“La mejor ficción es la realidad”

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Por Adriana Bernal

Alejandro Almazán es periodista hace varios años especializándose en asuntos relacionados con el narcotráfico y la nota policiaca de este país. Ahora publica, después de siete años de trabajarla, su primera novela, Entre Perros (Random House Mondadori, 2009), la cual narra la historia de dos amigos: un reportero ambicioso (Diego) y un sicario sin límites (Ramón), envueltos en un juego de lealtades: “La mayoría de las situaciones en el desarrollo de la novela fueron muy inconscientes, sin modelos, por instinto me iba saliendo. La primera versión Elmer la tiró a la basura, me dijo ´Alejandro, está chingona la historia, pero esto es una crónica, no literatura’. ‘Te voy a dar clases de literatura y te voy a decir qué se tiene que hacer. El me iba explicando, lo que yo iba a haciendo, sin saberlo; seguramente, si lo hubiera sabido, no me habría salido. Me decía las cosas, cuando ya habían sucedido”.

Ahora, en un momento en que los estantes de las librerías y las mesas de novedades están saturadas de novelas, reportajes y crónicas con visiones diversas sobre el mundo del narcotráfico, su violencia, sus mecanismos, sus redes, Alejandro platica sus por qués: “Empecé Entre Perros en el 2002 y me pareció que la iba a terminar pronto. Seis meses o un año era mi plan. No ocurrió porque me di cuenta que la literatura no era periodismo. Tardé cinco años y durante ese tiempo empezó el boom de toda esta literatura de narcos. Me agüita un poco que salga ahora pero creo que hice un esfuerzo y si la gente voltea y la lee, va a darse cuenta de que sí hay trabajo, que sí decidí que le iba a meter mucha pluma”.

Ramón Guerrero, alías "El Bendito”, si bien es un capo, resulta entrañable, encantador, lo cual pudiera leerse como paradoja de la realidad, algo característico en la novela, ya que, van creándose, a lo largo de las páginas, no sólo luchas externas, sino búsqueda de alianzas y complicidades, deseo de solidaridad y no pocos cuestionamientos entorno a lo que es y no es, la lealtad: “Diego (el personaje de la novela) no es un miserable que vive bajo otros códigos, él sí puede vender a sus amigos por una buena nota. El sinaloense es camarada. Rara vez se puede llevar con un chilango porque los dos son iguales, escandalosos, sangrones, soberbios; entonces, chocan. Por alguna razón, conmigo fueron muy buena onda, fue una raza a toda. A veces la amistad del sinaloense, como lo planteo en el libro, termina más en una abnegación. Sorprende.

Después, una de las grandes lecciones que me dio mi madre, fue precisamente la amistad, siempre me decía: “muérete de amor, pero nunca traiciones a tus amigos. No mueras de amistad”. A mí sí me enseñaron eso, y cuando me traicionan, me duele mucho. Encontré que había un click entre mis valores y los de los sinaloenses.

Además de la complicidad, del valor y distinción de ciertos códigos, el doble riesgo de hallar una voz narrativa, Alejandro lo asumió como un reto pues su camino literario no había sido muy bien recibido principalmente por él mismo. Esta vez quería apostar por desarrollar un texto literario: “el primer libro que publiqué, el de Andrés Manuel López Obrador, lo hice por plata. Es un mal libro, no es pretensioso, informativamente quizá está bien, pero está escrito del nabo y en el segundo, el del Caníbal, por respeto al lector y a los escritores, si me comprometí; ahora, intenté, con este tercer libro, saltar a la literatura, leí, me acerqué a los másters, Elmer me ayudó muchísimo, me adoptó, me fue corrigiendo. En el periodismo, aunque son personajes reales, siempre hace falta algo. En el periodismo si yo utilizo la palabra alicuzar o plebe, tengo que explicarla, profundizar para que el lector entienda, o de plano no usarla, en la novela, era un reto más difícil. La frase por sí sola tenía que explicar su significado. Es que el sinaloense, me parece no habla español, tiene su propio lenguaje, sus propias maneras, modismos y localismos. No sabía cómo hacerlo. Elmer me mandó a releer, entre otros “El asesino solitario”.

La red del narco es una telaraña, anudada por códigos y simbolismos, jugar con ellos y vincularlos, fue un verdadero reto tanto de observación como de escritura. Como parte fundamental de la estructura narrativa, en entre perros, la ficción siempre acaba siendo realidad y la mentira, verdad, por ejemplo, “El asesinato que reúne a los tres amigos en la novela, lo pensé mucho. Comencé a maquinarlo en el 2002 pero en el 2008, levantan a un taxista, lo decapitan, le cosen la cabeza de un cerdo y lo cuelgan. Y me enojé mucho. Me costó mucho trabajo sacar al asesino serial que llevo dentro y me asusté. Al final, sólo me reí. Otro dato, Ramón Guerrero, El Bendito,(otro personaje) no se llamaba así, tenía otro nombre que había sacado de un cementerio. Un jueves, iba yo a entregar la versión final de Entre Perros y era miércoles; una amiga a quien le había mandado la novela tiempo atrás me llamó y me dijo, nada más algo: sí hay un tipo que se llama así, es sicario, es jefe y trabaja para tal cártel.

Me cagué de miedo. En la editorial ya no podían mover las cajas de diseño, contamos los caracteres y entonces, pensé otro nombre”.

Más allá de halagos, de intenciones inmediatas o a largo plazo, los objetivos más sensatos de Alejandro están ahí, desde la primera página: “Quiero dignificar a Culiacán; es una ciudad más grande que sus penas. Hablar de esta ciudad, aunque a veces no sea cierto lo que cuento, no me importa, porque ha sido muy generosa conmigo. Me parece que Culiacán ya es un personaje no sólo en la literatura mexicana además, creo que la literatura norteña, todas sus voces: Juanjo, Élmer, Martín, Parra, todos ellos, la neta, sí están creando la literatura mexicana. No sólo están contando la violencia actual, sino que también proponen un andamiaje literario contando historias cotidianas de una manera extraordinaria. En lo personal, creo que la realidad nos está aguardando, la mejor ficción es la realidad y hay que ir por ella”.

Por si no lo sabía…

• Alejandro Almazán estudió comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Ha colaborado en Macrópolis, Reforma, Milenio, El Universal y Canal 40. Actualmente escribe para la revista Emequis.

• Ha ganado tres veces el Premio Nacional de Periodismo en la categoría de crónica, por “Lino Portillo, asesino a sueldo” (2003), “Cinco días secuestrada, cinco días de infierno” (2004) y “Un buchón no se retira, sólo hace una pausa” (2006).

• Ha publicado tres libros: La victoria que no fue. López Obrador, entre la guerra sucia y la soberbia (Grijalbo, 2006) en coautoría con Óscar Camacho. Gumaro de Dios. El Canibal (Grijalbo, 2007); Placa 36, cara y cruz del comandante moneda (UNAM, 2009).

fdm