Miércoles 30.09.2020 - 15:36

A los 94 años muere Leonora Carrington

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Foto Especial

Una tarde, tal vez casi de noche, de 1937 en el café Les Deus Margots, del barrio de Sant-Germain-des-Prés, en París (el sitio de reunión de intelectuales y artistas), una veinteañera de piel blanca, alta, delgada y de hermoso rostro se sentó alrededor de los exponentes del surrealismo europeo: Salvador Dalí, André Bretón, Pablo Picasso, Marcel Duchamp y Max Ernst. Café, tabaco y pastel ocuparon la mesa de los comensales. Tras horas de plática sobre arte, política y mujeres, la joven se atrevió a decir: “son un grupo de machistas”. Ella era Leonora Carrington.

De espíritu inquieto, aventurero y sobre todo imaginativo Carrington creó y ofreció un mundo abstracto, lleno de colores y formas diferentes a la realidad que observamos. A través de pintura, escultura y literatura dio vida a extraños seres que la acompañaron desde su infancia y que la recuerdan hoy como la última representante original del surrealismo.

Nació el 6 de abril de 1917 en el seno de una familia protegida por las ganancias de la industria textil. Sirvientas, vestidos, caballos, colegios, clases de piano, los tenía en abundancia, pero nunca fue como las otras niñas de su entorno. Expulsada de dos colegios por hablar de alquimia y escribir al revés, asustaba a sus compañeras.

Como describe en La debutante prefería la compañía de las hienas a los eventos sociales, y en la primera oportunidad, a los 19 años, se fugó con un hombre. Se enamoró del pintor Max Ernst, que era 24 años más grande que ella; vivió con él hasta que fue apresado por los nazis. Ese acontecimiento la hizo perder la razón, al punto de vender la casa que compartía con el pintor en Francia por una botella de coñac; poco tiempo después la metieron al manicomio.

Recién salida del hospital conoció a Renato Leduc. En ese momento su relación con México inició. Más de cincuenta años vivió en la Ciudad de los Palacios, donde se divorció, se volvió a casar, tuvo hijos y creó la mayor parte de su obra artística. Caballos fantásticos (ella se creía un caballo, recuerda Elena Poniatowska), el mundo de las hadas que su nana irlandesa le contaba cuando era niña y la magia de la cultura maya los trasladó a obras plásticas y a hojas de papel. El surrealismo, la corriente artística que representó hasta el día de su muerte, no lo adoptó sólo por su relación en aquel café con los grandes maestros; su propio espíritu sobrepasaba la realidad que tenía.

No regresó a su país natal. Murió la noche del miércoles por complicaciones de neumonía. Tenía 94 años y como última voluntad pidió nada de homenajes, ni fotografías. Pero su cuerpo se quedó en suelo mexicano, el que alguna vez fue calificado de surrealista.