El narco y el norte segun Carmen Boullosa

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En 2011, Carmen Boullosa escribió La patria insomne, que es algo así como la versión ruda y cruda, por actualizada, de la Suave patria de López Velarde; el paisaje después de las batallas fratricidas del narco mexicano. Luego empezó a escribir un ensayo sobre el tema, “pero no tenía pies ni cabeza”. Como suele suceder, la solución estaba frente a sus ojos: Mike Wallace, un historiador estadunidense que en 1999 ganó un premio Pulitzer por el libro Gotham: A History of New York City to 1989, que realizó con Edwin G. Burrows.

Sucede que Wallace también es esposo de Boullosa y entre ambos hicieron la investigación y redacción del volumen A Narco History. How The Unites States and Mexico Jointly Created the “Mexican Drug War”, que ya fue lanzado en el país vecino, y que en los próximos meses aparecerá en alemán, chino y español (en México bajo el sello de Taurus). El título en nuestro idioma lo dice (casi) todo: Una narcohistoria. Cómo los Estados Unidos y México crearon juntos la “Guerra mexicana antidrogas”.

Carmen y Mike viven la mitad del tiempo en la Gran Manzana y el resto en Coyoacán, en el mismo barrio donde ella y Alejandro Aura crearon los míticos teatrobares de los ochenta y noventa:

El Cuervo y El Hijo del Cuervo.

¿Qué aportó Mike Wallace en el libro a tu proyecto original?

Él me hizo ver que era necesario mostrar una historia cronológica de la política prohibicionista, que es hechura de los dos países. Él no sabe nada de la historia de México y yo no sé nada de la historia de Estados Unidos. De ese modo, fuimos al origen, que se remonta un siglo atrás, y luego analizamos lo que sucedió en tal o cual cuatrienio estadunidense, que coincidía con tal o cual sexenio de nosotros.

¿Y cuál es el origen?

Para cada país el prohibicionismo significó inicialmente algo distinto. En Estados Unidos tenía que ver con la elaboración de productos farmacéuticos como jarabes para la tos o pastillas contra el dolor de cabeza o para combatir el insomnio. Se trataba de una regulación de sustancias psicoactivas que podían generar adicción en niños o en amas de casa. Allá no querían crear nuevas Anas Kareninas que tomaran gotas de opio para dormir.

¿Y del lado mexicano?

México quería mostrarse como un país moderno y al mariguano, por ejemplo, lo identificaban como un tipo de clase baja, atrasado. En la versión en español del libro tal vez añadiremos detalles que pueden ser interesantes de este lado, como el hecho de que Federico Gamboa, el diplomático y autor de Santa, fue quien firmó la incorporación al convenio prohibicionista.

¿O sea que no bailamos al son que nos tocan los gringos?

No siempre. Díaz Ordaz era un convencido del prohibicionismo, mientras que Echeverría utilizó el combate contra las drogas para reprimir políticamente.

En una entrevista reciente, Elena Poniatowska dijo que estaba leyendo en inglés tu libro sobre el narco...

Debe estar sufriendo, porque el tema es horrible. Hay demasiadas cabezas rodando. Tan sólo los decapitados ya son dos mil, y la opinión pública de Estados Unidos ni se inmuta. Tal como sí lo haría con un solo caso de aquel lado.

¿La masacre de los jóvenes de Ayotzinapa detonó la creación del libro?

No, para nada. Ya habíamos mandado el manuscrito al editor cuando ocurrió esa tragedia. Teníamos ya un prólogo, pero comprendimos que lo de Ayotzinapa era necesario en una nueva introducción porque es clave para entender lo que ha ocurrido en la historia de la prohibición del consumo, distribución y venta de drogas.

¿Cómo fue recibido el libro en Estados Unidos?

La primera crítica fue muy dura, pero se basó en dos líneas del libro acerca del Tratado de Libre Comercio. Nosotros nunca decimos que el tlc fue el culpable de todo el despepite.

Cambiemos de tema. Luego de que escribiste Texas, tuviste una especie de depresión posparto y no iniciaste otra novela, tal como habías hecho más de una docena de veces…

Eso ya pasó. Incluso, ya terminé otra novela.

¿De qué trata?

Hace poco releí Ana Karenina y, para mi sorpresa, caí en la cuenta de que Tolstoi dice que ella escribió un libro, que le es solicitado por el editor, y ella contesta que se trata sólo de un borrador. No se vuelve a hablar del libro y yo decidí reaparecerlo. Por ahí va.

Hay un abismo entre tu primera novela, Mejor desaparece, y Texas, pero al mismo tiempo tienen una voz interior similar.

Mejor desaparece la escribí cuando tenía veinticinco años, y Texas casi a los sesenta, así que deben existir muchas diferencias, pero en ambos casos está mi furia, mi caos; soy la furia encarnada. Mejor desaparece es la furia doméstica, y en Texas es algo que nos atañe a los mexicanos, o al menos así debería ser.

En la novela Texas los mojados eran los negros que cruzaban para México, huyendo de la esclavitud. Ahora tú vives en Nueva York, donde están los mojados que van de aquí para allá.

Son casos muy distintos porque todos los negros pertenecían a una misma clase social, y los mexicanos que viven en Nueva York son de clases muy diversas. Yo no tengo una vida de mojada.

Pero los ves a diario.

Sí, por supuesto, y veo cosas muy tristes. Por ejemplo, a las mujeres que viajan en el metro con dos o tres hijos, que trabajan lavando baños si bien les va.

¿Esa realidad la plasmas en el programa de televisión local en el que participas?

La realidad de esos mojados sí es algo de lo que mostramos, porque es parte de la cultura latina en Nueva York. El abanico es muy amplio.

¿Crees en la teoría de que el ataque a las Torres Gemelas (WTC) fue un autogol?

Por supuesto que no. Atacar esas torres fue un símbolo. Ahí fue el primer sitio donde estuvo Wall Street. Creer que todo es un capricho de un tipo loco, encerrado en un sótano, es perder la cordura histórica.

¿Cómo fue vivir al lado de un personajazo como Alejandro Aura?

Durante muchos años fue maravilloso. Yo quería hacer una vida con él y tener una hija, y así lo hice. Luego quise tener un hijo con él, y así fue. Al final las cosas se descompusieron y yo me fui, pero seguimos siendo buenos amigos, hasta que murió.

Él parecía un Juan José Arreola de la poesía.

Alejandro fue alumno de Arreola, y curiosamente compartieron a una mujer, que no fui yo.