Viernes 10.07.2020 - 16:17

Jose Juan Tablada (1871-1945)

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Su perfil numismático, como lo fijó el historiador Carlos Pereyra, propio de un

César de Suetonio, llegó a ser tan inconfundible como los múltiples disfraces que impuso a su uno sesenta de estatura. Era un tipo con alma de folletín en el cuerpo de una caricatura de Miguel Covarrubias. Trasnochado y madrugador como el repartidor de hielo de su infancia, exótico por las amplias lecturas que lo llevaron a estudiar las más de las civilizaciones, impulsor y editor de publicaciones literarias, como Revista Moderna, cosmopolita por los idiomas que se propuso conocer, miembro de grado en las séances más restringidas —aún en las inéditas o en aquellas en las que no supo que contaban con él—, tutor más que maestro, esteta en las salas del museo y hombre de letras aquí y en todas partes.

La fortuna fue su favorita por un día, con lo que le alcanzó para hacerse de un buen terreno en las afueras de la ciudad de México, en las inmediaciones de un ruinoso convento de Churubusco, y levantar casa propia, con huerta, estanque y jardín japonés. Hoy el alto saúz de ese predio sobrevive en uno de sus poemas. Ahí montó su biblioteca surtida y exquisita y sin duda imaginó que desde su interior escribiría sobre lo que le pidiera su desempeño como publicista o miembro del Congreso, o que entre sus selectos títulos abordaría los temas que en verdad lo sedujeran.

Su enorme intuición lo ató para siempre a la mesa revuelta del autodidacta. El gusto y las demandas del tiempo lo familiarizaron con todos los acentos, ritmos y metros poéticos, lo que además de volverlo un humorista despiadado le granjeó un lugar en la nómina de honor del llamado modernismo literario. El pánico lo sacó una noche de su casa y se embarcó hacia el destierro en Estados Unidos, donde reorganizó su existencia en dos tiempos bien diferenciados: el de su vida memorable y doméstica entre 1871 y 1914, y el de su vida en el eterno presente de la hora de los banquetes y las vanguardias.

Aquí abandonó el manuscrito de una novela sobre la nao de China que trabajó a partir de una minuciosa pesquisa en el Archivo General de la Nación, mas no sólo eso. Dejó amores y amigos, un ethos que la fiesta de las balas y las proclamas se encargó de hacer añicos lenta, muy lentamente. Allá se ocupó de aprovechar la sabiduría de otros despistados más jóvenes que él, así como de dar sentido a la historia del arte mexicano y verbalizar la emoción estética encerrada en los trazos de José Clemente Orozco.

La alquimia de su inteligencia ocurrente y curiosa transformó el japonismo de escaparate parisino en Un día... Poemas sintéticos y Li-Po y otros poemas. Como nadie lloró la muerte de Ramón López Velarde. Y a su pesar le crecieron unas grandes ojeras teosóficas, o así lo vio un poeta guatemalteco recién salido de las tumultuosa vida de Montparnasse y acabado de llegar a sus treinta. Hay kodaks que lo muestran ya de viejo con saco y pantalones de lino, como un dictador tropical de paseo en la ciudad de la eterna primavera, pero ninguna de ellas devuelve el enorme vacío a su alrededor, pues entrado en años la inmensa mayoría ignoraba que era el primer literato en verdad moderno y apenas unos cuantos sabían que en sus cincuenta lo llamaron el mayor poeta joven de México.