Elena Garro La estación de los fugitivos

Elena Garro <br>
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Por:
  • fernando_iwasaki

Un archivo de la CIA

En los archivos de los servicios de inteligencia norteamericanos hay una ficha con el nombre de Elena Garro. La descripción de los informantes de la CIA advierte que políticamente parece católica tradicional y en su admiración por la cultura alemana en ocasiones exhibe atracción por el nacional socialismo. A pesar de contar con sus confidencias, los agentes de inteligencia desconfían.

No es un testigo fiel de los hechos. El reporte aclara que con frecuencia “tiende a romantizar los acontecimientos”. La conclusión es abrumadora, pero cierta: no distingue la frontera entre la realidad y la fantasía en su vida.

Un perfil elaborado por agentes de inteligencia extranjeros radicados en México no es la mejor fuente de información sobre una personalidad literaria, lo reconozco, menos si hablamos de una escritora que vivió entre fugitivos y aprendió a encubrir su identidad en una trama de ficción.

¿Quién es esta escritora tan imaginativa que debe ser vigilada por los servicios de inteligencia de Estados Unidos? ¿Qué tan confiable es el reporte de unos informantes ajenos a la vida cultural de una autora como Garro? ¿Sus afinidades literarias educadas en la cultura alemana la convierten en simpatizante del nacional socialismo? ¿Cómo desentrañar la ficción de la vida, cuando dedicó su obra a encubrir sus pasos, como lo haría un prófugo?

Elena Garro vivió en una época de persecuciones: religiosas, ideológicas, segregacionistas. Muchos de sus amigos escritores compartieron ese sentimiento de angustia, propio de una época dominada por el terror. Con sus distintas denominaciones: persecución religiosa, nazismo, estalinismo, racismo. La guerra es el telón de fondo en sus obras y más que rememorar la violencia de las batallas, recrea la atmósfera funesta que alimenta la aflicción y el desencanto. Los recuerdos del porvenir ocurre en el ambiente de la Cristiada. En Las memorias de España retoma su viaje a la Guerra Civil. En sus demás relatos y novelas se respira ese aire de zozobra y desesperanza que acompañó las hostilidades de la Guerra Fría, hasta alcanzar el punto de quiebre en la desgracia del movimiento estudiantil de 1968. Un punto de no retorno que la hundió en el autoexilio.

Ante las constantes insinuaciones de síntomas paranoides, Garro refutó a los detractores:

Si yo tengo delirio de persecución, no soy la única, lo padecemos millones en el mundo. Todos los que se han escapado de Indochina, de China, de Rusia, de Alemania, de España; 400 mil tenían delirio de persecución cuando huyeron de Francia ¿no?... Es que vivimos la época de los grandes desplazamientos... Y yo me fui de México porque me espanté. Si te acusan de ser el organizador, ¿no te espantas?

El incidente que despertó estas sospechas de los agentes de inteligencia fue la presencia del asesino de John F. Kennedy en México. Según la versión de Elena, Lee Harvey Oswald asistió a una fiesta que organizó la embajada cubana en septiembre de 1963. Lo describió como un joven beatnik. Más tarde le contó a un funcionario norteamericano que una amiga suya, Silvia Durán, se había acostado con Oswald. Los agentes de la CIA, ¿podían confiar en sus palabras? Su relato podría ser el comienzo de una novela, más que una evidencia real. Las dos Elenas, madre e hija, insistieron y después del asesinato de

Kennedy corrieron a la representación diplomática cubana y desde la calle les gritaron ¡asesinos!, ¡asesinos! De inmediato la seguridad las retiró del lugar y les pidió que no revelaran lo que sabían. Poco tardó la CIA en confirmar el dicho de Garro. No había mentido sobre Oswald. Estuvo en la fiesta y salió con la misteriosa mujer.

Quizá Octavio Paz acierta al compararla con una ola. Elena era inasible, como una ola. Así plasmó, en su poema en prosa Mi vida con la ola:

Su presencia cambió mi vida... ¡Cuántas olas es una ola y cómo puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un pecho, una frente que corona de espumas! [...]

El amor era un juego, una creación perpetua. [...] Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba arriba, en lo alto del vértigo, misteriosamente suspendido, para caer después como una piedra, y sentirme suavemente depositado en lo seco como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en esas aguas [...]

