El salvaje de las letras cumple 90 anos

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Ilustración Francisco Lagos>La Razón

Rubem Fonseca publicó su primer libro de cuentos en el año 1963, Los prisioneros; su más reciente aventura narrativa, Amalgama, aparece en el 2013. El escritor brasileño cumple cincuenta años de escribir sin pausa, con el ritmo de un profesional impávido y el vigor inaudito de la juventud.

La puerta por la que entré de lleno a esta obra mayor de las letras iberoamericanas se llamaba en español Pasado negro (Bufo & Spallanzani en el original portugués y en la nueva traducción de Cal y Arena). Ocurrió en el año 1986. Desde el umbral de ese libro podían sentirse los poderes narrativos de un escritor magnético que dominaba las artes mayores de la trama novelística y caracterizaba a sus personajes con la marca indeleble de la credibilidad. Gustavo Flavio carga en su complicada vida con un pasado negro. Después de ocultarse en la casa de una adolescente durante diez años, descubre el amor y se convierte en un novelista famoso y en un hombre gobernado por la tiranía del sexo.

Un día la millonaria Delfina Delamare aparece muerta en su automóvil. En la guantera del coche de la mujer asesinada aparece un libro de Gustavo Flavio con una dedicatoria. En el arranque de esta novela de entramado milimétrico hay una escena memorable: Gustavo Flavio (en alusión a Gustave Flaubert) ha tenido un sueño inquietante: en la escena onírica se le aparece Tolstói vestido de negro, con sus largas barbas descuidadas, diciendo en ruso: “Para escribir Guerra y paz hice este gesto doscientas mil veces”; entonces tiende la mano descarnada y blanca como la cera de una vela y hace el movimiento de mojar una pluma en un tintero. “Ante mí”, escribe Flavio, “hay un tintero de metal brillante, una pluma grande, probablemente de ganso, y una resma de hojas de papel. ‘Anda’ —dice Tolstói—, ‘ahora te toca a ti’. Me atraviesa una sensación desgarradora, la certeza de que no conseguiré extender la mano centenares de miles de veces para mojar aquella pluma en un tintero y llenar páginas vacías de letras, de palabras y frases y párrafos”.

Como en el extraño sueño de Flavio, nadie ha calculado aún la cantidad de golpes que Fonseca ha dado en los teclados de las viejas máquinas de escribir y las computadoras en las que compuso sus libros. Una cantidad estrafalaria. En cambio, se puede calcular el alcance de su obra en el horizonte de las letras latinoamericanas donde Fonseca ocupa desde hace años un lugar central. Ignoro en cuántos golpes o modernos caracteres incurrió Fonseca cuando terminó Bufo & Spallanzani, pero se sabe que venía de una novela refinada, conmovedora y de gran dificultad técnica, El gran arte, publicada en 1983. Quien se haya acercado a la complejidad de este thriller sobrecogedor resuelto en dos tiempos históricos sabrá entonces que hay tres temas en Fonseca: el sexo, la muerte y la literatura como segunda piel de la existencia de sus personajes. Una frase de Arquíloco que no olvido, emblema de la novela: “Quiero a los que me quieren; hiero profundamente a los que me hieren”.

En una nouvelle publicada años después, en 1997, Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro, reaparece Gustavo Flavio avanzando rumbo al abismo. En algún momento de la historia ese escritor tocado por todos los dones y las maldiciones del destino apunta: “Tal vez sea ésta la mayor de todas las motivaciones para que alguien se vuelva escritor, para que el artista cree: el conocimiento que el ser humano tiene de su propia finitud, la certeza de que va a morir […]. En cuanto a mí, ¿qué fue lo que me llevó a convertirme en escritor? Creo que la respuesta es sólo una: me gustaba tanto leer que pasé a escribir. Me acuerdo que, todavía muy joven, ciertas lecturas me daban un incontenible deseo de escribir —recuerdo, en particular, Un coeur simple, de Flaubert. El destino normal del lector fanático es volverse escritor”. Fonseca es, efectivamente, un escritor libresco, un culto intransigente en tiempos en los que el mercado impone sus cánones mercantiles.

Las novelas de Fonseca son creaciones mayores, operaciones sinfónicas sostenidas no sólo en su asunto central, sino, también, en subtramas extraordinarias, estudios rigurosos de temas que han pasado con gran naturalidad a su prosa. El veneno cataléptico de una clase poco común de sapo en Bufo & Spallanzani; los cuchillos, sus diversas clasificaciones y la mejor forma de usarlos en El gran arte; el arte de fumar puro, el origen de las marcas, la pertinencia de los tamaños, la construcción perfecta y el tiro sublime en Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro.

