Hoy cumpliría 122 años

¿Quién fue Ernest Hemingway, el escritor que le gustaba matar?

Ernest Hemingway es un referente de la literatura universal; vanidoso, mujeriego, exhibicionista, alcohólico compulsivo, fue víctima de su propio mito

Ernest Hemingway
Ernest Hemingway posa con su escopeta en la década de los años 50.Twitter
Por:
  • Carlos Olivares Baró .

Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 21 de julio, 1899–Ketchum, Idaho, 2 de julio, 1961) hoy, 21 de julio, cumpliría 122 años: publicó ocho novelas (una de ellas póstuma, París era una fiesta, 1964), tres cuadernos de relatos y un manual de ensayo. Uno de los escasos escritores estadounidenses considerado un icono. Imagen de barba, jersey de lana, mirada penetrante y afligida: al autor de El viejo y el mar le gustaba matar.

Fue iniciado en los rituales de la caza por su padre médico, en medio de un paisaje entre lagos y bosques. El joven Hemingway acompañaba a su progenitor en las visitas a los enfermos de los stocks indios: en esos sitios tuvo los primeros contactos con el dolor y la muerte. Desdeña ingresar en la Universidad y se decide por la escuela de periodismo activo en el diario Star, de Kansas City, como cronista.

Voluntario de la guerra en 1918 es consignado al cuerpo sanitario en la trinchera italiana: episodio decisivo de la iniciación como joven escritor en el impresionante encuentro directo con la muerte, episodio que se verá obligado a exorcizar en la pesquisa de una escritura que reflejara los golpes de la guerra.

De 1921 a 1927, estancia en Europa en calidad de corresponsal de varios rotativos estadounidenses. Radica en París donde establece contacto con la mítica Gertrude Stein, el poeta Ezra Pound, el novelista Fitzgerald y con otros integrantes de la ‘generación perdida’. Años de intensa preparación en la exploración de una técnica narrativa que se enclava en modelos heterogéneos, tanto literarios (Flaubert, Mark Twain, Joseph Conrad, Anderson...) como musicales (jazz, Beethoven, Satie...) y pictóricos (Cézanne, Monet...). “Me interesa restituir la cosa real: la secuencia constitutiva de la emoción por el acontecimiento que la ha generado”, comentaba en aquellos años de búsqueda.

¿Cuáles fueron los inicios de Hemingway en la literatura?

En 1925 publica En nuestro tiempo: colección de relatos breves donde traza la figura del joven héroe venido de la guerra. Aguas primaverales (1926), primera novela de fuerte influjo de Sherwood Anderson. Ese mismo año da a conocer la fábula que lo consagra de manera definitiva, Fiesta: historia de amor entre del joven Jake, impotente a consecuencia de una herida en la guerra, y la vital Brett imbuida en todas las aventuras posibles por la vida. Relato simbólico de la crisis de toda una generación en la figura de Jake.

Adiós a las armas (1929): idilio amoroso en medio del conflicto bélico desde el frente italiano. Muerte en la tarde (1932): ensayo sobre la tauromaquia como “arte del riesgo”; Las verdes colinas del África (1935): crónicas de caza en que Hemingway aparece como personaje. Acreditación del escritor-héroe exponente de gestos marcados por el coraje y la vitalidad física.

Tener o no tener (1937): novela corta que aborda la temática del crimen entre La Habana y Florida. Hemingway da a conocer cuentos en periódicos y revistas a finales de los 30 donde narra típicas experiencias: la caza, la pesca, la corrida de toros y la violencia padecida. Textos que son modelos axiomáticos de la prosa del siglo XX: ímpetu expresivo indispensable en la edificación narrativa de muchos escritores posteriores.

Dos momentos significativos en la trayectoria de Hemingway: Por quién doblan las campanas (1940): novela épica con pasajes vigorosos quizás aminorados por la desproporción sentimental; El viejo y el mar (1952), Premio Pulitzer, 1953: relato cercano a Moby Dick de Melville, en una reflexión sobre la derrota y la persistencia en tensa y nítida prosa. Texto concluyente para que la Academia Sueca le concediera el Premio Nobel de Literatura en 1954.

¿Cómo era la excéntrica personalidad de Hemingway? 

Vanidoso, mujeriego, exhibicionista, alcohólico compulsivo, fue víctima de su propio mito: construyó una imagen como el personaje de una de sus novelas y las novelas que escribió como reflejo de sus incidentes. Llegó a ser el escritor más famoso del mundo. Escribía de pie y se mandaba a sí mismo regalos el día de su cumpleaños, los cuales recibía con cara de asombro.

Cansado, enfermo, deprimido después de intensos periplos por Europa, Cuba e Idaho: consciente de la incapacidad que acechaba su destino de escritor encontró en el suicidio la muerte tantas veces merodeada, la mañana del 2 de julio de 1961 con un disparo en la cabeza con la misma escopeta que utilizaba para matar animales en la selva de África.