Los días nublados la irritaban; rompía muebles, decía malas palabras, me cubría de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escupía, lloraba, juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, a las estrellas, al influjo de la luz de otros mundos cambiaba de humor y de semblante de una manera que a mí me parecía fantástica, pero que era fatal como la marea.

La memoria

inventa y borra

Persiste la tentación de leer a Elena Garro como víctima, como una mujer que sufrió la opresión del machismo. No coincido. Más que víctima, tuvo la agudeza de los fugitivos para eludir a tiempo a sus perseguidores. Pero tampoco aspiro a una interpretación más adecuada. No encontré una veta oculta para explorar en sus textos. Mi lectura consiste en examinar vasos comunicantes. Si algo aprendí leyendo su obra fue que no hay una forma correcta de desentrañarla porque la verdad no radica en una fórmula lógica:

“Si A, siempre B”. Leer es un modo de imaginar, no de juzgar. Elena se divertía refutando, una a una, todas las categorías que los críticos literarios usaron para calificarla. No aceptó ser parte del llamado realismo mágico ni se identificó con los movimientos feministas. Tampoco es una novelista de denuncia social a la manera de Rosario Castellanos. En sus relatos, la presencia de los indios juega un papel central para encarnar el misterio de lo real y desdoblar la verdad en su dominio imaginario y mágico. Más que una condena de la injusticia o de la discriminación, Garro toma esas protestas políticas y las transfigura en una rebelión metafísica contra una modernidad desencantada.

Cómo acercarse a una autora cuyo mayor deseo es escabullirse y no ser reconocida. Elena Garro imaginó su obra, tanto como su vida, encerrada en un laberinto de espejos, donde la identidad se pierde en un conjunto incierto de imágenes que alteran nuestro rostro, multiplicado y mutilado en reflejos rotos. Como escribe en Testimonios sobre Mariana, “hay personas parecidas a la luna, con una cara siempre oculta”.

Las fechas ayudan muy poco para reconstruir su cronología. Confunde días y años. Intercambia etapas. Nadie puede determinar con precisión cuándo escribió sus libros. Hacemos conjeturas. Por ejemplo, ¿cuándo concibió Los recuerdos del porvenir? No es una pregunta ociosa. ¿Fue antes de la publicación de Pedro Páramo de Juan Rulfo? Sus amores tampoco respetan las leyes del calendario. De su relación con Adolfo Bioy Casares reconoció nada más tres encuentros: dos en Europa en 1949 y 1951 y uno en Nueva York en 1956. Elena comprende la vida como un juego literario y una parte de ese juego consiste en disfrazarse, en un juego de ambigüedades e incoherencias que hacen imposible recuperar el pasado de los archivos de la memoria.

A pesar de sus constantes maniobras para eludir a sus perseguidores, es posible señalar cinco etapas en su vida que corresponden con el destino sombrío de su obra:

1) De 1916 a 1936. Su etapa de formación al lado de su familia. Con una figura paterna con una presencia literaria relevante.

2) De 1936 a 1959. La etapa de su relación con Octavio Paz. Sus inicios como escritora, primero como dramaturga. El viaje a España en 1937. Su vida en Estados Unidos, Europa y Japón. En esa época conoce el amor loco de su vida: Adolfo Bioy Casares.

3) De 1953 a 1960. Regresa a México, en estos años participa en Poesía en Voz Alta y junto con Juan de la Cabada, realiza un argumento para la película Las hermanitas Vivanco. En 1960 retoma su vida en París.

4) De 1963 a 1972 reside en México, ya separada de Octavio Paz. Publica Los recuerdos del porvenir. Gana el premio Xavier Villaurrutia. Se involucra en los movimientos campesinos y participa con Carlos Madrazo en un intento fallido de renovación del PRI. Su enfrentamiento con los intelectuales en 1968 tendrá consecuencias ominosas para su futuro literario. Pero más grave aún fue cómo sus declaraciones justificaron las denuncias contra sus propios amigos.

5) De 1972 a 1993 vive en tres distintas ciudades. Primero, en Nueva York hasta 1974. Después, solicita asilo en España, y obtiene la nacionalidad española en 1977. Ya en 1981, deja Madrid para instalarse en París hasta 1993, cuando regresa a vivir a Cuernavaca. Muere el 22 de agosto de 1998.

Reconozco que es arbitrario dividir su vida en este orden. ¿Cuál es el orden de Elena Garro? Muchos amigos y expertos en su obra comentan extrañas manías que la acompañaron. Unos la llaman mitómana, otros atestiguan su despilfarro de dinero en frivolidades, la mayoría previene sobre su delirio de persecución. Por ciclos se asoman estados de euforia y crisis de melancolía. Acaso vivió como una inadaptada.

