La identidad Segun Jaime Lopez

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Jaime López nació en su Matamoros querido, pero el jefe de la familia era militar y trajo a su prole, literalmente, de arriba para abajo (Chihuahua, Sonora, Veracruz, Ciudad de México). López entró a la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, pero no se halló e hizo un poco de teatro antes de zambullirse de lleno en la música.

Es autor de la célebre canción “Chilanga banda”, éxito de Café Tacvba, pero además tiene una amplia y sólida discografía en la que el rock convive con cumbia, corrido norteño, huapango, blues y anexas. Baste mencionar tres joyas muy elogiadas por los conocedores: Jaime López (1989), grabado en Nueva York con muy buen presupuesto; Odio Fonky, tomas de buró (1994), al alimón con José Manuel Aguilera; y Mujer y ego (2011). Su más reciente álbum es

Di no a la yoga (2014).

Del tamaulipeco también son los libros Lírica (Cal y Arena, 1997) y Diario de un López (Rythm & Books, 2010). En 2002 musicalizó poemas de Xavier Villaurrutia para el disco Y mi voz que madura, de Maru Enríquez. El próximo 6 de octubre se presentará en el Lunario del Auditorio Nacional con el espectáculo En divo y enchufado, al lado de Federico Robledo en la batería y Jorge Lang en el bajo, más invitados por definir.

Jaime, ya son 35 años de tu primer LP.

Creo que no son tantos.

El álbum Sesiones con Emilia es de 1980.

¡Ah, caray! A ti sí te salen bien las cuentas.

Es que yo sí acabé la Universidad.

Y yo me quedé en la adversidad.

¿Qué ves cuando miras hacia atrás?

Para mí, la nostalgia es un animal estéril, pero sí veo el pasado como algo que funciona en el presente. Tampoco creo que todo tiempo pasado fue mejor,

porque algunas partes fueron peores. Como diría el filósofo, siempre caigo en los mismos errores. Regreso al pasado para rescatar algunos errores y perfeccionarlos.

Eres autor de temas emblemáticos, pero también te han echado piropos de grueso calibre. José Joaquín Blanco dice que tus canciones “se cuentan entre lo más afortunado, innovador e inteligente de la literatura mexicana contemporánea”.

Eso está mejor que un Grammy.

Y que a tus canciones hay que “leerlas, sin excusa, también como estupendos poemas”.

Yo he leído casi toda la obra de José Joaquín Blanco y también siento gran admiración por su trabajo.

Carmen Boullosa dice que eres “un artista genial”, y alaba tu “antisolemne sabiduría”.

Ella y yo pertenecemos a la gloriosa generación del 54. Alguna vez, un amigo me preguntó: “¿Te andas tirando a Carmen Boullosa?” Yo le contesté que no y él me dijo: “Es que habló muy bien de ti”. Esas palabras de Carmen equivalen a... un Óscar. Ella tiene un libro que me gusta mucho, Texas, donde está muy bien ficcionada la realidad fronteriza que me tocó vivir y que llevo en ese rinconcito del yo que llaman identidad.

Ahí te va otro elogio, ahora de mi cosecha: “Di no a la yoga” es el más ingenioso título de canción que conozco.

Eso es como... un Príncipe de Asturias.

¿En qué circunstancias surgió “Chilanga banda”?

Andaba a pie por Reforma, a la altura de Insurgentes y, de pronto, a pesar de mí, empezó a salir algo juguetón. Como lo único que llevaba era mi cuerpo, el sonido de la “ch” surgió como de un bongó al ritmo de la caminada, y luego la melodía. En dos o tres cuadras nació la canción. Hay que decir que tampoco fue por generación espontánea, porque ya había antecedentes; echando a perder se aprende. Ya existía “Malafacha”, “El mequetrefe”, “Primera calle de la soledad”, que eran mi carta de naturalización chilanga. En mi trabajo están las dos caras de la moneda: la nordaka raza y la chilanga banda, porque yo sí soy de aquí y soy de allá.

Cuenta la leyenda que el grafiti “Jaime López cambia a Pepsi” lo escribió el Subcomandante Marcos en sus años mozos.

Lo único que te puedo decir es que uno nunca sabe para quién trabaja.

¿Ya sacaste tu credencial del inapam?

¡Nooo! Siguiendo los mitos generacionales, te puedo decir que ando muy a gusto en la Highway 61, y espero que mi próxima estación sea When I’m Sixty Four, y que el 69 no venga tan mal. Ando en mis a go go... nizantes sesentas.

En “Para volar” dices: “¡qué más da si existe Dios!” A estas alturas, ¿sigues firme en esa posición?

Desde pequeñuelo, la figura del Cristo sangrante me generó rechazo. Además, cuando me caía, mi mamá me decía: “Dios te castigó”. Ella se llamaba Angelita y resulta que parió puros ateos. Me he ido quitando lo hereje porque, según la dialéctica, negar una cosa es afirmarla. Creo en todo, pero nada me convence. Según esto, si te portas mal no te la acabas, y si te vas al cielo, te vas a pasar toda la eternidad adorando a Dios. ¿Toooda la eternidad? ¡Qué güeva!

Tu título “Tres metros bajo tierra” podría servir para un narcocorrido en honor al Chapo.

Fíjate que tengo una novela inédita, que por lo visto va a seguir en esa condición. Es un submundo de túneles y hay un mero mero que es el capo. Si se publicara ahorita, parecería realismo socialista. Ahora todo en México es underground, y el pop star del underground es el Chapo.

¿Ya te has presentado en el Lunario?

Como frontman, no. Me aventé dos

palomazos en días consecutivos con Gurruchaga y la Orquesta Mondragón, y tiempo después Fernando Rivera Calderón me invitó a que cantara dos rolas de él. Digamos que es mi debú.

El show se anuncia como “Jaime López. En divo y desenchufado”. ¿Alguna vez alguien te ha acusado de divo?

No, pero estoy esperando que alguien lo haga. En este mundo no sólo hay divas, también hay divitos y circulando.

Y vas enchufado.

Sí. En las épocas gloriosas, cuando existía una industria discográfica, había muchos genios, pero no del lado de la música sino en los escritorios. Siempre tenían grandes ideas para proyectarte, pero conmigo no sabían qué carajos hacer. Un día, uno de esos genios me dijo: “Ya encontramos la fórmula para lanzarte al estrellato: un disco desenchufado”. Le dije que, por si no se había dado cuenta, yo siempre había estado desenchufado, y que quería estar enchufado a la venereable industria discográfica.

En Chihuahua, a la gente ingeniosa le dicen que es “muy chispa”. ¿Heredaste eso de tus papás?

¡Déjate lo chispa. Incendiaban toda la frontera! Nosotros nos fuimos de Matamoros a Juárez y luego a Nogales. En Matamoros yo era un huerco, en Juárez pasé a ser un chavalo, y en Nogales un buki. Por cierto, en Chihuahua no dicen chispa sino shhhispa.

Pues eres muy shhhispa.

Y tú bien carrilla. Cábula, pues, para que entiendan los chilangos.