Jose Emilio Pacheco: una memoria

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Hace medio siglo, la UNAM publicó Los elementos de la noche , un libro de poemas de un escritor, entonces joven, llamado José Emilio Pacheco. Ese mismo 1963, ERA, una editorial sin la cual no se entiende la cultura mexicana contemporánea, presenta una serie de cuentos: El viento distante , segundo libro de relatos de Pacheco, si consideramos la edición que Juan José Arreola realizara en 1958, de dos breves relatos de Pacheco — La sangre de medusa y La noche del inmortal —, en su colección Los Cuadernos del Unicornio. En el curso de las cinco décadas que han transcurrido desde entonces, la literatura y la cultura mexicana encontraron en la generosa y abierta obra de José Emilio Pacheco uno de sus caminos más ricos y estimulantes y uno de sus ejemplos intelectuales más lúcidos.

Se trata —el de Pacheco— de un itinerario singular. No soy el más indicado para describir con detalle sus momentos más relevantes. Baste decir ahora que su obra produce una mezcla feliz de sentimientos, donde la emoción se une a la admiración y al aprecio. Leer a Pacheco ha sido compartir un proceso de aprendizaje, de representación de imágenes, de infancias perdidas y de un México que no conocimos. Su obra permite, quizá como ninguna otra, reconocernos y escucharnos a nosotros mismos y a los demás. Es, en el mejor de los sentidos, un principio de comunión con la ciudad, con sus habitantes y aun con sus fantasmas y sus olvidos, sus odios y sus amores.

Lo mejor de la educación sentimental de la generación mexicana de los años setenta debe mucho a libros de poesía como No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), Islas a la deriva (1976), Desde entonces (1980), Tarde o temprano (1984); a novelas como Morirás lejos (1967) y Las batallas en el desierto (1981), a relatos tan hermosos como los reunidos en El principio del placer (1972) y, por supuesto, a los inventarios, que son ejemplo del mejor periodismo cultural en el país y que, por cierto, merecen una labor editorial semejante a la que el joven Pacheco realizó sobre la obra periodística de Salvador Novo.

No es poca también la deuda con José Emilio Pacheco como traductor y editor. Gracias a sus aproximaciones muchos leímos en español, quizá por vez primera, a autores tan distintos y necesarios como Eliot, Cavafis y Montale, y versiones exactas y eruditas como la edición del De profundis de Wilde.

A diferencia de otros intelectuales mexicanos, actores indispensables en nuestra hoguera de las vanidades, José Emilio ejerció el talento y la vocación con una notable e insólita disciplina intelectual para dar, como escribió Edmund Wilson, “expresión suprema a la experiencia personal... y situarse más allá de las perplejidades, opresiones y pánicos comunes”.

Se entiende por qué no es difícil rendir un homenaje a José Emilio Pacheco. Los merece todos, y acaso ninguno es suficiente para reconocer su constancia ante la palabra, su devoción por los libros y su gratitud a las imágenes que le fue dado ver. Polígrafo por excelencia, ahí donde este complejo oficio se traduce —¿es necesario decirlo?— principalmente en poesía; lector que sabe del polvo y las páginas amarillentas, pero también de la tinta fresca, este mexicano extraordinario ya tiene el homenaje de la sensibilidad y el talento: un signo imborrable y, tal vez, escaso en estos tiempos difíciles que, por lo demás, para el poeta, todos lo son.

Lo recuerdo en Madrid, donde por razones de trabajo pasaba yo una temporada, en días y horas beligerantes. Corría 1986. Un buen día mi amiga Teresa Franco González-Salas habló para pedirme si podía alojar en mi departamento a José Emilio, que, corto de fondos, venía a España para impartir algunas conferencias. Lúcido, elocuente, con palabras justas, sencillas, José Emilio narraba a los españoles pasajes en la vida de su país, por ellos ignorados. Los sumía en la perplejidad y en una suerte de fascinación. De aquellos días rescato una pequeña historia contada por José Emilio: los vínculos de los asesinos del general Obregón, en 1928, con corporaciones o personajes ibéricos de la época.

Estuvo en casa por tres o cuatro días, y le acompañé a pasear en varias ocasiones a la Plaza de Oriente, a verlo comer con delectación y compartir el gusto por el tabaco, a hurgar en las librerías de viejo y a disfrutar de la erudición, el pesimismo, el desencanto crónico y la calidez de su conversación.

Como hasta ese momento jamás le había tratado, me sorprendió encontrar una personalidad singular; no me explicaba cómo un escritor ya entonces instalado en la fama y con 1.80 de estatura pudiera moverse por la vida como un desvalido al que uno solo quería brindarle cuidados, afectos y ayudas. Leer sus libros y ver su impericia ante las cosas prácticas —como hacer la maleta— era sencillamente enternecedor.

De entonces me quedó una certidumbre: convivir con José Emilio Pacheco significaba siempre cobrar conciencia de una pasión que se despliega ante el mundo sin tregua, absorbiendo incesante sus elementos, para luego añadirlos en los quehaceres vitales, en los signos cotidianos. Ya se sabe, lo dice Pacheco, que “no volveremos nunca a tener en las manos el instante”

—Madrid en aquellos tiempos, los premios que recibió o su obra infinita—, pero nos quedan para siempre sus ensayos, sus poemas, sus novelas y su elocuencia.

Pienso ahora que muy pocos de los habitantes de la República de las Letras han construido una obra tan constante y maravillosa haciendo de la elegancia moral un rasgo esencial. Nunca le escuché una palabra soez o una referencia vulgar respecto de algo o de alguien; jamás le vi el tono altanero o amargoso de muchos de los que pueblan las páginas de nuestros medios.

Siempre insistía en que la actual era la peor época de México y de la vida o que las cosas estaban fatales y sobrevendría el apocalipsis, pero tengo para mí que eran sólo pequeños recursos para esconder su optimismo, su felicidad y su condición de estupendo ser humano.

En el mundo intelectual mexicano de estos días, en que imperan la superficialidad, los lugares comunes, el oportunismo, el acceso a los privilegios de la corte o la codicia, José Emilio Pacheco no sólo fue una afortunada excepción, sino también la mejor evidencia de que la inteligencia, el pensamiento y la creatividad son una forma superior de vida.

Me gusta pensar que en cada línea de Pacheco hay una posibilidad intensa y, en ocasiones, desesperada de recobrar esa sabiduría que hemos estado perdiendo al perder la vida. Ésta fue, creo, su principal batalla en el desierto.