Su fecha de nacimiento, matrimonio y divorcio son datos que fueron motivo de polémica. ¿Por qué mentía con los aniversarios? En sus entrevistas dice que nació en 1920. Casi al final de su vida, Octavio Paz aclaró esos equívocos insignificantes del calendario:

Ya es hora de que se sepa la verdad. Yo ya cumplí 83 años y ella cumple 80 años el mes que viene. Nos casamos en 1937, mi hija nació en 1939. A pesar de que vivíamos bajo el mismo techo, muy pronto comenzamos a tener vidas separadas. Esto no era nada insólito en el mundo moderno. Lo que ha sido insólito es la obstinación de Elena Garro conmigo.

¿Quién es en verdad Elena Garro? ¿Tiene sentido preguntarlo? ¿De verdad hay alguna forma de conocer a otra persona? ¿Cómo logramos obtener esa confesión que cumple con las condiciones de ser verdadera? ¿Quién decide que lo que conocemos de alguien es la verdad sobre esa persona? Una antigua sentencia del oráculo de Delfos nos invita a conocernos a nosotros mismos: no es mejor la opción de dejar de ser lo que somos y desaparecer.

Los fugitivos viven ese dilema. Huyen de su rostro ante la mirada del espejo.

Quieren dejar de ser lo que fueron. De ese drama de identidades está construida la prosa de Elena Garro. Novelas como Testimonios sobre Mariana muestran que la suma de los testigos no ordena todas las piezas de un rompecabezas. Esas voces dejan huecos, donde se pierden indicios y se confunde la verdad con las distintas caras del engaño. No somos

los mismos para todos aquellos

con los que interactuamos. Cada uno tiene un pedazo nuestro y su parte no compone un todo. Somos un conjunto de fragmentos dispersos.

Conocer a Garro es tan intrincado como desentrañar los motivos de un desertor. Ningún interrogatorio es definitivo. Las dudas persisten. ¿Cuál era su ideología política? ¿Por qué se involucró de esa forma con Carlos Madrazo en la renovación del PRI? ¿Cómo fue su relación con Octavio Paz? ¿En verdad Bioy Casares fue el amor de su vida? ¿Por qué decidió atacar a los intelectuales en 1968? ¿Cuáles son los vasos comunicantes entre sus narraciones y la literatura alemana? Estas interrogaciones

tuvieron respuestas. El problema es que se contradicen.

Su propia hermana Debaki testifica ese afán de contrariar con sus alegatos ideológicos. Garro ama confundir a sus lectores.

Ella era de derecha y sigue siendo de derecha, y nadie lo creía porque la oían hablar como de izquierda. Ella pensaba en devolver a los zares al poder... nadie la entendió, ni ahorita tampoco, porque sus opiniones son muy duales: cree en un sistema gobernante puesto por la mano de Dios pero que sirva realmente a su pueblo, algo que es absurdo, que no se va a dar nunca.

Su vocación literaria era alérgica al rigor de las clasificaciones estrictas y al espíritu del juicio lógico. Afirmar que piensa tal o cual cosa sería arbitrario. Con frecuencia oscila entre posturas contradictorias. Su presencia provoca perplejidad y obliga a los demás a cuestionar el valor de sus certidumbres.

Quienes la conocieron consideran que su ánimo polémico, a veces francamente heterodoxo, retrata una personalidad voluble e insegura. Garro discrepa. La coherencia no es una virtud, es una cualidad vegetativa. Siente aversión a ser inmovilizada en un significante. Porque la escritura, como el deseo, crece en la ausencia. La nostalgia es su inspiración. La pérdida del paraíso como tema recurrente.

Con ese ánimo de melancolía, Los recuerdos del porvenir recrea la destrucción del edén y la derrota de la inocencia. A su manera es una réplica en prosa del poema de López Velarde, El retorno maléfico. A partir de una relectura de la rebelión cristera evoca la expulsión del paraíso. Tras la mutilación de la memoria, recrea la subversión en el edén que fue acallada por los generales y su festín de balas y fusilamientos. Garro revive una infancia que secuestró la guerra y profundiza en el tono de “una íntima tristeza reaccionaria”. Más que un sueño de progreso, el nuevo régimen revolucionario sembró una pesadilla con sus amenazas y persecuciones.

