La venganza buena

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Ilustración Francisco Lagos

Frente a la pantalla 4K de sesenta pulgadas, dos hombres que habían eliminado el “ser bueno” como condición sine qua non para emprender la búsqueda de la felicidad en la vida jugaban un partido de FIFA 15 en el X-box.

El videojuego era testigo de una decisión de vida a punto de concretarse, y futuro aliciente del más exquisito deseo de venganza, bálsamo electrizante como una bebida adicionada con taurina.

—El lunes anuncian quién se queda con la gerencia regional, tú o yo —dijo Felipe, con el control de la consola convertido en extremidad, y un incipiente gesto de obsesión que asomaba detrás de su ahogado esfuerzo por no perder las formas ni malograr el pique que ya emprendía Messi hacia el área grande, por la izquierda.

—No la quiero, Pipe, pero si me la dan la voy a agarrar. Es mucho varo y, la verdad, sí puedo con ella —respondió Emanuel, el anfitrión, mientras imprimía con el índice acelerada fuerza a Ramos para lanzarlo luego, artero, hacia el mediocampista rival como si quisiese destrozarle las espinillas de pixel.

La figurilla del argentino cayó de bruces y el balón abandonó lento la cancha.

Felipe parpadeó con la velocidad del ala de una mosca. Ni un solo músculo más se le inmutó.

—Te la mereces, Ema —mencionó Felipe, sin entonación, cuando la pelota disparada por el gráfico con playera número diez, partía en dos la irreal ventisca que soplaba en el estadio con una fina estela blanca, cuyo fin era marcado por un tintineo del travesaño. Luego la pelota botaba desorientada hacia el centro de la cancha empastada de un verde vívido.

—Tú también, Pipe.

Se consideraban amigos desde aquel primer intercambio en el chat interno de la oficina, cuando elaboraron, a propósito de la debacle matrimonial del jefe que entonces tenían, una disertación —fundacional de la amistad— sobre la venganza. “Retorcida”, decían, y lúcida. Se la enviaron a sus respectivos correos.

“F: La venganza es buena. Nos hace seres más completos porque desarrolla el don de la paciencia, para esperarla. Y también el sentido de la oportunidad, para perpetrarla.

“E: Nos condiciona a mantener en alerta los sentidos al extremo, para percibir desde lejos su aproximación y nos sensibiliza a grados matemáticos, para disfrutarla en el justo momento en que se concreta.

“F: A veces, mientras más efímera, más placentera.

“E: Pero es moralmente funesta. Y si no me crees, pregúntale a Iron Man.

(Así le decían al jefe.)

“F: No importa, la venganza es aceptable en psicología.

“E: Pero da miedo porque su dimensión es subjetiva.

“F: A veces se vuelve ilusión o esperanza.

“E: Y se puede materializar en todo: en un flash de cámara, en una foto, en un disparo, en un chasquido húmedo, jajaja…

“F: Ahora sí te pasaste con Iron”.

Pero ahora frente a la pantalla, aquella interpretación de la venganza que se había vuelto recurrente, energizaba cada maniobra. Más aún porque el regate de Neymar parecía tan real como la media vuelta que lo puso frente al marco en el cual Casillas lucía como un punto en la inmensidad. El tiro angulado estremeció la red. Gol. Y el alarido desbordó en las gradas la pasión de decenas de personitas similares en su constitución física, del teatro igualitario.

Un alfiler virtual le inyectó hiel en el plexo solar a Emanuel, quien decidió no reaccionar. Toda la concentración la pondría ahora en un proyecto llamado medio terreno, para abrir espacios por las puntas y buscar diagonales retrasadas. Benzema o James, cualquiera remataría con letalidad siniestra.

—Oye, tal vez deberías cuidar los últimos reportes financieros de tu área, para que no haya tacha en tu historial. Hay gente muy enferma en la oficina.

Me llegaron al correo desde un anónimo. Los dejé en tu mesa con subrayados —dijo Felipe, antes de quedar impávido ante Cristiano, quien pronto tuvo a su merced a Ter Stegen para destrozarle el alma. Gol. Algarabía.

—Salí sin observaciones. No te preocupes, Pipe, mejor échale ojo a las auditorías que te hicieron. Hasta donde sé, el mismo lunes, temprano, las pasan a la dirección.

Pequeñas venas cual filamentos de fibra óptica se marcaron en los ojos de Felipe, pero como si, en vez de luz, por su interior circulase un bebedizo light de jamaica.

Aunque como respuesta, en jugada de tres toques, Suárez saboreaba ya la proximidad del marco. Felipe apretó el botón de tiro y el brazuca trazó un haz brillante hacia la base del poste derecho de Casillas.

—Hablando de gente enferma, ¿ya botaste a Lucía? Me presumió anoche que tiene tus contraseñas del sistema contable y de tu Facebook, Pipe.

—Esa mujer es hábil. ¡Aguas con ella! Antier me pasó las tuyas. Ya no uses para todo las primeras letras del nombre de tu mujer y la fecha de cumpleaños de tu hija. Ya están dormidas las dos, ¿verdad?

—Se acuestan temprano. Oye, ya que pisas terrenos personales, supe que no cae nada bien en la dirección tu debilidad por los becarios…

Al instante Felipe revisó las posiciones de la defensa de su equipo blanco y lucía como un hormiguero recién pateado en el radar de juego del recuadro inferior.

—Todos somos un poco hipócritas, Ema. Vivimos en una sociedad conservadora. Aún así… Mira, te lo tengo que decir, me llegó un mensaje de Kazar: me anuncia que me pone a mí.

Felipe inclinó ligeramente la cabeza para apiñar en la punta de una lanza imaginaria ideas e impulsos, mientras ofendía de nuevo con Messi.

—Yo también lo recibí —replicó Emanuel, incómodo pero inmutable, ante la posibilidad de que Cristiano luciera aturdido ante el asedio de Piqué y Alves, cuyas marcas lo obligaban a pasar la bola de primera intención y con ello a guardar la magia.

—Te mandé una copia falsificada, después de recibir el original. Quería saber si estabas interesado, pero veo que estás obsesionado con la gerencia— habló Felipe.

—Mira, Pipe, por nuestro historial de amistad, si llego, te largarás de la compañía.

—Si llegaras te levantaría un monumento en el infierno, Ema. Vete antes, yo muevo tu liquidación al cien.

El crujido de una galleta que se muerde, puesto por los desarrolladores del videojuego para representar las patadas se intensificó en los minutos finales.

El árbitro detenía el juego con gestos de desaprobación y sacaba tarjetas.

—Sólo que lo hicieras desde el tanque, Pipe, porque tengo registros de transferencias a tus cuentas personales.

—No me mandes tan lejos, lo haría desde la computadora de mi oficina, donde tengo las fotos de los baldíos donde dices que están las empresas que contrataste.

Los diálogos se iban concretando tras periodos de segundos en los que el intercambio de ofensiva a defensiva parecía un planteamiento delirante, y se sucedían entre dolorosos lamentos del público, por los tiros a puerta desviados.

—Si hablas de fotos, tengo un álbum completo de tus amigos becarios. ¿Las enmarco para el recuerdo?

Para entonces, micropartículas de sudor perlaban las puntas de las narices de Felipe y Emanuel y la proyección del FIFA 15 en ellas se reflejaba tornasol.

Ninguno osó rascarse…

—¿Son tan lindas como las de tu mujer con …?

Una sobrecarga de electricidad. