujeres frenéticas, desgarradas, ululantes. Mezclan en sus alaridos himnos funerarios y estrofas de guerra, se golpean los pechos contritos y alargan sus brazos vengadores. Es tal la rabia de una de ellas, que con filoso sílex se corta la frente, los carrillos, los senos y luego arroja la piedra sangrienta a los pies del monarca.

Las furias acercan al rey un informe bulto de petates, liado con ixtle, cuyo peso las hace jadear, les seca la garganta y les ahueca sombríamente los ojos. Luego, mientras sus compañeros desatan el fardo, la más anciana, la de más ronca voz se encara con el rey y lo apostrofa:

—¿Adónde están, rey infeliz, tus príncipes y tus guerreros, tus hazañas y tu poder?

“¿Eres tú el que conquistó todo el ancho de la tierra, desde el mar verde hasta el mar azul?

“No has de ser tú, pobre fantasma, puesto que a tus ojos los chalcas te afrentan, y su cacique Tecitecutli, viejo y ciego, prendió a tus dos hijos, les dio muerte y profanó sus despojos. ¡Ah, pobre rey! ¡Triste fantasma del gran Netzahualcóyotl!”

Y mientras la vieja prolongaba su ululación pavorosa, como el aullar nocturno de los coyotes, en la sierra Tlalocan las demás plañideras descubrían su horrible cargamento.

Y el rey vio las cabezas de sus dos hijos, y colgando de ellas las pieles de sus cuerpos, sangrientas y desgarradas!

Cayó de rodillas sobre los horrendos despojos, y lanzó un inmenso grito de dolor, que se extendió sobre las selvas, sobre los lagos, sobre las montañas, derramando su tristeza en toda la tierra, y fundiéndose luego cada vía láctea que nublaba los astros en el cielo...

En el paroxismo del dolor y de la desesperación, Netzahualcóyotl había renegado de los viejos dioses. En el recinto del gran templo, entre el mudo escándalo de los sacerdotes, había invectivado a los ídolos, volcado los incensarios donde el copal ardía, y regado por el suelo las ofrendas florales y gramineas. Con su bastón de oro había golpeado los grandes ojos y los grandes colmillos de Tláloc, la máscara prognata de Ehécatl y las mazorcas de Centeotl, a la vez que imprecando a los sagrados monolitos de basalto, les reprochaba su ingratitud y su negligencia... “¿De qué me sirve, decía encarado con el gigante ídolo negro de Texcatlipoca, adoraos y sacrificar ante vosotros? ¿De qué me vale fabricaros templos, que lleno de ofrendas, de músicos y de sacerdotes reverentes? Mi sangre en los autosacrificios, ha rociado vuestros pedestales, os ha zahumado el copal que ardía en la palma de mis manos, y no obstante, permitís que los chalcas me llenen de ignominia, y parecéis estar con ellos contra mí!

“¡Reniego, pues, de vosotros, falsos dioses, incapaces, como una mujer vieja, de ayudar al guerrero que lucha! Reniego de vosotros, y llamo en mi ayuda al Dios invisible que protegió la gloria de mis abuelos y la grandeza de mi reino; a él me entrego, y por él haré penitencia, y por él ayunaré...”

Y para cumplir su penitencia y su ayuno, fuese el trágico y doliente rey a los más hondo de sus reales jardines Tetzcatzingo. Allí no atravesaba con púas de maguey su lengua y sus orejas, como antes, enfrente de los ídolos, sino que solamente hacía zahumerios de copal al salir el sol, al llegar al cenit y al ocultarse. Y zahumaba también a media noche, cuando no había luna, pues cuando ésta brillaba, el rey miraba gesticular en su disco la cruel y aborrecida faz de Texcatlipoca.