Como la narradora de nuestra iniciación en la modernidad, registra el choque cultural que se vivió en el mundo rural, donde las costumbres mágicas conviven con la cultura de la tierra. La insistencia de Isabel Moncada de montar una obra de teatro muestra cómo la razón moderna ha desterrado la fantasía. Felipe Hurtado reclama: “Lo que falta aquí es ilusión” y como bien lo sabe Elena, en palabras de Schiller: “Sólo la ilusión es vida, conocer es la muerte”. La novela presenta en tres escenas la intrusión de lo fantástico: la huida de los amantes, el asesinato del sacristán y cuando Isabel se convierte en piedra.

Su reivindicación de la Cristiada no tiene un sentido ideológico o religioso. Busca redimir un México olvidado. El México abrasado por la fuerza de la modernidad. El México mágico aniquilado por la empuñadura del rifle revolucionario y la maquinaria de la modernidad. Si Elena Garro defiende el lado de los menos favorecidos: los católicos, los indios y los perseguidos, no es por ser antagonista al sistema; su anhelo es recuperar ese dominio fantástico, oculto en la penumbra de una realidad, demasiado iluminada por la luz del progreso.

Su obra completa no tiene otro tema: escribe contra y con el desencanto del mundo. Negarse a reconocer la pérdida del sentido mágico del mundo. La cara oculta de la luna encierra el lado oscuro, esa región donde gobierna la imaginación y residen los fantasmas.

La cuestión principal radica en pensar: qué nos hace ser eso que somos. Como relata en Testimonios sobre Mariana, nuestra identidad está sujeta a la mirada de los demás. Qué piensan, qué saben o qué esperan de nosotros. Los demás son quienes reclaman congruencia en nuestros actos. Sin aceptar que “la verdad tiene tantas caras como la mentira”, y acaso las mentiras son la protesta de un reino perdido, donde fuimos otros.

La mujer

de los gatos

El 26 de mayo de 1992 escuché por primera vez el nombre de Elena Garro en la Casa de México en París. Tras un largo exilio, nuestra más talentosa escritora era una desconocida en los círculos literarios. Vilma Fuentes conversó sobre su amistad.

Unos años después visité Cuernavaca para conocerla en persona. En aquel exilio íntimo, último escondrijo de una fugitiva.

La visité en su departamento como jungla o reino mágico. Desde la calle se observan las ventanas cerradas con persianas de madera. Sus vecinos no la aprecian. A la inquilina la conocen como la mujer de los gatos. El cubo de la escalera huele a orines. De lejos semeja una bodega más que un hogar. Por un pasillo estrecho

con un balcón de cemento blanco que da al estacionamiento llego hasta una puerta con mosquitero. Me recibe Helena Paz.

—Está dormida.

Su tufo alcohólico es crudo. El rostro descompuesto. Viste un camisón anticuado, de tonos ocre. Un cabello enmarañado. En las manos carga un pequeño cofre, pero no alcanzo a ver qué resguarda.

—No sé si podrá verlo. Está muy enferma. Exhausta. No tenemos agua y el refrigerador no funciona.

Escucho del otro lado de la malla del mosquitero una voz. Es Garro:

—Nos quedamos sin servidumbre. No se puede confiar en nadie. ¿Quién quiere entrar?, pregunta sin interés.

—Otro periodista, contesta su hija.

—Déjalo pasar.

La entrada está obstruida por un sillón individual cubierto con una sábana.

Esquivo el obstáculo y casi tropiezo con una hielera donde flotan cajas en un charco de hielo derretido.

—La sirvienta acuchilló el refrigerador con un picahielos, antes de renunciar, me explica Helena Paz como si fuera algo usual.

Me asomo a ver los libreros del comedor. Hay títulos sobre la KGB y la CIA.

Nada de literatura. Una colección completa de informes sobre espionaje de toda clase de agencias secretas. También varias repisas de libros sobre historia de la revolución rusa y biografías de los zares. Un título me sorprende: la biografía de Céline, uno de los escritores colaboracionistas proscritos después de la Segunda Guerra Mundial.

El desorden es enorme. Todo está fuera de lugar, como si la mudanza no hubiera terminado.

Garro se recuesta en un sillón destartalado, hunde la curvatura de su propio cuerpo que ha deformado los cojines. Me mira aburrida. Ya no le importan las entrevistas, ni los críticos literarios, ni siquiera su propia obra. A sus espaldas un tubo de oxígeno es su última conexión con el aire limpio de su infancia en Iguala.

