La balada de Motor City

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Mi hermano menor, una de las personas más desagradables que conozco, no pudo abstenerse de ponerme una última trampa en la ya larga historia de nuestras desavenencias y repetidos conflictos.

No te compliques las cosas —me dijo, como si su propia vida se balanceara al ritmo de la suave melodía de las Gymnopédies de Satie, como si el tipo no mostrara una calvicie prematura, anteojos incluidos, por efecto de sus endebles nervios—, lo más sencillo es que te busques un lugar en Airbnb en lugar de pagar el dineral que te van a sacar en un hotel.

¿Y eso qué es? Una pregunta que jamás debí haber hecho, ya verán ustedes por qué.

Googléalo, te va a sacar del apuro, dijo el hermanito con toda alevosía. Mi novia y yo no nos quedamos en hoteles cuando viajamos.

Ajá, pero si tu novia te dejó, respondí, ¿no que ya no te soportaba?

Además de la sólida moral que enarbolan mi hermano y mi padre, también carezco de dinero, así que de volada jalé para la casa de ustedes, y que cometo la primera de una larga serie de pendejadas. Y voy a la página del dichoso Airbnb. Ni caso tiene entrar en detalles, porque al parecer soy el único idiota en este planeta que desconocía esa felicidad, la dicha extrema de hospedarse en lo que básicamente son casas de huéspedes que se anuncian en línea, certificadas por una empresa o entidad fantasmagórica que solamente existe en la densa noche del ciberespacio.

Vale decir que para ser huésped en los amigables albergues del hostil y peligroso siglo xxi, uno debe a su vez certificarse, dar datos privados y recibir, nunca me enteré de dónde, un frío código mediante el cual te anuncian que eres aceptable para Airbnb, una especie de autentificación de que no eres un asesino serial, ni un sociópata o un ratero que saldrá de la casa de sus anfitriones con la pantalla plana en el lomo o las almohadas de su habitación en calidad de préstamo permanente. Jamás te enteras de qué puta manera puedes estar seguro que tus anfritriones, gente que aparece en el sitio de internet siempre sonriente, estúpidamente alegre, vestidos todos ellos y ellas con ropa de GAP —lo cual en sí ya debería hacer sonar las alarmas—, no son ellos mismos unos psicópatas a la espera de la víctima propiciatoria. Y ahí vas de pendejo, a buscar la opción más conveniente a tu bolsillo y a la duración de tu estancia, sin preguntarte si saldrás con vida de esa casa, a ciegas, sin contemplar que te vas a ir a meter a la madriguera de un desconocido que no sabes si te va violar o a cortar en cachitos para que entres en su horno de microondas.

Las opciones para alojarse con un anfitrión de Airbnb por una temporada en el mero centro de Detroit resultan tan prohibitivas como gastar una noche en una suite de lujo en Las Vegas, putas y rock&roll incluidos. No acabo de entender a quienes hablan del robusto y continuo risorgimento de la ciudad. ¿De qué están hablando exactamente? ¿El solo aumento en el valor de la propiedad es de veras la señal del bienestar y la prosperidad? La respuesta es sí: this is America, mother fucker.

Revisar los “perfiles” de los anfitriones me provoca náuseas crecientes: presentan sus credenciales de manera que aquello parece un concurso universal de bobería. Por fin encuentro una opción con una representante de la “hermandad latinoamericana”. Propongo las fechas en las que necesitaré alojamiento y nuestra hermana latinoamericana, así la llamaremos para efectos de este informe, responde que sí, que de acuerdo, que la vida es

wonderful y mágica y chévere. Pregunto, vía el sistema de mensajería en línea, si quiere que hablemos, pues así lo solicita en su “perfil” antes de recibir a nuevos huéspedes. Recibo una respuesta en plan de guerra de guerrillas, pura rudeza gratuita: que ella no tiene tiempo para hablar por skype, ni para escribir ni leer nada, como yo, que sí escribo y leo. Hay en esto último una alusión artera a mi propio perfil: se me ocurrió la tontería de decir que eso es precisamente lo que hago y en una de las fotos que subí al chingado perfil aparezco de pie, en mi estudio, y obvio, en la imagen se ven mis libros.

Primera bandera roja que dejé pasar. No había de otra: traía el tiempo encima, así que mi respuesta consistió en reconfirmar, usando la mayor frialdad posible, la hora y fecha exactas de mi llegada.

