Contagiosa prosa, infeccioso periplo

Pikolín inamovible en convocatoria del Tri; Vela y Oribe fuera
Por:
  • larazon

Carlos Olivares Baró

carlos.olivares.baro@hotmail.com

Viajar es tener fiebre. El viaje, galope. Viajar es perseguir espectros. El viaje, deletrearse a sí mismo. Viajar es azogar la bruma. El viaje: instigación, desborde, trote y encabalgamiento con el vacío. Viajamos para ser anónimos. Viajamos por sed. Viajamos porque padecemos insomnio y queremos prolongarlo. Cada estación nos inscribe en su cartilla. Cada puerto humedece de sal nuestras sandalias. Cada boleto se cifra en costo impreciso. Viajamos con el asombro en los costados / con el desdén como castigo / con la clemencia como amuleto / con la duda como límite / con el hambre como equipaje / con la desidia como usanza / con el miedo como una sombra / Viajar para asustar la vida y someterla a los azares del infortunio. El tiempo nos obliga a la nostalgia, y por eso inquirimos el viaje: legalización de los apremios, fervor del extravío, revocaciones de las pausas. La ciudad desconocida nos descubre en la taberna empinando una copa rancia de ajenjo, masticando pedazos de pescados nebulosos. Los zaguanes limosos nos guarecen del ladrón que nos despoja del repaso. Nuestras cisuras viajan con nosotros, codo a codo con nuestros gestos, nuestras muescas. Imposible despojarnos de nuestras miserias. Viajar es tener fiebre.

Infecciosa (Literatura Mondadori, 2010) del narrador y ensayista Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950), texto que aborda el sueño dentro del sueño en estrategia discursiva de retumbos que van hilando aromas de la memoria: zigzag exaltado y perturbador. Regodeo en el vapor de las cosas perdidas y asimismo, el recuerdo, plaza en la que recuperamos ausencias. “La pérdida y el hallazgo son el ciclo que cumple el mundo”, explica el narrador-personaje. Viajar es tener fiebre; pero, viajar es también hacerse encubrir por la nostalgia. “Cuando uno viaja a otra ciudad, a otra localidad, nos presentamos del modo más brutal ante la mirada ajena, la gente nos mira con reticencia; sin embargo, no podemos ocultarnos. Las miradas nos registran en nuestros rasgos más patentes, más evidentes: esto desata cierta cautela”, confiesa el autor de El hombre sin cabeza.

“Novela” de alteridad narrativa: voz en primera persona que se desdobla en un “yo objetivo” (orden) y un “yo subjetivo” (caos), suerte de estilo indirecto flaubertiano donde realidad y sueño se columpian. “Mi narrador se desdobla, asume las frases de otros y las interpreta. Protagonista y viajero, asume el ámbito de la figuración exterior desde alguien que nos ve en trazas de su interioridad”. El autor de La pandilla cósmica nos entrega las coordenadas primigenias del sueño, esquinas de extrañezas calinas. El sueño, folio escrito por Bretón; viajar, capítulo de incisivos absurdos.

Infecciosa se asoma al cosmos de Foucault (Vigilar y castigar, El nacimiento de la clínica) cuando presenta al protagonista —espectro/personaje— condicionado y limitado al hospital- cárcel. “Mis personajes nacen de mis lecturas. Michel Foucault ha sido un escritor determinante. Foucault es un fantasma más dentro del libro. Teoría de fantasmas, de visiones que a fin de cuenta son mis lecturas”, corrobora Sergio González Rodríguez.

Estamos en presencia de un narrador entrometido, provocador, surrealista, irreverente, poliédrico, instigador, metafísico, ecléctico, no tradicional, delirante. Dos capítulos finales desbordados: pornografía, venganza, misterio. Personaje conmovedor: “la mujer relámpago”; tenor afónico atacado por cucarachas: collage y farsa. El autor de El triángulo imperfecto ha escrito un manual de alto arrojo creativo. Contagiosa prosa. Infeccioso periplo novelístico.

Emilio Salgari Escritor y periodista italiano

Sandokán habitó  los espacios de nuestra imaginación infantil. Viajamos por Malasia, el Mar Caribe, la selva india, los mares árticos o el oeste norteamericano gracias a Emilio Salgari (Verona, 1862 – Turín, 1911). De niño dibujaba —en el primer espacio que se encontrara en blanco— monigotes, sombreros, soldados, barcos, ballenas, pulpos gigantes, puertos… El mar como obsesión. Más de 80 novelas de aventuras en las que destaca la saga de El tigre de Malasia. Esposa loca. Padre y dos hijos suicidas. Emilio Salgari, desesperado y solo, se quita la vida abriéndose el vientre con un cuchillo oxidado según el rito japonés seppuku.

Eduardo Lizalde/Algaida

“La tierra, esta cabeza de un titán degollado. / De formas, vida, quiere el ánimo hablar, / que a nuevos cuerpos se mudan”, así inicia Algaida (Conaculta, Colección Práctica Mortal, 2009. Primera edición en Editorial Aldus, 2004) de Eduardo Lizalde (México, 1929). Purificación y asimismo, añoranza excedida: el poeta centra su habla en excitaciones que tejen perplejidades en el trance de exhortar. Barroquismo que sopesa coordenadas de la tradición poética hispana (Góngora, Quevedo, Sor Juana, Lezama Lima, Segovia, Gorostiza, Paz, Owen…) en columpio con otros ámbitos líricos y filosóficos (Dante, Eliot, Pound, Wittgenstein, Mallarme…). Resonancias de su Tercera Tenochtitlán (1999) y guiños (Cada cosa es Babel) en obsesiones subyacentes. Poema que se extiende alternativo, en un paseo por resquicios lingüísticos inusitados. “…hay un gruñido eterno, un golpe de / tambor lejano / —al fondo un imponente bum, no hay término / mejor en lengua alguna”: Algaida o un adánico golpe de voces.

Jaime Bayly/El cojo y el loco

El discutido y popular novelista —presentador de televisión peruanoestadounidense— Jaime Bayly (Lima, 1965) acaba de publicar El cojo y el loco (Alfaguara, 2010) y otra vez, nos regala un texto de disidencias discursivas donde la crónica de dos vidas vertiginosas —las de Bobby y Pancho— da testimonio de los hipócritas gestos de la clase alta limeña. “El cojo no nació cojo. Nació jodido…”; “El loco no nació loco. Nació feo y tartamudo y eso le jodió la vida…”: explica el narrador de esta novela cosida con hilos de violencia. Dos jóvenes rompen con sus entornos burgueses y se convierten en seres sin recatos, licenciosos, con los rencores a cuestas y el remordimiento como amuleto. Hedonismo, incomunicación y desesperanza. Hay aquí, como en la mayoría de las novelas de Bayly, una inteligente disección de la burguesía peruana, y una íntegra exposición del destino en cuentas de eventualidad trágica. Para Bobby y Pancho cada jornada es una posibilidad de trastornar las buenas conciencias y sus oficios.