Antes de poder comenzar la conversación, me recrimina como si yo fuera responsable:

—En esta ciudad no hay banquetas. Nadie puede salir a la calle. París no es así. Ahí podías caminar.

No quiere hablar de literatura. Evade mi primera pregunta. Recuerda la muerte de su tío Boni, al contarlo comete un lapsus. Alcanzo a escuchar que fue un suicidio. Desvía la conversación y explica que su hermana era comunista y fue amiga del guerrillero Rubén Jaramillo. Mientras conversamos ha llegado un doctor. Los accesos de tos son más frecuentes. El enfisema avanza y casi no puede respirar. Su hija discute en voz alta con el médico.

—Mi madre no quiere curarse. Se quiere morir.

Elena aleja el respirador de oxígeno y enciende otro cigarro.

—Si están con secretos, no voy a tomar más medicinas.

Al salir de esa madriguera, comprendí que debajo del disfraz no hay algo así como una auténtica personalidad. En el ritual de la despedida todos somos iguales a nuestras máscaras y Elena fue una maestra en el juego de simulaciones.

La biblioteca alemana

En su infancia, Elena Garro frecuenta la literatura alemana. La biblioteca de su padre resguarda libros esenciales de autores del romanticismo alemán. Nada raro en los libreros de un lector español culto. José Ortega y Gasset, Miguel Unamuno y Pío Baroja se educaron en esa escuela filosófica. Las ideas románticas abrieron un río subterráneo en la cultura moderna.

Los agentes de inteligencia norteamericanos no se equivocan: el espíritu alemán ronda las ficciones de Garro. Casi no se ha indagado este ascendente literario. ¿Qué entraña su filiación romántica? Encuentro cinco pasajes donde sus tramas y estilo literario confluyen con los temas del romanticismo alemán.

No concuerdo con quienes la definen como precursora del realismo mágico. La obra completa de Elena Garro comparte los registros del canon fantástico, como advirtieron Borges y Bioy Casares en su antología. Desde sus primeros cuentos y obras de teatro, hasta su obra máxima Los recuerdos del porvenir.

Una vez le preguntaron por qué admiraba a los autores alemanes y contestó:

—Porque los escritores alemanes planearon la batalla del hombre moderno. Al lado de Goethe, Kleist, Tieck, Hoffmann, Novalis, Herder es el primero en pronunciarse en contra de la idea utilitaria del progreso. Está Buchner, el primer materialista revolucionario, y el primero también en plantear la lucha de clases. Hegel, Marx y Engels vienen después. Y debatiéndose dos corrientes, los poetas Heine y Nietzsche... ¿No te gusta “Atta Troll”?...

Además, el realismo mágico de Novalis abrió las puertas de la ciencia moderna, basada en la intuición y en la imaginación... El paso del hombre hacia lo maravilloso lo dieron lo s poetas alemanes.

Los cinco pasajes que conectan con la literatura fantástica alemana son:

1) La crítica del racionalismo cartesiano que mutila el espíritu humano. Novalis se rebela contra ese desencanto moderno y proclama la romantización: hacer extraño lo conocido. Algo que los críticos rusos llaman desfamiliarización: descubrir que en lo cotidiano, en lo más conocido, está presente lo fantástico, la extrañeza, lo monstruoso. Porque en nuestra realidad ordinaria, el artista percibe esa materia irreal de la imaginación. Maupassant aclaró esa disputa: la literatura fantástica existe gracias a la voluntad racionalista de extirpar los reinos imaginarios.

2) La revuelta de la imaginación, que reivindica el arte como el camino a la verdad. La ciencia materialista elabora demostraciones matemáticas. Su personaje, Juan Cariño, en su locura, aprende una misión delirante: identificar y capturar aquellas palabras que contienen un designio maligno.

3) Lo siniestro. Una figura literaria que Freud convirtió en parábola del sujeto moderno. Un individuo siniestro es el portador de maleficios y designios funestos, tan solo cruzarse con él empuja al infortunio. Los objetos animados entrañan un semblante siniestro. La experiencia del déjà vu también lo es.

Las imágenes de descuartizamientos, como en “Perfecto Luna”, donde pregunta: “¿Qué le pasa a un muerto despedazado? Pues se vuelve loco, muchacho, buscando sus pedacitos”. Un verso de Rilke lo aclara: “la belleza es el comienzo de lo terrible”. Esta conjunción entre lo terrible y la belleza abre un campo fértil para la literatura y es la rebeldía estética contra la moral.