Me olvidé del asunto, seguí empacando mi vida y haciendo maletas como si nada, hasta que la hermana latinoamericana me mandó un mensaje: que por favor le hablara a tal teléfono. Ya valió, pensé, a ver si no me cancelan a saber por qué razón. Marqué al número de la hermana latinoamericana, quien contestó a ritmo de samba, hablando sin parar, toda una guacamaya tropical: mila, aqué va a etar muy bien, me decía la hermana latinoamericana, a quien preferí limitarme a escuchar. Yo tambén soy altista, hago mij diseñas, chévere, y me gosta mocha la poetría, Pablo Neruda eh mi plefelido. Después de veinte minutos estaba aterrado ante la cantaleta que comenzaba a ser interminable, digna de hacer correr a cualquiera en dirección contraria. No fue el caso: a estas alturas del partido, es decir a escasas horas de abordar el avión a Motor City, necesitaba a la hermana latinoamericana.

Y dicho y hecho: a las primerísimas horas de la mañana me hallaba tomando mi vuelo y en la tarde llegué a su casa. Segunda señal de alerta: al entrar, el visitante certificado abría la puerta y, una vez que se descalzaba atendiendo a la petición en tono marcial que se leía en una especie de pizarrón mugroso, era recibido por un buda de tamaño mediano, con la panza y las manitas pintadas de dorado, así como de unos retratos horrendos, presumiblemente obra de la “altista”, y de todo tipo mierditas new age colgando de las paredes.

Después de las horas de vuelo y desvelo, yo venía hecho una piltrafa. La hermana latinoamericana no cerraba el pico. Temí que comenzara a declamar su “poetría”, pues me confesó que también era escritora. La escuché hasta que me convertí en un zombi, hasta que caí fulminado y me quedé dormido. Creo que se molestó, porque para mi fortuna no la volví a ver en dos o tres días.

Una mañana, mientras me desayunaba, la hermana latinoamericana volvió a aparecer, esta vez hecha una fiera. Haza mocho luido, ¿pol qué? ¿pol qué no lespeta el sueño de lo demá?, gritaba a todo pulmón, azotando la puerta del

refrigerador, del horno y de las gavetas de la cocina. Habrá durado unos diez minutos la gritadera, no exenta de insultos. Me quedé atónito, no supe cómo revirar el ataque, ni fue necesario, ya que dos horas después, temerosa quizás de que le dejara un comentario negativo, lo que en el amigable sistema de Airbnb se denomina una bad review y que puede hacer pedazos el negocito, la pinche vieja loca ya me había dejado un mensaje en el télefono en el que aullaba de arrepentimiento y como en las mejores telenovelas, daba a entender que estaba muy apenada y que pobrecita de ella que tenía que mantener una casa de huéspedes siendo toda una ex-princesa latinoamericana rodeada de riquezas y sirvientes y ahora devenida en una “altista” al borde de la bancarrota en plena tierra prometida, y que muchos sorrys porque se había comportado de manera inadecuada en su cocina. He aquí un ejemplo de hasta dónde puede llegar la pendejez de uno: imagínense ustedes, le respondí por el sistema de mensajería que no se preocupara cuando en realidad poco le había faltado para clavarme un cuchillo en el cuello o dejarme parapléjico de un sartenazo.

Esa misma noche, apenas había pisado la entrada de la casa al volver de mi trabajo, como si nada, la hermana latinoamericana me estaba presentando a sus amigos, una joven y sonriente pareja de afroamericanos. Insistía que los acompañara a no recuerdo qué bar. Por supuesto que me negué, aduciendo que ya tenía planes, cosa que además era cierta. Tiré la hueva un rato en mi habitación y salí a la noche de Detroit. Nada del otro mundo, salvo la escena dantesca que me esperaba de vuelta a la casa de la hermana latinoamericana. Volví como a las tres de la mañana, y en mi camino a la cocina para tomar un vaso con agua, tropecé con los que según conté, serían al menos unos seis cuerpos, entre hombres y mujeres, regados de pedos y cogidos por toda la sala. Esa noche me fui a dormir con la imagen de un tenis de basquetbolista talla súper lancha y el temor de que al otro día mi casera se quejara de que había pisado a uno de sus amigos, echadores monumentales de pata colectiva.