¿Cuál fue la relación de Hemingway con La Habana?

Para Hemingway La Habana siempre fue un espacio de curiosidad turística. Se encerraba en su habitación (5º piso S/N) del hotel Ambos Mundos de la calle Obispo, en La Habana Vieja, a escribir. “Esa habitación es un buen lugar para trabajar”, declaró muchas veces. Tenía cerca el bar Floridita y el mar, espacios muy apreciados por él. El Premio Nobel de Literatura 1954 llega a la capital cubana, por primera vez, en abril de 1928 acompañado de su segunda esposa, Pauline Pfeiffer.

Le interesaba la corrida de agujas en la corriente del golfo de la temporada de mayo, junio y julio: después se marchaba. En algunas de esas estadías escribe la excelente crónica “La pesca de la aguja a la altura del Morro”, texto que lo regresa al oficio del periodismo después de varios años sin ejercerlo.

Le interesaba la posada Ambos Mundos por la ubicación: se dirigía cada mañana -después de desayunar (un vaso de agua de Vichy, otro de leche entera fría y una rodaja de pan negro... El mesero llevaba a la mesa del escritor la orden con cierta extrañeza: nada tenía que ver con un desayuno cubano: café con leche bien dulce, huevos fritos y pan blanco tostado con mantequilla...)- a pie al puerto hasta su embarcación mientras disfrutaba el olor a tabaco y a café tostado que salía de los almacenes, cuestión que después recrearía en Islas en el golfo (1970), la novela póstuma que encontraron sus herederos en unos baúles con avíos de pesca y artefactos de caza.

Es cierto, en algunas crónicas y artículos periodísticos el autor de “Los asesinos” hace referencia a Cuba y La Habana; en su obra de ficción, pocas veces. En Ambos Mundos fue el pescador excursionista de paso; en el Floridita, el alcohólico malhumorado y solitario; en la Bodeguita del Medio, el fisgón que pasa unos minutos y sigue.

Es su tercera esposa —principio de los años 40—, la escritora y corresponsal de guerra Martha Gellhorn, quien lo conmina a instalarse en Finca Vigía (San Francisco de Paula, 8 kilómetros al sur de la bahía de La Habana). Al novelista estadounidense no le gusta la idea: está muy lejos del Floridita. Comienza entonces su relación con el pueblito de pescadores de Cojímar (donde tiene atracado su barco de pesca, Pilar): germen de su novela más “cubana”, El viejo y el mar.

Finca Vigía es el refugio cubano del escritor originario de Illinois. Construye una piscina en medio del patio boscoso y contrata a un criado negro que lo obedecía ciegamente. Hemingway nunca amó a esa “isla larga, hermosa y desdichada”, según sus palabras. Le interesaba el sosiego de su clima. Le gustaba ser el excursionista sospechoso que siempre fue.

Veamos: Tener o no tener (1937), su novela quizás más habanera, discurre en un asunto de tráfico y negocios ilícitos cuyos espacios son la costa occidental de Cuba y la Florida. La Habana como escenario de incidencias fortuitas, nunca un actante dramático. Islas en el golfo (1970), suerte de crónica de la vida de Thomas Hudson (¿álter ego?) es, a fin de cuentas, otra narración de pesca cuyo espacio central es el bar Floridita. Daiquirí, recordaciones de pesca, mujeres hermosas, puñetazos, escopeta, gatos, amigos... El alcohol corre tortuoso por los folios de este relato que recuerda al Malcolm Lowry de Bajo el volcán. (Hay cierto parentesco heroico y sentimental entre Geoffrey Firmin y Thomas Hudson). Hemingway y Lowry hubiesen congeniado muy bien.

El pasaje más “habanero” de Islas en el golfo se concreta en los gestos de un personaje, la prostituta Liliana (Leopoldina en la vida real): una mulata de pasmosa belleza (“...hermosa sonrisa, unos ojos oscuros maravillosos y espléndido pelo negro...”), que desquició a Hemingway, la convirtió en su amante. Al autor de Por quién doblan las campanas nunca le atañó Cuba ni mucho menos La Habana: allí encontró un refugió para escribir El viejo y el mar y París era una fiesta, dos incuestionables referencias de la narrativa del siglo XX. Le concernieron sus gatos isleños, la pesca de agujas en la corriente del golfo, su camada de gallos criollos de pelea, las 18 variantes de mango que se racimaban en Finca Vigía, la calle Obispo, con su penetrante olor a café tostado y a tabaco, que lo conducía al Floridita y la soledad de su habitación en Ambos Mundos. La Habana y Cuba nunca fueron personajes en sus libros.   

AG