4) La noción del tiempo. Mientras la modernidad triunfó con su imagen del progreso, Garro rescata la concepción circular. El eterno retorno, así lo expresa su personaje Martín Moncada, no hay progreso en el veloz devenir de las horas. Nada más existe el instante y “el porvenir era un retroceder veloz hacia la muerte y la muerte el estado perfecto”.

5) El yo dividido. Como ninguna otra escritora mexicana en el siglo XX, Elena Garro narró la historia de la escisión del yo, donde crece una zona oscura, fuente de la locura y la fantasía, reino de la imaginación y el caos. Esa ruptura del sujeto descubre los fantasmas de un continente inexplorado, el inconsciente. Campo de cultivo de nuestras pasiones, terrores y fantasías.

Con el mismo ánimo romántico educado en la decepción, Garro fue una furiosa antagonista de la Revolución, entendida como progreso social. Su perfil político es enigmático, pero más que oponerse a las injusticias sociales, lo que la desafía es el desorden. Su actitud escéptica ante la modernidad proviene del desencanto de los románticos alemanes frente a la guillotina francesa. La historia enseña a desconfiar de los revolucionarios. Esos gritos de libertad despertaron el terror.

En un diálogo de su obra de teatro Felipe Ángeles, recapitula ese destino trágico de las revoluciones:

¿No ve, abogado, que un revolucionario en el poder es una contradicción? ¿Y que asesinar a los revolucionarios en el nombre de la Revolución es una consecuencia de esa misma contradicción?

Elena vivía en Francia cuando iniciaron las detenciones y los juicios a los escritores colaboracionistas. Algunos eran sus amigos. La cuestión que se repetía en los cafés parisinos era aciaga: ¿Debe castigarse a los escritores por colaborar en sus textos con el enemigo? Más de uno terminó en el ostracismo. Condenado. Décadas después, a Garro le esperaba un final semejante.

Persigo a un personaje literario huidizo. A quien afirma que su vida fue fascinante como sus libros, pero cuya biografía más bien es una trama o una confabulación más de sus libros. En cada una de sus confesiones encierra una controversia. Su figura semeja una imagen reflejada en el agua, que pierde su perfil hasta desfigurarse y volverse grotesca. Entre sus conocidos nadie quiere contarlo todo. Siempre saltan evasivas. Tal vez cuando las aguas al fin se aquieten nada quedará de su reflejo.

Mi interrogante sigue abierta: ¿Quién se oculta bajo su nombre?

¿Quién fue Elena Garro?

La historia del pequeño Matteo —un niño de ocho años natural de Marchesi di Copparo— tiene el perfume de los grandes relatos, pues ha creado una palabra que la Academia Italiana ha incorporado a la norma después que cientos de miles de italianos la utilizaran a través de sus redes sociales. Matteo describió a una flor como “petalosa” (en italiano el sustantivo fiore es masculino), pero su maestra no se limitó a señalarle que aquel adjetivo no existía, sino que lo animó a escribir a la Academia Italiana para que considerara añadir la nueva voz a la lengua del Dante. La Accademia della Crusca respondió ponderando la originalidad de la voz (petaloso = pleno di petali, con tanti petali) y manifestó su voluntad de incorporarla a la norma en cuanto quedara demostrado su empleo masivo. Twitter y Facebook se encargaron de volver viral la cualidad “petalosa” de las flores y así floreció “petaloso” en italiano.

Me figuro feliz al pequeño Matteo, aunque no mucho más que sus padres. También imagino radiantes a sus compañeros de clase y a la maestra

Margherita Aurora, por no hablar de los vecinos de Marchesi di Copparo. ¿Alguien duda de que en aquel pueblo de la provincia de Ferrara no va a brotar una generación de poetas, literatos y humanistas? Rubén Darío fue enviado a recitar delante del presidente de Nicaragua cuando todavía era un niño, con la finalidad de conseguir una beca de estudios. El pianista chileno Claudio Arrau recibió una beca para estudiar en Berlín, porque el presidente Montt quedó deslumbrado ante su prodigioso talento infantil. El pequeño Matteo quizá no sea un mago como Arrau o Rubén, pero su historia es tan mágica como la de cualquiera de los dos.

