Guatemala

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Viajé a Guatemala para asistir a la feria del libro. México era el país invitado.

Participé en una mesa de escritores jóvenes mexicanos y guatemaltecos.

Como habitante del norte mi conocimiento del sur del país es limitado. Y mis noticias sobre Guatemala son más bien inexistentes. Y desconocía por completo la literatura guatemalteca, con excepción de Rey Rosa. No por desdén o falta de interés, porque a pesar de las redes sociales, el correo electrónico y de que se trata del país vecino, mantener comunicación es un asunto remoto. Mi generación está aislada. Fuentes mantenía contacto por correo postal con Vargas Llosa y Cortázar. Estaban enterados de lo que sucedía en el panorama de las letras latinoamericanas. Se leían. Hoy leer a un autor del continente obedece a la tendencia del mercado.

Era mi primera vez en Centroamérica. Y estaba preparado para cualquier cosa, menos para lo que sucedió. El primer tema que se tocó en la mesa era el ser latinoamericano. Cuál es el rasgo de identidad que nos hermana. Por supuesto es una pregunta que no obtuvo respuesta. La constante en la mesa fue que a Latinoamérica la define hoy la diversidad. Es una explicación que no me satisfizo. Lo mismo podría decirse de Estados Unidos. Pero lo que termina por definir a los gringos como tales es su exacerbado nacionalismo. Por lo vertido en la mesa el guatemalteco no posee la misma exaltación nacionalista. Algo con lo que yo, como norteño, me siento identificado.

Desde el arranque de la mesa los escritores guatemaltecos estuvieron a la defensiva y rebatían todos los argumentos sistemáticamente. Entonces la charla derivó hacia el odio que profesan los guatemaltecos por los mexicanos.

Como habitante del norte, desconocía por completo esta pulla. La rivalidad entre selecciones de futbol, el affaire cerveza Gallo, que en un anuncio publicitario apareció bajo el rótulo de El sabor de México, y la colonización cultural a la que los hemos sometido. Pero lo que más le duele al pueblo de Guatemala es el profundo desinterés que demostramos por su cultura. Su molestia radica en que si ellos han adoptado manifestaciones culturales mexicanas dentro de su idiosincrasia, por qué nosotros los ignoramos.

Confieso que me asombró el giro que tomó la plática. Jamás en la vida me había tocado estar en la posición de colonizador. El fenómeno que experimenta el guatemalteco, en todos los espectros, incluido el fronterizo, es el que padecen muchos de mis paisanos en relación a Estados Unidos. Un elemento que yo planteé sobre las coincidencias entre los guatemaltecos y los mexicanos y los salvadoreños y los hondureños es nuestra predisposición a la violencia. Obviamente no somos únicamente eso, pero a mí me parece una constante social producto de la desigualdad económica y la ingobernabilidad. Quizá suene muy pesimista, pero la violencia se está imponiendo por encima del folclor y los usos y costumbres. Mi punto de vista por supuesto no le agradó a los guatemaltecos. Pero ahí está el continente cayéndose a pedazos para constatarlo. Ahí están las instituciones cayéndose a pedazos. O la reciente muerte del fotógrafo Rubén Espinosa. Aquí la práctica es el asesinato.

Con todo respeto, que compartamos algunos productos, la queja constante de los guatemaltecos de haber crecido con Chabelo, Chespirito y Televisa, no nos vincula. Todos tenemos la libertad de elección de los contenidos a los que nos sometemos. Desde niño odié a Chespirito. Me parece la representación más infame del peor lado del mexicano. Y en general desde muy chico dejé de ver la televisión. A mi hija no le prohibo casi nada, pero el Chavo del Ocho no lo puede ver. Quizá la estoy aislando socialmente. Quizá llegue a la escuela y todos sus compañeros hablen del programa y ella se sienta marginada. Me remuerde, pero creo que hago bien. La televisión mexicana impactó en Guatemala debido al interés de un empresario mexicano que tomó el control de las televisoras guatemaltecas. Pero nada nos obliga a consumir telechatarra.

Uno de los rasgos que más me llamaron la atención de los guatemaltecos fue que no se sienten parte de un país ni de un continente. No se sienten ni guatemaltecos ni mexicanos. Y al final esta es la enseñanza social más importante que me legó la mesa. Guatemala parece ser que está entrando en una fase de laboratorio posmoderno. Que en algún momento va a estallar. En la literatura, en la música, en las artes. En alguna disciplina. Considero que el desarraigo nacionalista es el principal ingrediente de nuestra era para que se gesten los movimientos culturales. Tijuana es un ejemplo de ello.

Fue bastante divertido que se me mirara como nosotros miramos a los gringos. Pero no somos gabachos. Y no somos el primer mundo. Todavía me sigo preguntando qué es ser latinoamericano, y no, no es colonizar con Televisa.