Sábado 11.07.2020 - 00:41

“El amor todo lo trasciende, incluso la muerte”: Ruben Lopez-Cordova

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Foto Cortesía del escritor

Dos jóvenes unidos por los afectos —Rubén y La Nena—, un hijo pequeño arropado en la inocencia —Max— y la entrometida muerte: Cuando el amor quiebra la razón. Crónica de una viudez inesperada... (Innovación editorial Lagares, 2015), del comunicólogo Rubén López-Córdova Betancourt, es un cuaderno en que el dolor se extiende sobre un pliego de confesiones trazadas desde la franqueza y la necesidad de decir aquello que se susurra casi en silencio, frente a la pérdida de un ser querido.

López-Córdova empalma el sufrimiento con los ánimos de una pasión desbordada: aquí el amor protagoniza todos los gestos. La vida está enmarcada por mínimas entregas cotidianas: el hijo pequeño pondera los proyectos, la esposa no ceja en sus afanes y el esposo goza el tiempo y sus cadencias bajo la mirada de la mujer de su vida: La Nena. Pero la muerte invade, arrolla.

“Escribí estas páginas sin ninguna intención literaria. Cifré palabras para cotejar el ramalazo que produce una ausencia, las agonías que se presentan ante la pérdida de un ser cercano y necesario. No fue un acto de exorcismo, sino un acto de recordación para confirmar presencias”, comentó para La Razón, Rubén López-Córdova, profesor de comunicación del Instituto México y de la Universidad Marista.

¿Cómo enfrentó la ausencia de su esposa? Al principio no lo entendía. Ella estaba en la casa, en los objetos que habíamos adquirido juntos. Fue duro; pero más que todo ella estaba y está en Max, nuestro hijo. Me propuse llorarla para tenerla, para dibujarla en una dolencia de expiación y recobramiento.

Imagino que no fue fácil su diálogo con Max. ¿Qué hizo usted para que él entendiera lo que había sucedido? Decidí que Max participara en las decisiones, lo involucré en los proyectos de la vida de los dos. Fue duro decirle que su mami no iba a regresar. Dormíamos juntos, conversábamos y le hice ver que su madre estaba en la memoria y que la memoria es presencia. Me convertí en padre-madre. Es un niño muy inteligente y quizás entendió. Hoy disfruta a su hermano Leonardo con la convicción de que La Nena, su madre, sigue con nosotros en el tiempo presente y en el pasado que se vuelca sobre nosotros, en la nueva familia que he conformado.

Dijo usted que no había pretensiones literarias; sin embargo, el lector es testigo del oficio intuitivo de narrador, de un cronista que lo sabe involucrar en la trágica muerte de su esposa cuando estaba en total plenitud de la vida. Todo fluyó de manera natural. Ordené imágenes, confronté los años juntos, lloré sin prejuicios, desbordé mis afectos sobre Max, evoqué y también invoqué... Enmendé muchas cosas. Edifiqué nuevos planes como si ella estuviera con nosotros. Y escribí este libro para mí y para Max. Para sus amigos y para mis amigos. Para la familia. Para ella. Creo que también escribí pensando en los hombres: hay que llorar, el llanto nos fortalece.

Ha pasado el tiempo. ¿Cómo se siente usted ahora, sigue en duelo? Sigo con ella, sigo mirando la vida a través de sus ojos que son los ojos de mis dos hijos. Me volví a casar y continué mi vida, no la “rehíce”, como se dice por ahí, porque nunca mi vida se destruyó, la muerte de La Nena confirmó mis deseos de vivir por Max y por Leonardo. No sigo en duelo, pero cada movimiento de mi existencia está enmarcado en la evocación de La Nena; mi actual esposa lo sabe. Mis dos hijos dicen que tienen dos mamás: una que está en el cielo y mi esposa actual. Sigo insistiendo en que el amor todo lo trasciende, incluso una muerte sin despedida como la que enfrentamos Max y yo.

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