No corren tiempos propicios para la lectura, las humanidades y la escritura, pues la prensa espectacular busca niños cocineros, niños futbolistas

y niños cantantes, aunque miles de niños de todo el planeta sean lectores, toquen instrumentos o saquen notas excelentes. Por eso celebro la breve popularidad del piccolo Matteo, pues los aplausos de esta hora son bienhechores también para miles de niños invisibles que pueblan los teatros, las bibliotecas y los conservatorios. Me alegra que los niños italianos puedan percibir el coruscante poder de las palabras a través del buen suceso de la voz “petaloso”.

Sin embargo, la buena fortuna de la voz “petaloso” no sería posible en nuestra lengua, porque el italiano es un idioma que apenas tiene 64 millones de hablantes y sólo en México ya tenemos más del doble de hispanohablantes. ¿Cuántas palabras sorprendentes inventarán al año los escolares de Oaxaca, Puebla, Guadalajara, Monterrey o Guanajuato? ¿Cuántas de esas palabras tendrían alguna posibilidad de entrar en el universo de mexicanismos y algo más tarde en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua? Extrapolemos este razonamiento a Honduras, Ecuador, Paraguay o Nicaragua y las posibilidades serán todavía más remotas, pues el número de habitantes prefigura el impacto de cualquiera de esas comunidades en la lengua española. Quizá México, Argentina o Colombia puedan influir demográficamente. Tal vez Cuba por su importancia cultural o el Perú por su auge gastronómico, pero paremos de contar. Y que conste que estoy persuadido que en América Latina tiene que haber miles de niños como Matteo, creando voces originales, chispeantes y sonoras.

Con todo, la historia de Matteo es un rayo de sol en la penumbra cultural de nuestros días, pues hoy por hoy apenas hay margen para las noticias que no son ruines, deprimentes o miserables. Una historia bella sin ser empalagosa y un desenlace feliz que de ninguna manera es cursi. Si Matteo crece consciente de su hazaña, quizá el día de mañana sea publicista o community manager, pero ahora mismo tiene todos los pétalos para ser poeta. Matteo no lo sabe, pero é più petaloso che tutti i fiori.

William Carlos Williams (1883-1963) nació y murió en Rutherford, Nueva Jersey. Médico de profesión, es uno de los más emblemáticos poetas modernos de Estados Unidos. También incursionó en la narrativa (cuento, novela) y en el ensayo. En sus versos se percibe el ritmo del habla popular, lo cual tiene mucho que ver con la oratoria de los inmigrantes que se asentaron en Nueva Jersey a principio del siglo XX. Primera etapa imagista cercana a Hilda Doolittle y Ezra Pound. Superado el imagismo, William Carlos Williams publica textos de gran sencillez expresiva.

Paterson (Conaculta, Aldus, 2015), de William Carlos Williams —traducción al castellano de Hugo García Manríquez—, es uno de los poemas extensos de más trascendencia en el desarrollo de las posibilidades expresivas de la lírica anglosajona. Walt Whitman, Ezra Pound, Wallace Stevens, Robert Frost,

Marianne More, T. S. Eliot y Louis

Zukofsky, entre otros, conforman una nómina de trovadores que exploraron los patrimonios del poema de largo aliento. “Paterson es la América de Whitman, crecida patética y trágicamente, brutalizada por la desigualdad, desestructurada por el caos industrial y de cara a la aniquilación”, escribió Robert Lowell.

El autor de Cuadros de Brueghel (1962) estructura una suerte de crónica heroica, “biografía épica”, en que el acoplamiento de sucesos e imágenes superpuestas de estrofas, prosa disgregada, comentarios mitológicos, onomatopeyas y fragmentos de publicidad convergen en un collage de fluida consumación en los interludios de la elegía y el cántico: “Reconcíliate con tu mundo, poeta, ¡esa es / la única verdad! // ¡Ja! // —el lenguaje se agotó. // Y Ella— / ¡Me has abandonado! // —ante el sonido mágico de la corriente / ella se lanzó sobre el lecho— / ¡un gesto despreciable! Perdida entre palabras”.

