La ocurrencia de la Onda

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Desde su resquicio en la pared el escorpión celebra los 71 años de José Agustín y le desea salud y perseverancia. Leerlo fue una aventura para el púber escorpioncito cuando visitó La tumba (1964), se vio De perfil (1966) y realizó luego el viaje psicodélico de Se está haciendo tarde (1974).

El arácnido no ha dejado de leerlo, pero recuerda también al recién fallecido Gustavo Sainz (1940-2015) y sus conversaciones dentro y fuera del salón universitario; ya nostálgico, revive además las discutidoras pláticas con René Avilés (1940). Este

itinerario finaliza con Parménides García Saldaña, con quien el escorpión compartió una tarde inolvidable de histórica y breve huelga telefónica.

Todos ellos fueron clasificados como escritores de la Onda por ocurrencia de Margo Glantz, a partir de su discutible ensayo de 1971, Onda y escritura: jóvenes de 20 a 33. Texto en parte basado en ideas ya rebasadas de Octavio Paz sobre los pachucos, y en parte sustentado en Gombrowicz y su visión de la juventud y la belleza como propias del rechazo a crecer.

Glantz va del reconocimiento a la subvaloración de estos autores (incluye a Manjarrez, Aguilar Mora, Ulises Carrión, Juan Tovar, Gerardo de la Torre), y juega a oponer y reunir “onda” como crítica social y “escritura” como creación verbal. Su ensayo etiquetó a este grupo de escritores nunca conformes con esa simplificación, pues más allá de lo juvenil, el albur, el slang, el rock, las drogas, el sexo libre y demás lugares comunes, como lo escribió Sainz, citado por Glantz:

Estos escritores han comenzado a distinguirse por su lenguaje, algo que ya no se acepta con inocente consentimiento. La preocupación de “escribir bien” tiene ahora una oposición: la de aquellos que no creen más en los ceremoniales literarios. Si escribir es entrar en un templum que nos impone (independientemente del lenguaje que es nuestro por nacimiento y por fatalidad) una religión implícita, un rumor que cambia de antemano todo lo que podemos decir, (entonces) escribir es, también, querer destruir el templo incluso antes de edificarlo; es por lo menos, antes de franquear el umbral, interrogarse sobre las servidumbres de semejante lugar, sobre el pecado original que constituirá la decisión de encerrarse en él.

Ya de regreso en la cicatriz de su muro, el escorpión pregunta: ¿Cuántos escritores actuales mantienen esa actitud?