La historia del hada madrina de la lectura

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Foto Especial


raymundo.sanchez@razon.com.mx

Alrededor del féretro los dolientes se pasaban un libro de mano en mano. No era de oraciones, ni la Biblia, era de poemas escritos por José Emilio Pacheco. Cada uno leía uno de los poemas que contenía la obra en homenaje a su Maestra, que no sólo los enseñó a leer, sino les hizo conocer y escuchar de propia voz a cerca de mil 500 escritores, poetas, actores, pintores, escultores, investigadores y periodistas.

Era el 13 de enero pasado cuando murió, a los 72 años, Lilia Márquez Balderas, esta Maestra del Sistema de Educación Abierta del Colegio de Bachilleres, quien dedicó 45 años de su vida a la docencia y a la que el cuentista Guillermo Samperio llamaba El Hada Madrina de la Literatura.
Sus restos en la capilla 5 de los velatorios del ISSSTE ubicados en Miguel Schultz 124, colonia San Rafael, reunieron a sus alumnos y amigos que, como iniciados, le leyeron poemas.

Esta viejecita de un metro 50 centímetros de estatura, encorvada, de pelo ralo, escaso y mal pintado, se ganó el mote de Hada Madrina a fuerza de invertir su sueldo en comprar libros a sus alumnos, necear con autores para convencerlos de dar una conferencia en el Colegio, donde hacen el esfuerzo de estudiar personas que trabajan para sostener a sus familias, adolescentes que de repente se hicieron madres solteras o muchachos a quienes la vida les muestra su rostro más duro.

“Jorobe y jorobe”. Por estos alumnos la Maestra Lilia iba a los recintos donde sabía que dictarían una ponencia. A los ponentes los acosaba con llamadas telefónicas diarias o de plano hacia guardias afuera de su casa aunque eso implicara quedarse toda la noche esperando. Lo que fuera necesario para convencerlos de acudir a sus Conversaciones con la inteligencia, como se llamaba el programa que ella creó en 1986.

En una ocasión fue a casa del narrador Roberto Bravo, autor de El Infierno es un horizonte abierto. Tocó el timbre y salió su esposa. Le dijo que el escritor no había llegado. La Maestra se metió a su vieja Caribe de los años 70 y ahí lo esperó.

Al amanecer, la mujer del literato salió y vio a la viejecita dormida en el auto. Se acercó apenada y le confesó que Bravo no regresaría. Estaban divorciados. Pero esas cosas no se le dicen a un extraño y hasta ese momento la Maestra lo era, porque fue la misma ex esposa quien la ayudó a convencerlo para que diera una charla a los jóvenes del Bachilleres.

Otros escritores le daban largas. Le decían: “hábleme el próximo año”. Y cuando habían transcurrido los 365 días exactos y ellos ni se acordaban de la maestra, sonaba el teléfono. Se reanudaba la insistencia.

A Carlos Monsiváis, (fallecido el 26 de junio de 2010), le llamó todos los días durante un año. Al escucharla al otro lado del auricular, el cronista, para evadirla, impostaba la voz y la asemejaba a Titino, el muñeco de ventrílocuo famoso en los años 70 y 80. Le decía ser su tía pensando que así lo dejaría en paz.

Pero, como en su oportunidad comentó el cuentista Rafael Ramírez Heredia, autor del premiado Rayo Macoy, esta Maestra está “jorobe y jorobe”, Monsiváis se rindió y fue a dar una charla.

Logró llevar a sus alumnos a Alí Chumacero, Sergio Pitol, Vicente Quirarte, Germán List, Paco Ignacio Taibo II, Armando Ramírez, Guillermo Sheridan, Luis Villoro, Carlos Illescas, Eduardo Lizalde, Raquel Tibol, Silvia Molina, Felipe Garrido, Armando Jiménez, Eliseo Diego, Antonio Alatorre, Adela Fernández (hija del mítico cineasta Emilio El indio Fernández), Carlos Montemayor, Guiomar Cantú, Bárbara Jacobs, Hernán Lara Zavala, Federico Patán, Alejandro Licona, Juan Bañuelos y Tomás Segovia, entre muchos otros.

Incluso convenció a Augusto Monterroso, autor del cuento más corto (Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí) y quien rara vez accedía a dar conferencias.

Eterna enamorada de la obra del poeta José Emilio Pacheco, consiguió, tras 8 años de insistencia, que el hoy Premio Cervantes 2010, dictara la Conversación con la Inteligencia número 100. Fue el 8 de diciembre de 1994 al plantel 3 Iztacalco y la charla se llamó “Poesía y poética de fin de siglo”.

