Balthus, apadrinado por los grandes creadores del siglo XX

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Foto Especial

La luz sostiene —ingrávidos, reales—

el cerro blanco y las encías negras,

el sendero que avanza,

el árbol que se queda.

Octavio Paz. La vista, el tacto

Balthasar Klossowski de Rola, conocido como Balthus (1908- 2001), un artista exigente, caprichoso, fue apadrinado por algunos de los más grandes creadores del siglo XX.

El primero fue el poeta Rainer Maria Rilke —que prologó en 1931 una compilación de sus dibujos—, con quien mantuvo una relación cercana. Otros escritores que lo alentaron fueron Artaud, Bataille, Malraux, Camus, René Char, Yves Bonnefoy, Eluard, Lord, Cooper, Calvo Serraller, Hess, etcétera. Y desde luego, no hay que dejar de lado la fuerte simpatía que producía su obra en pintores como Bonnard, Braque, Giacometti, Mondrian y Picasso, que al principio de la carrera de Balthus le dijo: “Eres el único de los pintores de tu generación que me interesa. Los demás quieren ser como Picasso. Tú no”.

A Baladine se debe el escrúpulo y la tenacidad de las copias clásicas que Balthus hizo en el Louvre, su afición por Poussin y las directrices figurativas de Maurice Denis.

La influencia francesa logra en él, forjar una identidad artística única. La densidad de los fragmentos y la transparencia del color “el empastado que da la presencia y vida a la pintura y revela el espesor del mundo”, decía el artista.

La Montagne (1937) es una obra clave que adelanta los motivos del discurso estético de Balthus: figuras minuciosamente pintadas que actúan con hermética ritualidad, sobrepuestas a un paisaje de constructiva formalidad cezanniana y cromatismo plano pero de estridencia casi fauve.

En 1934 presenta en la galería Pierre el cuadro Lección de guitarra, el escándalo fue brutal. Un pintor pornográfico, en una primera caracterización, que impresionó a Artaud. Un “maldito” con suerte, que Pierre Matisse lanza en Nueva York a partir de 1938. Su admiración por Joan Miró paisajista y presurrealista se mantuvo siempre.

A partir de los años treinta y cuarenta crea cuadros soberbios: El salón (1940), Juego de paciencia (1943), Días dorados (1944). “Estoy fuera —dice Balthus— de todo. Sólo aspiro a cumplir mi destino como pintor”. En 1953 es ya referencia realista indiscutible. Encuentra en su sobrina Federique Pison el modelo ideal que reproduce sus ensoñaciones pictóricas.

Balthus fue un pintor que amó y entendió la pintura clásica. No sólo la entendió, sino que también dedico tiempo preciso para mirar y dialogar con Giotto, Masaccio, Piero della Francesca, Rafael, Ingres, Carot, Poussin o Cézanne.

Por otra parte, fue un artista que estuvo vinculado a la vanguardia artística y cultural del siglo XX. Estuvo cercano al surrealismo “maldito” y a la vez muy ligado con figuras claves de la vanguardia histórica, como André Derain.

Fue un solitario, un “independiente”, que vivió en los márgenes más radicales de su tiempo, pero siempre dentro de una complaciente cercanía. Una incondicional amistad con Alberto Giacometti y la devoción por Derain —El Mago—, al que representa mayestático e imperioso. Los magistrales retratos de Miró y su hija Dolores (1938) y del fiel galerista Pierre Matisse hablan de dominio soberbio técnico y acentúan el contrapunto espacial que irrealiza los motivos figurativos priorizando la atmósfera cromática.

De 1940 datan los cuadros Autorretrato y Le cérisier, homenaje a Poussin en el doble ámbito compositivo y colorista, un clasicismo sobrio, que cuida obsesivamente el detalle y marca para siempre la obra de Balthus, que afirma: “La pintura requiere una exigencia enorme, que la sociedad moderna ni se imagina. Si queremos ir a la pintura, meternos en el meollo de la pintura, debemos aceptar esa exigencia, esa lentitud, y los pintores contemporáneos no se deciden a ello…”.

En su libro Balthus. Memorias, nos deja descubrir no sólo su prodigiosa memoria, sino todo su pensamiento sobre el arte, la poesía y la vida. Balthus poseía un mundo propio. Sus pinturas parecen detenidas en una atmósfera onírica. Su discurso estético asimila la estructura de los viejos grabados del expresionismo centroeuropeo.

Balthus. Memorias es un libro imprescindible para entender los grandes senderos de este creador fundamental del siglo XX, y nos da la oportunidad de comprobar el alcance estético de su obra. Quizás por eso, en esos mismos días finales, marchándose en silencio, sin impostar la voz, le dictaba a Alain Vircondelet: “He vivido”.

Influyó en el cineasta Jacques Rivette, de la New Wave francesa; en su película Hurlevent (1985) se observan los dibujos de Balthus hechos en de la década de 1930.