A la caudalosa fluidez de su prosa, al manejo insuperable de los diálogos, a la densidad verosímil de sus personajes, Fonseca añade el conocimiento detallado y el refinamiento de una vastísima cultura literaria. Me explico. La obra de Fonseca es de una gran naturalidad. Lo que es natural parece fácil, como puesto ahí por el soplo del azar. Pero la naturalidad es un don mayor y dificilísimo en literatura. No comparto la visión crítica de quienes ven en la obra novelística de Fonseca solamente el entramado del género policiaco. En efecto, emplea del mejor modo una de las esencias de esa literatura, el suspenso; en sus tramas hay asesinatos, policías y laberintos criminales, pero sus fines no se proponen descubrir al asesino, su hazaña literaria es la revelación de las oscuridades de la condición humana.

No me canso de citar el perfil que hizo Adolfo Bioy Casares del lector. Decía Bioy que un lector es una persona que tiene un libro entre las manos y espera cualquier pretexto para levantarse del lugar en el que lee y abandonar el libro que tiene entre las manos. Uno se va de los libros por hambre, por sed, por sexo y otros deseos imperiosos, salvo que las páginas que uno tiene enfrente encierren esos deseos y el narrador sea capaz de incitar las ansiedades de lector. Desde sus primeros cuentos, Fonseca descubrió el poderoso pegamento que une las manos del lector a un libro. En literatura, esa sustancia se conoce bajo distintos nombres: tensión dramática, suspensión de la incredulidad (Coleridge), dominio del suspenso, emoción narrativa. Una prueba más de estas cualidades salió de la imprenta en el año 1988, su título era una definición extraordinaria de los sueños: Grandes emociones y pensamientos imperfectos. Un director de cine relata en primera persona los laberintos que recorre para filmar una película basada en la obra del escritor soviético Isaak Bábel, particularmente Caballería roja. Piedras preciosas que atraen la desgracia de sus poseedores, asesinatos habitualmente turbios, entretelones del carnaval carioca, sectas religiosas y delirantes persecuciones acompañan el descubrimiento de Bábel y su traducción novelesca al lenguaje cinematográfico, circunstancia que permite a Fonseca deslizar reflexiones sobre cine y literatura, política y literatura, biografía y literatura, literatura y literatura.

En cinco años, Rubem Fonseca escribió tres novelas superiores de la narrativa latinoamericana. Bajo un impulso casi diabólico, en 1990 apareció Agosto, la historia de la crisis política brasileña que condujo al presidente brasileño Getulio Vargas al suicidio. Una revolución en 1930 lo había llevado a la presidencia, un golpe militar lo derrocó en 1945 y, encabezando dos partidos —uno de izquierda, el PTB, y otro de derecha, PSD—, ganó las elecciones. En agosto de 1954 todo cambiaba para Brasil y para Vargas: la nacionalización del petróleo, ideada por el secretario del trabajo, Joao, “Jango” Goulart, llevó al varguismo a un callejón sin salida en cuyo final oscuro le esperaba Carlos Lacerda, El Cuervo, un periodista de derecha vinculado a la oposición golpista, las clases medias indignadas por la corrupción política, los oficiales del ejército, los comunistas y las empresas norteamericanas. Agosto es un intrincado thriller político sobre el poder, pero sobre todo una cavilación sobre la justicia. Atrapado en una red de complicidades, Alberto Mattos, un comisario de policía empeñado en hacer justicia en un país carcomido por la corrupción, es el emblema de la debilidad de los principios éticos y de la fuerza misteriosa de la fidelidad a la justicia.

Años atrás, otro Matos acompañaba a Vilela a la puerta de la penitenciaria para visitar a un extraño convicto. Así empieza El caso Morel (1973), una meditación sobre los pasajes que comunican al sexo con el crimen y la muerte. No sería una exageración afirmar que en esta novela ya estaba todo Fonseca: la habilidad para el diálogo, las destrezas del suspenso, las indagaciones sobre el mal y la reflexión sobre la literatura. Se trata de una novela que se escribe dentro de otra: un escritor, Morel, necesita recordar y escribir sobre los hechos que lo llevaron a la cárcel. En El caso Morel aparece el personaje originario de la obra fonsequiana: el hombre que hace de la investigación policial y los trabajos literarios una indagación sobre la vida pública y los laberintos de la intimidad. A ese linaje pertenecen Paul Mendes, alias Mandrake, en El gran arte; Guedes y Flavio en Bufo & Spallanzani; de nuevo Flavio en Del fondo del mundo prostituto…; el narrador anónimo de Grandes emociones… y el memorialista de Diário de um fescenino, Diario de un libertino (2003). Fescenino, una palabra clave: “Fescenino [del latín fescenninus]: Adj. y S. M. 1. que tiene carácter obsceno, licencioso, difamador, libertino. 2. género de versos licenciosos e injuriosos, muy cultivados entre los antiguos romanos; o aquello que se dice sobre ese género; Adj. 1. relativo a la poesía y a los habitantes de la antigua Fescenia, Italia”. El diarista fescenino afirma: “Siempre he preferido que las personas que conozco no lean lo que escribo, principalmente después de que descubrí que soy una irrecuperable víctima del síndrome de Zuckerman. Así, cuando alguien me dice que leyó todos (en realidad son sólo cinco) mis libros, me dan ganas de salir corriendo. Un colega, escritor poco prolífico, una vez me dijo: ‘¿Sabes cuál ha sido la mayor tristeza de mi vida? Que mi padre murió antes de ver mi novela publicada’. El tipo sólo escribió una novela, que cuida como una vaca que lame a su cría. Ya hizo varias revisiones del libro, siempre procurando perfeccionarlo. Es un buen tipo, seguramente se pone muy contento cuando alguien le dice que leyó su novela. Quisiera ser como él, apegarme fuertemente a alguna cosa mía. Libro, casa, carro, mujer, dinero”.

