Humorismo kafkiano

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Ese payaso me ha hecho reír, de seguro ha sufrido mucho

Woody Allen

Un escarabajo boca arriba moviendo sus patitas no resulta gracioso, pero un hombre que amanece convertido en escarabajo y está en su cama boca arriba y mira como mueve sus patitas antes desconocidas, creo que es bastante cómico.

La Metamorfosis, la novela principal de Franz Kafka —o por lo menos la más conocida—, es absurdamente cómica. Es deformada, amarga y grotesca, elementos integrantes del humor o, mejor dicho, del sentido del humor.

Kafka quería ser reconocido como humorista. Cuando leía textos a sus amigos y éstos se reían, se sentía feliz, un escritor realizado. Era el suyo un humor voluntarioso y en momentos terrible. Hay algo en la literatura kafkiana de la alegría maligna como causa de lo cómico.

Thomas Mann escribió: “Mientras Kafka leía a algunos amigos el principio de El proceso, los asistentes rieron hasta las lágrimas, en especial en el momento que se trata de la Gracia; y el mismo autor se rió hasta las lágrimas”. Por cierto, se trata de un inicio pintado con suficiente horror.

Kafka abrevaba en la tradición humorística de los judíos de la Europa oriental; un humor de perseguidos, de aislados, de extraños en sociedades que los rechazaban y los incomprendían; un humor sarcástico, herido e hiriente, hecho de contrastes, de burlas, al final agresivo y auto agresivo.

Sigmund Freud entendía esa tradición y lo influyó en la realización de su célebre estudio acerca del chiste. Relacionó el chiste y las gracejadas con los sueños, pues comparten según él un lenguaje común, el simbólico y se encuentran siempre en la esfera del infantilismo y de la agresión reprimida.

Freud profundizó en las teorías de Bergson y ubicó la comicidad en el reino del inconciente. No extraña que Kafka, Freud y Bergson hayan sido judíos.

¿Y entonces por qué Kafka es visto ahora con tanta solemnidad? Buena esta pregunta, digna de reflexión. Esto habla de lo que somos culturalmente: en general sociedades mal educadas y en las que se lee mal. Pero también hay una propensión a solemnizar a los autores clásicos si lo cómico no está establecido abiertamente. Con Aristófanes y El Quijote, ya sabemos que la intención es hacer reír, pero con Kafka, proveniente de Praga y del idioma alemán, ha sido fácil el equívoco.

A ello, al equívoco, han contribuido ensayistas magníficos como Albert Camus. En su visión existencialista —si bien tratando de superar el pesimismo—, Camus hizo hincapié fundamentalmente en la identificación del absurdo con lo trágico; si la condición humana está ligada al absurdo esto es sin duda, razona Camus, la expresión de una gran tragedia.

Y luego, reducido el hombre a dicho absurdo —el comerciante Gregorio Samsa despierta convertido en un escarabajo, o en una comedia incomprensible José K. es acusado de algo que ignora y el agrimensor K. no sabe lo que aguarda en una circunstancia muchas veces bufonesca—, se encuentra sin embargo con…¡la esperanza! De hecho así tituló Camus su ensayo —extraordinario—: “El absurdo y la esperanza en la obra de Franz Kafka”, incluido en el célebre Mito de Sísifo, un libro que no puede uno dejar de releer a pesar de todo.

Y antes de Camus, Giovanni Papini solemnizó a Kafka no por representar lo absurdo, sino por ser —de acuerdo con el escritor florentino que le encantaba polemizar—, un escritor aburrido de solemnidad. Si bien definió El Castillo como “una comedia de constantes fracasos” y la interpreta como un intento de satirizar a la burocracia austríaca opresora de la Bohemia del país checo, trata rudamente la novela de Kafka por no entender su humor ácido y denso y más bien también porque rechaza las interpretaciones teológicas de sus admiradores.

Por su parte, Elémire Zolla, enumera: “Odradek, la bestia de la sinagoga de Thamühl, los ayudantes de K en El Castillo, el gran circo de Oklahoma en América, la presencia de bolitas saltarinas en una casa, no son encarnaciones nuevas de aquel personaje inmemorable, el bufón”. Le parecen figuras grotescas pero no cómicas. Zolla insiste, contra las evidencias, en un Kafka no sólo trágico, sino solamente solemne y le da como título a una recopilación de sus aforismos y fragmentos sueltos, el título religioso de: Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero. En efecto, Kafka pensó en todo ello y eso no niega la vertiente cómica, humorística, de su obra. Si me hace reír “de seguro ha sufrido mucho”.

Si al leer la primera página de La Metamorfosis no sueltas o soltaste la carcajada, Kafka fracasó contigo.