Algunos escritores, sobre todo los que iniciaban camino en la literatura, le decían al final de la conferencia: “¿Cómo nos vamos a arreglar, maestra?”. Ella hurgaba en su monedero y sacaba un par de billetes que eran parte de su salario, que al final de su vida fue de 8 mil pesos quincenales.

Esto aparte de que iba por ellos a su casa, los llevaba en su auto al plantel acordado para el diálogo, los invitaba a comer o tomar café y los regresaba a su casa.

Amor a la profesión y a las letras. También con su sueldo compraba 22 libros de cada autor que se presentaba y les pedía dedicarlos: uno para ella, 20 para los jefes de materia, y uno más para el director general del Colegio de Bachilleres.

A sus alumnos también les compraba ejemplares. En su pequeño cubículo del plantel 3, repleto de libros, recortes de diarios, revistas y fotografías de José Emilio Pacheco, los muchachos se sentaban alrededor de ella a que les leyera. O entre todos se repartían fragmentos para leer en voz alta. Y siempre había un volumen para algunos de ellos.

Al terminar su jornada laboral invitaba la cena. No importaba si eran dos o 10 los alumnos a quienes debía pagar la cuenta, pues se negaba a que ellos aportaran un solo peso. Esas cenas las convertía en tertulias. Les preguntaba sobre los libros que les había regalado e intercambiaban interpretaciones y puntos de vista.

Y así se la podían pasar hasta las 2 de la madrugada, entre sorbos de café de Sanborns o Vips y citas literarias. Al final iba a dejar a sus casas a quienes cupieran en su auto, un tiempo un Volkswagen, luego una Caribe desvencijada y, al último, un Tsuru.

La Maestra pudo jubilarse a los 45 años, pero aún a los 70 seguía ejerciendo la docencia. No quería dejar de hacer lo que le gustaba. Su departamento en Pantitlán sólo lo usaba como dormitorio. No se podía hacer más ahí, pues parecía bodega de libros de tantos que tenía apilados hasta encima de la estufa.

Su jornada iniciaba a las 7 de la mañana: clases en secundaria en la zona del Ajusco, luego al Colegio de Bachilleres. Todos los días.

Como siempre ocurre, la enfermedad fue la única que la doblegó. Padecía diabetes, contra la que luchó durante muchos años a sabiendas que iba a perder la batalla.

Todavía en diciembre del año pasado, estando en cama pero confiada en recuperarse, pensó en escribirle una carta al director general del Colegio de Bachilleres, Roberto Castañón para pedirle dejarla seguir organizando las Conversaciones con la Inteligencia, sin cobrar.

Ya no pudo escribirla. Falleció el 13 de enero pasado. Sus restos fueron cremados y sus alumnos y amigos organizan llevar en caravana sus cenizas a su pueble natal, Chignahuapan, Puebla, a donde le gustaba ir algunos fines de semana a descansar en balnearios de aguas termales.
Y si en vida fue ella la que llamó cientos de veces a los escritores, en su muerte, tocó a José Emilio Pacheco, su autor de culto, tomar el teléfono para dar el pésame y despedir a La Maestra Lilia, al Hada Madrina de la Literatura.

Idilio

José Emilio Pacheco

Con aire de fatiga entraba el mar

en el desfiladero

El viento helado

dispersaba la nieve de la montaña

y tú

parecías un poco de primavera

anticipo

de la vida bullente bajo los hielos

calor

para la tierra muerta

cauterio

de su corteza ensangrentada

Me enseñaste los nombres de las aves

la edad

de los pinos inconsolables

la hora

en que suben y bajan las mareas

En la diafanidad de la mañana

se borraban las penas

la nostalgia

del extranjero

el rumor

de guerras y desastres

El mundo

volvía a ser un jardín

que repoblaban

los primeros fantasmas

una página en blanco

una vasija

en donde sólo cupo aquel instante

El mar latía

En tus ojos

se anulaban los siglos

la miseria

que llamamos historia

el horror

que agazapa su insidia en el futuro

Y el viento

era otra vez la libertad

que en vano

intentamos fijar

en las banderas

Como un tañido funerario entró

hasta el bosque un olor de muerte

Las aguas

se mancharon de lodo y de veneno

Y los guardias

llegaron a ahuyentarnos

Porque sin darnos cuenta pisábamos

el terreno prohibido

de la fábrica atroz

en que elaboran

defoliador y gas paralizante

Poema leído por Pedro, uno de sus

alumnos, en el funeral

de la maestra Lilia Márquez

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