Una tarde, al fin de su ayuno, cuando aún ardía el incensario ante el sol que acababa de ocultarse, el rey quedó asombrado ante el raro esplendor de la estrella de la tarde. En toda su larga vida nunca la había visto brillar así, y sintiéndose fascinado, no podía apartar su vista de aquella ascua argentada y rasante que desde el fondo del cielo parecía hacerle señales amigas a su pobre alma lacerada... Y poco a poco el rey fue sintiéndose envuelto en los rayos de la estrella; le pareció que el astro se aproximaba a él o bien que la estrella lo atraía, absorbiéndolo en su fluido astral... Y luego, en aquella lumbre, más brillante que un espejo de obsidiana herido por el sol, el rey, asombrado y trémulo, fue descubriendo las facciones de un hermosísimo tecutli, de rostro dulce y viril, luciendo pegado al cuerpo un traje de escamas de serpiente, y cubierto y nimbado por un manto esplendente de plumas de quetzal. Y con una gran voz de piedad y de consuelo, el joven guerrero le hablaba al rey: “El Dios desconocido acoge tu penitencia, oh Rey! Serás vengado por tu hijo Axoquetzin. La reina Tonacacihua te dará un hijo que será el hijo de tu penitencia, y que continuará tu estirpe sobre la tierra”.

Y cuando el rey levantó del polvo la noble frente abatida por temor sagrado, ya Véspero brillaba otra vez mínimo y tranquilo, de nuevo alejado en el remoto horizonte.

* * *

El ejército del Rey de Tetzcuco acampa en las fronteras de Chalco. Capitanes y soldados descansan en la tregua o se preparan para las luchas cercanas. Las bocinas y los caracoles de guerra lanzan su brava música, que es a veces ronca como un reto, y a veces angustiosa como un gemido de derrota.

Un grupo de flecheros hace blanco en las cabezas de vencidos chalcas que cuelgan de las ramas de un mezquite. Cuando la saeta del arco o la piedra de la honda dan en el blanco, los guerreros lanzan gritos de júbilo y pronuncian el nombre de los chalcas más odiados:

“¡A ti, Tocitecatli! ¡A ti, Cocopitzin!”

Y los zopilotes, familiares con la guerra y el tumulto del combate, no alzan su vuelo sino cuando la pedrada de una honda más ruda que los otros sacude las ramas del mezquite o troncha de un golpe la rama en que se posan...

Dos hijos del rey Netzahualcóyotl, Acapipiotzin e Ichautlatoatzin, van a comer con otros capitanes en torno de una gran rodela que soporta las viandas, cuando jadeante y sudoroso aparece ante ellos Atzoquetzin, el hijo menor del rey, un ágil y musculado adolescente. Acapipiotzin, jubiloso, se asombra de que entre tanto peligro haya podido el infante llegar hasta ellos y, dándole la bienvenida, lo invita a sentarse y a comer.

Pero el iracundo y hosco Ichautlatoatzin, sin oír al niño, que cuenta cómo el solo deseo de verlos, lo hizo desafiar el peligro, lo arroja de ahí con fiero desprecio:

—¡Lárgate, pipil, itzcuintli, sólo eres digno de comer en las faldas de las mujeres y no sobre el chimal de los capitanes!

Y el efebo se retira, como un jaguar herido, y ya lejos, se vuelve al campamento y extiende sobre él su diestra cerrada en fiero ademán gladiatorio que envuelve una atroz venganza o promete una grande hazaña.

* * *

Entre el melancólico aullar de los coyotes que el viento traía de la sierra Tlalocan, los soldados del rey Netzahualcóyotl oyeron un desesperado clamoreo hecho de roncas amenazas y de alaridos angustiosos... Luego, a la rojiza luz de las fogatas y de las teas de ocote, distinguieron un cuadro que los llenó de estupor, luego de ardor bélico y al fin de alegría loca.

Entre un tropel de guerreros chalcas ensangrentados y ululantes, el infante Atzoquetzin venía hacia ellos cubriéndose con el chimal embrazado con la siniestra y ocupando su vencedora diestra a veces en abatir con la macana al más próximo enemigo, y a veces en arrastra asido por los cabellos el cuerpo desfallecido de un prisionero. Y alternativamente el efebo héroe hacía chispear los sílex de su formidable macana, o arrastraba por la pradera a su prisionero en la vencedora y clásica actitud que han perpetuado los códices y los bajo relieves.