Otro de los rasgos notables de la obra de Fonseca es la variedad de tonalidades y texturas, la penumbra o la luz meridiana, la oscuridad o el claroscuro. Uno abre una puerta y aparece la sala de un sórdido crimen; la cierra, abre otra y se ilumina una escena de humor magnífico y toques satíricos irrepetibles. Esto pasa con la obra cuentística de Fonseca, tan intensa y compleja como sus aventuras novelísticas. Fonseca no es un novelista que escribe relatos, sino un cuentista de raza, en la escala de Maupassant y Chéjov, Updike o Capote. Así lo demuestran los catorce libros que ha escrito entre 1963 y 2013, de la publicación de Los prisioneros a la aparición de Amalgama. En el vasto y complejo mundo de sus relatos aparecen con una indómita energía creativa los grandes temas de la literatura narrados con el magnetismo hipnótico de un maestro del suspenso. La tensión dramática de los cuentos de Fonseca ha repasado los laberintos solitarios de las grandes ciudades, la política, la violencia, el sexo, el amor, la droga, la muerte; en unas cuantas palabras: el alocado huracán de las pasiones humanas. Los cuentos de Fonseca son realizaciones del relato clásico y también exploraciones modernas, incluso de postvanguardia. Fonseca ha liberado una vez más al cuento. Todo se lo ha permitido: el monólogo, el guión, la obra de teatro, el poema, la sátira. El relato fonsequiano es una ofrenda en el altar subversivo de la forma y una parábola de la libertad artística. Estamos ante un escritor que ha transformado el cuento moderno. Propongo dos ciclos, no necesariamente temporales. Aunque en esa provincia de sueños desaforados las fronteras son invisibles, el primero se cumple en su mayor parte en la vasta zona de la violencia y el mal: Los prisioneros, El collar del perro (1965), Lúcia McCartney (1967), Feliz año nuevo (1975) y El cobrador (1979). El segundo transcurre después del periodo de furia novelística, un estudio transgresor de la vida cotidiana: Romance negro y otras historias (1992), El agujero en la pared (1995), Historias de amor (1997), La Cofradía de los Espadas (1998), Secreciones, excreciones y desatinos (2001), Pequeñas criaturas (2002), Ella y otras mujeres (2006), Axilas y otras historias indecorosas (2011) y Amalgama (2013).

La novela corta, nouvelle en el sentido francés de la palabra, ha sido otra de las zonas donde Fonseca ha fincado su poder narrativo. Éste es el género ardiente de las dos novelas que integran Mandrake. La Biblia y el bastón (2006). El primer relato empieza con la revelación de un gran arte narrativo: “Mi nombre es Mandrake. Soy abogado criminalista. El caso que voy a relatar comprueba, como dijo alguien cuyo nombre no recuerdo, que la verdad es más extraña que la ficción porque no está obligada a obedecer a lo posible”. Mandrake regresa al mundo fonsequiano para descubrir al culpable de la desaparición de la Biblia de Maguncia, uno de los primeros libros impresos en la imprenta de Gutenberg. El extraño club de los Bibliomaniacos entre los que se cuentan los principales sospechosos del robo conforma el teatro de la condición humana en donde se imponen la codicia, la mentira, la traición y la muerte. En el segundo relato ha desaparecido el bastón Swaine de Mandrake y con él se ha cometido un crimen. La movilidad temática de Rubem Fonseca le ha permitido contar la vida violenta de la favela y la exuberancia ridícula de la alta sociedad brasileña. Fonseca es un crítico social, pero sólo a condición de enmarcar ese gran fresco social bajo la admonición que el escritor brasileño ha puesto al frente de su obra: “Toda gran visión de la realidad es producto de la imaginación. Como quiso Berkeley, una realidad siempre es una realidad de la imaginación”.