¿Monk leyó los versos del autor de Spring and All? Dudo que el pájaro desamparado que fue Parker haya tenido noticias de los salmos del poeta-médico. Gillespie en un concierto en París dedicó “Ornithology” a “un poeta que hace bebop con palabras, se llama William Carlos Williams”: soltó una carcajada en scat, los cachetes se le llenaron de aire sincopado y tocó risueño los quince minutos que dura esa pieza de indiscutible contigüidad williamsiana. Música que se regodea en ostinatos cortejados por cuerdas que dialogan con pujanzas percutivas de bombos que enaltecen “ladridos de perros blancos / —bajo un techo como aquel de San Lorenzo”. Belleza estremecida a la intemperie. Silencio somnoliento en las ruinas. Piedades carcomidas por un viento sucio y malogrado. “El mundo es pura / ingratitud”.

Habla que se recita en el reclamo de cuervos hambrientos: lo trágico de un balanceo entre eternidades y presencias y podredumbres y hedores.

En tiempos en que la consigna del artista apela al distanciamiento emocional, la figura de Demián Flores irrumpe con virtuosismo visceral. Antropofagia, once aguafuertes, tunea las imágenes que el artista holandés Theodor De Bry confeccionó sobre el Nuevo Mundo a partir de la visión de terceros, él jamás puso un pie en nuestro continente. Este trabajo continúa la serie en que intervino Los desastres de la guerra de Goya. Ambos proyectos sobrepasan el mero hecho del realismo alterado para establecer un vínculo entre la teoría y el espíritu. Despojar al arte de la excesiva dependencia de la interpretación que sufre en el presente. Con la reapropiación de los elementos, Flores pone el dedo en la llaga en cuanto al tratamiento de la violencia en lo político, lo histórico y lo simbólico. Lo que sitúa al espectador frente a un estruendo conceptual.

La labor de Flores discurre por un campo indeterminado, trasciende la mera radicalización de un discurso, adopta prácticas de los viejos maestros para corromperlas e instaurar una nueva memoria. Es en la construcción de una nueva memoria donde reside la preocupación estética de Antropofagia. Donde termina el retablo, el grabado, la imagen, comienza la leyenda negra. El despojo se convierte entonces en la principal herramienta de trabajo de Flores. Y emprende una ruta hacia la resignificación de todo lo que nos ha restado la memoria. Con su intervención Flores despoja lo plañidero que permea las obras de De Bry. Pero eso sólo es el principio de la cadena.

Despoja a la realidad de la versión oficial, establece un nuevo huerfanismo del copyright, despeja al presente del ready made asumido por la museografía. Si bien es un hecho que Antropofagia es una serie que se exhibe en un museo, la obra de Flores no transcurre en el museo.

Y es precisamente su cualidad antinatural la que obsesiona a Flores. Su sensibilidad transita por documentos anclados en el pasado pero de raigambre rabiosamente contemporánea. Notario histórico es una figura con la que fantasea el estudio de la historia. Consiste en la autoridad de un historiador para dar fe histórica a los hechos. Un disparate. Para contar con tal facultad el historiador debe remontarse al momento exacto en que se produjo el hecho. Pero desde su tarea Flores consigue erigirse como un notario histórico. Con la distorsión que infringe a De Bry fija la memoria nueva. A nadie le interesa certificar si en verdad las cosas ocurrieron tal y como lo refleja en De Bry. Tomamos por verdadera la notaria estética de Flores. Y nadie pone en duda que la visión (construida a partir de leyendas) sea la auténtica.

Antropofagia parte de un cuestionamiento político-social, pero más que nada es una crítica de los procesos. La disección del trasunto creativo también incide en la edificación de una nueva moral (o la ausencia de ella). La interrogante de todos los elementos que se ponen en juego al momento de la revivificación de la obra se ven inspeccionados en el trabajo de Flores. El contraste de la vida cotidiana correspondiente a De Bry y el presente se desdibuja. Pero más allá del contenido, también el de la obra misma al momento de su ejecución. Es el orfebre histórico que se mueve por territorios atemporales. Que ocurren dentro del aguafuerte pero que obedecen a la oralidad fantasma en la se fundó la visión de De Bry desde un inicio. El espectro como materia principal del derramamiento de sangre.

No es la temática lo que disecciona sino el que procesa. Procesar para Flores es empatar la teoría con el espíritu. Sobresale el planteamiento de una metodología del trabajo como una concepción del sujeto. El trance de unificar lo teórico con el alma. De Bry con el sur. Una visión del ámbito que nos rodea, auténtica y testimonial en su dimensión de dominio sobre la intención de la pieza.

Antropofagia es el paisaje mexicano remendado por la mano del orfebre. El paisaje somos nosotros, dice Flores. A nosotros nos corresponde anticipar.