Cuando tras de haber tendido a flechazos al último y tenaz perseguidor del héroe, los guerreros acolhuas se acercaron, reconocieron en el prisionero de Atzoquetzin al cacique de Chalco, cuyos ojos ciegos se abrían muertos en su faz ensangrentada y en cuya frente lucía una cinta de oro.

Entre las delirantes aclamaciones al héroe distinguió a su hermano, que horas antes lo había arrojado de su presencia. Naturalmente, como quien reivindica un justo privilegio, le dijo: “Señor hermano, esta misma noche y en honor de nuestro padre, a quien he vengado, comeréis, y conmigo, sobre la rodela de los capitanes”. Y era su voz tan fuerte y tan viril al decir esto, que fue escuchada en todo el campamento, dominando el redoblar de los panhuehuetl y la marcial estridencia de los caracoles de guerra.

* * *

El gran rey Netzahualcóyotl supo por su hijo Atzoquetzin cómo éste había realizado su hazaña ayudado por una divina intervención. “Un hermoso tecutli, decía el héroe, revestido de escamas de oro y cubierto de plumería, vino a mí bajando del cielo como por una escala en los rayos de la estrella de la tarde. Yo quise vengarme y ser digno de sentarme a la mesa de los capitanes. Y el tecutli que bajó de la estrella, sostuvo mi brazo y dirigió los golpes de mi macana”.

Meses después, la reina dio a luz a un infante que fue llamado Netzahualpili, el hijo de la penitencia; y el piadoso, sabio y valiente rey Netzahualcóyotl, en acción de gracias por la reconquista de su imperio y en memoria de la prodigiosa intervención divina, hizo edificar un gran templo en cuya altar vacío no se levantaba ningún ídolo...

Los cronistas atestiguan que al aparecer Véspero en el horizonte, iban sus rayos a quebrarse sobre el gran bloque de jade del altar vacío, y que entonces, integrada por el fluido astral, aparecía en la especular superficie la figura del celeste tecutli.

Asimismo aventuran los frailes cronistas que el tecutli no es otro que Santo Tomé; pero yo, en honor de la verdad y del folklore de los acolhuas, aduzco, fundándose en las pinturas de los folios ix, x, xi y xii del Codex Albertino, de la biblioteca de Basilea, cuya elucidación comenzó el arqueólogo Bauer, que el divino aparecido no era otro sino Quetzalcóatl... La relación que en la teogonía india existía entre este misterioso numen y el planeta Venus, está también a favor mío. Diré, por último, que el dominicano Figueroa, en su manuscrito catalogado en la colección de Lord Landsmore, asegura también que el tecutli de la leyenda teztcucana fue Quetzalcótal, aunque después se retractó por temor quizás a la Santa Inquisición.

La Prensa, 15 de septiembre de 1917, San Antonio, Texas.

¡LOS ÁRBOLES SON SAGRADOS!

José Juan Tablada

¡Los árboles son sagrados!... ¡Los árboles son sagrados! Hay que repetir desesperadamente este clamor, como un toque a rebato, hasta que no cesen esas siniestras hecatombes de árboles que realizan la ignorancia y la imprevisión. Hay que hacer más; hay que tratar de compensar los destrozos forestales cometidos durante el último decenio, plantando árboles nuevos. Hay que hacer mucho más aún; hay que educar a las masas en el amor al árbol. A la vez que se plante el árbol, hay que sembrar en los rústicos espíritus la semilla del salvador evangelio que preconiza la religión del Árbol, el culto a esos pasivos y bienhechores organismos, mil veces más útiles y necesarios que todos los individuos del mundo animal. El árbol produce frutos, combustibles, material de construcción, resinas, tinturas, sustancias medicinales. Es él quien atempera los climas y regula el lento vuelo de las nubes sobre nuestras frentes y el apresurado curso de los ríos a nuestros pies. Es, por fin, y sobre todo, venerable y silencioso sacerdote de quien depende el bienestar humano.

El Continental, El Paso, Texas, 24 de julio de 1938.