Albert Camus, a 50 años de su muerte

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

A Agustín Jiménez, que resiste

Todavía se mantenían las ruinas y no se apagaban las humaredas de la Segunda Guerra Mundial cuando el existencialismo era ya una moda y, al mismo tiempo, una actitud espiritual que recorría los circuitos del arte y la cultura en Europa y América. Heidegger y Jaspers eran sus referentes en la filosofía, mientras que principalmente Sartre y Camus encarnaron sus propuestas y sus dilemas en el ámbito de la literatura.

Ahora que Albert Camus —a 50 años de su muerte— está a punto de ser canonizado en el panteón cívico de los franceses (los muertos no se pueden defender, ¿verdad, señor Camus?), sería bueno intentar recordarlo más allá de los lugares comunes (como existencialista era el escritor del absurdo y su muerte en un accidente automovilístico fue absurda, etcétera), para lo cual deberíamos preguntarnos qué representa ahora Camus para nosotros.

Después de ser grandes amigos, Sartre y Camus se separaron y fueron contrincantes a raíz de la publicación de El hombre rebelde, el ensayo dedicado por Camus al análisis de las raíces espirituales de la violencia revolucionaria. Por eso en sus páginas se hermanan Sade y Lautréamont, los terroristas rusos, Marx, Nietzsche, los comunistas y los nazis, entre otros. Por supuesto el libro fue un escándalo entre los intelectuales de izquierda, en particular se soliviantó la corte de Jean Paul Sartre, que junto con él lo zarandeó y vilipendió en una de esas polémicas que la Francia cartesiana se permite como mérito de la razón y enjundia de todas las pasiones altas y bajas.

Sin embargo, los argumentos de los contrarios a Camus no han prevalecido o más bien se han vuelto carroña ideológica, aunque en su momento lo disfrazaron de academicismo. Hace años leí esta polémica y sólo recuerdo a la perfección el reclamo de uno de los cofrades, sartrianos que se burlaba de la condición de Camus como hijo de una sirvienta: “¿y eso qué?”, se interrogaba arrogante el profesor rojillo. Pero un existencialista debería atender como fuente de los alegatos del espíritu aquello que emana de la propia experiencia.

Y es que Camus intentaba, por medio de la mesura —lo que llamamos sentido común—, proporcionar límites a su ateísmo existencialista y evitar su vuelco hacia el delirio nihilista. En el fondo se proponía una ética ateísta, cuando el ateísmo a la deriva permite, según lo demostró el siglo XX y lo tenía claro Camus en un momento donde abundaban los ciegos, divinizar en su altar a la religión política, con sus nuevos ídolos en el derrotero de la ideología; por eso era fácil denostarlo como un moralista, sólo un pequeño burgués traicionando a los condenados de la Tierra. Pero en efecto era el hijo de una sirvienta con el proyecto de dominar el arte de ser un sabio, sereno y clásico, tratando de evitar que la causa justa, la de los desposeídos, se identificara con la negación que se transforma en injusticia.

En forma paradójica, la diosa adorada por sus detractores, la historia, terminó reivindicando a Camus, y no a Sartre. En algún momento, cuando eso todavía podía tener un sentido, lo consideré a él incluso el anti Sartre por excelencia. Ahora ya no es necesario definirlo así, es sólo Camus, un vencedor post mortem (otro absurdo, ¿no es así?), en la más importante de sus polémicas.

Sus novelas y obras de teatro marcadas por la sensibilidad y las ideas existencialistas siguen siendo legibles y no han envejecido: El mito de Sísifo puede aún sorprender a los adolescentes inteligentes; La caída, conformar a los ancianos reflexivos; La peste, nadie lo puede negar, es la metáfora de todas las pestes destructivas.

Pero no debe creerse que —al derrumbarse su principal rival ideológico— Camus haya perdido vigencia en su aspecto filosófico y político. Ahora, contra el grosero materialismo y la inercia de un capitalismo salvaje rampante con su repetición de injusticias o el discurso de las derechas descerebradas y un nihilismo vulgar extendido, Camus es un buen camarada que nos provee de municiones para podernos batir, acabadas las esperanzas fáciles, en los bastiones desolados.

Hoy más que nunca se trata de ser solitarios-solidarios.

Novelas y relatos

• Bodas (Noces, 1939)

• El extranjero (L’étranger, 1942)

• La peste (La peste, (1947)

• La caída (La chute, 1956)

• El exilio y el reino (L’exil et le royaume, 1957)

Ensayos

• El mito de Sísifo (Le mythe de Sisyphe, 1942)

• Cartas a un amigo alemán (Lettres à un ami allemand, 1948)

• El hombre rebelde (L’homme révolté, 1951)

Obras teatrales

• Calígula (Caligula, 1944)

• El malentendido (Le malentendu, 1944)

• Estado de sitio (L’état de siège, 1948)

fdm