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El arte mexicano traspasa fronteras y lo celebran en NY
Prometeo (1930), de José Clemente Orozco. Foto: Especial

Prometeo revela el fuego a la humanidad. Su descomunal talla lo confina en una incómoda postura que se adapta al caprichoso formato curveado de la parte superior de la pintura: las poderosos piernas soportan el tronco contorsionado, coronado por una cabeza doblegada por el fuego; una densa construcción rojiza que pareciera fundirse con las manos que lo aguantan.

Tensa y apocalíptica, la escena remite a un estado de inquietud y confusión, pero también a un escenario de esperanza que deviene en luz e inspiración. La señal de conocimiento que sorprende a un grupo de seres sumidos en la penumbra eterna, en las calamidades propias de la ignorancia.

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El Prometeo de Orozco refleja las visiones del pintor. Comisionado para el Frary Hall del Pomona College, en California, e inaugurado en 1930, justo en el marco de la Gran Depresión, la desigualdad social, el desempleo, la pobreza y la indigencia, habla de un llamado a la razón y a la acción, el reconocimiento de una sociedad viva y militante. El pueblo y sus formas. Tema capital en el muralismo mexicano.   

La obra de José Clemente Orozco forma parte de la exposición Vida Americana: Los muralistas mexicanos rehacen el arte estadounidense 1925-1945, una ambiciosa curaduría de más de 200 obras de artistas mexicanos y estadounidenses, que rinde un merecido reconocimiento a lo que muchos podríamos definir como el arte más sofisticado, comprometido y también necesario en la historia del arte nacional.

Yo y mis pericos es uno de los autorretratos de Frida Kahlo que también se exhibe en el Museo Whitney; fue pintado en 1941, poco después de que la artista se casara con Diego Rivera. Foto: Especial

Inserto en el Meat packing district —una de las zonas más sofisticadas y de más alto nivel turístico y cultural—, el Museo Whitney pone por todo lo alto al grupo de pintores mexicanos que protagonizan la flamante exhibición, en uno de los ejercicios más certeros que sobre arte mexicano se hayan realizado en el país vecino. Lo resuelve en ocho núcleos temáticos que van del romanticismo revolucionario, al paso de José Clemente Orozco por las costas este y oeste de la Unión Americana, la significativa estancia de David Alfaro Siqueiros por Los Ángeles, la visión de Diego Rivera en torno al programa económico que planteaba New Deal, las muy mexicanas aproximaciones a la militancia a través del arte y el vital taller de Siqueiros en Nueva York.

Titánica en sus contenidos y conclusiones, la muestra reconoce la influencia del arte mexicano en la configuración del arte estadounidense y sus instituciones, al tiempo que atina a sugerir que el posicionamiento de los Estados Unidos como el epicentro de la creación artística mundial —en sustitución de los diezmados París y Berlín de la posguerra—, obedeció a lo aprendido de los pintores mexicanos, generosos intérpretes de las transformaciones del México posrevolucionario.

Ejemplo de estas lecciones mexicanas es la célebre obra de Jackson Pollock, representante de la “vanguardia norteamericana” del expresionismo abstracto, cuyas raíces formales se basan en las experimentaciones técnicas y el uso de nuevos y subversivos materiales, aprendidos en el taller de David Alfaro Siqueiros en Nueva York.

A pesar de Trump, sus muros, las divisiones y la discriminación que estructuran sus declaraciones, Nueva York celebra a México y reconoce su creación.  Esperemos que la tónica de los conocedores del arte toque a los políticos y economistas. México tiene mucho para dar.

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