No ocurrió así; sin embargo, el siguiente y aterrador mood swing no tardó en llegar. Esta vez yo ya estaba preparado. Había buscado en los “términos de servicio” de Airbnb, qué demonios hacer en estos casos: no mucho, intentar arreglar el problema de manera “amistosa”, y ya si las cosas se salían de control, llamar a la policía y enviarles copia del reporte.

Sucedió que un día la humedad ambiental alcanzaba el 90 por ciento. En Motor City estábamos respirando agua. Con cada transpiración se corría el riesgo de deshidratarse, de caer muerto en el acto.

Regresé, otra vez, de mi trabajo y entrar a la casa donde me hospedaba fue como caminar los hornos crematorios de Buchenwald. Apenas alcancé a encender el aire acondicionado antes de caer medio desmayado, agarrado a mi botella de agua como si se tratara de la viga de madera roída que me permitiría flotar y prolongar mi vida unas cuantas horas más en altamar.

Cuando la temperatura adentro de la casa había disminuido y se alcanzaba a divisar la costa, llegó la hermana latinoamericana. Escuché sus estruendosos pasos desde mi habitación en el segundo piso, seguidos de unos alaridos y las que supuse, pues no entendía nada, unas buenas mentadas de madre. A continuación la agarró a patadas contra la puerta de mi habitación. Ahora qué pinche pedo, pensé, mientras medio me despertaba y un penetrante olor de algo que se quemaba comenzaba a inundar el ambiente. Seguían las patadas a la puerta. Seguían los gritos incomprensibles. Hasta que me paré y abrí y dije, o grité yo también, ya no me acuerdo, vámonos a la chingada, ¿qué pues, cabrona? La hermana latinoamericana estaba como en trance, aullaba en lenguas, la pinche chaparra, al tiempo que sostenía un encendedor en una mano y un manojo de hierbajos secos en la otra. Que se vaya e’ d’monio, que se vayan las malas vib’las y vengan lo anjeletos a e’ta casa. Aquello habría podido pasar por una escena del Exorcista, el Exorcista tropical en pleno pinche Michigan.

Ahí me ven, una vez más haciéndole al pendejo. Estás violando los términos de servicio de Airbnb, deja de insultarme y de gritar, hija de tu puta madre, o llamo a la policía. ‘Amala, ‘amala. ¿Qué chingados dices, que amé, a quién quieres que amé? ¡Ya, tranquila!

Total, tomé el phone y marqué el 911. A los minutos apareció un policía con aspecto de nazi, un cabeza rapada súper ponchado, súper embutido en su uniforme negro. Hasta que se calló la pinche vieja loca. Entonces me animé a largarme y decir ahí te ves hermana latinoamericana, si no me regresas mi lana te demando.

Fue así que vine a dar al santuario del viajero, de los pobres güeros y negros que sobreviven por igual del miserable chequecito de la seguridad social, de los ejecutivos de bajo y mediano perfil que se disputan un microgramo de poder oficinesco, del ingeniero en sistemas asiático e hindú, actores y actrices del porno, entre otros entes humanos, mejor conocido como Extended Stay America.

No incurro en exageración alguna ni necesito presumir de un doctorado en ciencias sociales para afirmar que esta cadena de hoteles de estancia prolongada es el último reducto de la democracia en América que testimonió el conde de Tocqueville. Me consta que Mike, veterano de guerra, o la gordinflona y ostensiblemente deprimida Brittany, ambos empleados de Extended Stay America, tratan con la misma cordialidad a quien pasa por su mostrador, sea para pedir el reemplazo de una cafetera que ya chutó, para cambiar un billete de dólar por monedas de veinticinco centavos, las únicas que aceptan las lavadoras y secadoras del hotel, o simplemente servirse un café por la mañana y tragarse un muffin esponjoso, para echar el cotorreo barato muy a la gringa, para platicar acerca del clima, de los Tigres de Detroit, de autos y motocicletas, este sitio es un edén, no olvidemos que estamos en un suburbio de Detroit, de pura pendejada sana y llana.

Qué mejor. La recepción del Extended Stay America como espacio de convivencia de razas, clases sociales, oficios, profesiones y buenos para nada.

Sobre todo de buenos para nada.

De aquí soy, amigas y amigos. Si preguntan por mí en estas tierras motorizadas, ya saben dónde encontrarme.