Ciudad dorada

Ciudad dorada
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Ante tanta violencia, apatía, deshumanización y naturalización de lo aberrante, no era extraño que nuestro más ferviente deseo fuera evitarles a nuestros niños la exposición a una sociedad decadente, hedonista, egoísta, una que podía matar a un semejante sin hacer un gesto para conseguir algo que le redujera la existencia a un placer sin consecuencia, satisfacción sin compromiso; una paz basada en el olvido, en el abandono, en el “yo” a costa de “ellos” y clausurando para siempre el “nosotros”.

En una sociedad en la que es más sencillo conseguir un arma que un antibiótico, donde el honesto es señalado de estúpido y al ladrón se le admira, donde importa más la apariencia que la esencia y donde la desaparición es algo de todos los días. Una sociedad que se dice informada y que cierra los ojos por elección, donde el temor se justifica con cualquier frase que lleve la palabra seguridad en ella, donde el ser humano usa precio como sinónimo de valor.

La idea surgió en algún evento de las decenas en que coincidimos. Sí, somos de ese 1% que está, según el otro 99% por encima de todo, los “cerdos empresarios” que “sangraron” a la humanidad, que abusan, que se revuelcan en su ambición desmedida, etc...

Siempre nos vemos en los eventos, solemos ser siempre los mismos, unos más, unos menos y no afilamos dagas en la espalda mientras sonreímos de frente. Hablamos más de familia que de negocios pues es probable que si lo hacemos, nos encontremos compitiendo por lo mismo. Ciertamente somos envidiados por muchos y quizá no entiendan que no deberían, nuestros tiempos están amarrados, nuestra libertad condicionada, incluso ir al baño representa un acto de logística y en mucho, tiene que ver esa envidia y ese rencor ante lo que creen que les falta y nosotros tenemos y no saben el miedo constante de saber que nuestros hijos tienen “precio” que para un sector despreciable de la humanidad solo son mercancías que “robar” para vendérnoslos de nueva cuenta, no hay ni uno solo de nosotros que no haya tenido un roce cercano con el secuestro, la amenaza, la extorsión, que no haya tenido que “reforzar” su seguridad sin saber si aquellos que contrataron serán capaces de resistir la tentación de “vendernos”.

La siguiente vez que nos vimos, esa idea al aire había arraigado y es que todos nos hicimos una pregunta que nos hacíamos en silencio pero que nunca compartíamos ¿Cuánto vale nuestra felicidad y la tranquilidad de nuestras familias? Parece una pqregunta sencilla pero, mientras más se tiene más complicada se vuelve ¿Qué es la felicidad? ¿Qué es la tranquilidad? ¿A qué estábamos dispuestos?

Algunos de nosotros habíamos estado planeándolo y vendiéndolo sin darnos cuenta de nuestros deseos, en edificios en los que no tendríamos que salir de ahí para ir al centro comercial, al gimnasio, al cine, en zonas habitacionales cerradas a cal y canto en las que los colegios y los hospitales de primer nivel estuvieran en su interior y así nuestros niños no tuvieran que salir de un entorno controlado.

De ahí a hacerlo a gran escala no se necesitaba nada excepto cantidades ingentes de dinero, lo que menos nos preocupaba y mucha planeación a corto, mediano y largo plazo y de eso, nosotros éramos lo que mejor sabíamos de como hacerlo. Querían nuestras empresas, se las daríamos, querían nuestras propiedades, también las tendrían, tendrían todo por lo que nos envidiaban, lo que hicieran con ello, no importaría más... Para que estar donde nadie nos quería.

Lo que hacíamos era para nuestros niños así que no debería llevarnos más de un año y a eso nos abocamos, planeamos y construimos una ciudad completamente sustentable en un cráter, el cual terraceamos para utilizar el diferencial de altitud creando

agrocultivos de temporada y regionales al mismo tiempo y en el mismo lugar, nuestro hospital era lo mejor de lo mejor y si en algo nos detuvo y estuvo a punto de tirar a tierra todo fue el debate de la conectividad, algunos deseábamos aislarnos por completo, otros decían que perderíamos más de lo que ganaríamos y en la álgida discusión se propuso crear una intranet aislada, estaríamos conectados pero solo entre nosotros. No más vehículos de combustión, todo estaba a la vuelta, el trabajo se redujo a lo que teníamos que cocinar, a pasar tiempo con nuestros niños y atemperarles su síndrome de abstinencia al celular y los videojuegos leyéndoles, jugando en los jardines o haciendo obras de teatro en las plazas, la comida se cultivaba casi de forma automática y siempre era fresca, nuestra agua era de manantial y nuestras descargas al manto freático pasaban por varios procesos de tratamiento y purificación al 99.9% y eso impactó en nuestra salud, no había estrés, comíamos productos orgánicos y frescos, caminábamos diariamente y nuestro ciclo de sueño se regía por la caída y salida del sol. En menos tiempo del esperado nos olvidamos del exterior y nos concentramos en ese utópico cráter en medio de kilometros de propiedad privada en medio de la nada... Estábamos al fin... felices y tranquilos.

Después del abandono, las empresas quebraron por la falta de una buena administración y el saqueo de unos cuantos, la recesión causada por la caída y cierre de estas grandes empresas llevó a un aumento en los indices de criminalidad, el hambre campó a sus anchas, hubo pandemias que arrasaron, los hospitales saturados, colapsaron, fue una espiral descendente y los malditos riquillos tenían la culpa, nos habían dejado sus propiedades y sus empresas porque ya sabían que esto pasaría, sabían que venía una caída así, siempre habrían hecho lo mismo, traficaban con información y en su maldita postura de superioridad siempre se olvidaban de los demás. Si algo nos mantenía de pie era el coraje por su traición, de alguna forma nos habíamos enterado de que habían creado su “ciudad de ricos” para poder abandonarnos y vivir felices comiendo perdices, decían que las calles eran de oro, que todas las delicias del mundo estaban acaparadas en unos enormes congeladores, que tenían cientos de sirvientes a los que hacían trabajar de sol a sol y que lo hacían solo por un plato de las exclusivas viandas que habían acaparado. Las medicinas escaseaban porque todas estaban en grandes almacenes dentro de esa ciudad dorada.

Los rumores crecían y cada día se anexaba una pieza más de información. Pronto sabríamos donde estaban y entonces llegaríamos a reclamar lo que era nuestro y nos habrían quitado, si querían seguir jugando a ese juego de falta de equidad les demostraríamos que nosotros teníamos la razón de la mayoría, pronto, muy pronto los encontraríamos y podríamos hacerles pagar su soberbia y egocentrismo y entonces.... estaríamos al fin... felices y tranquilos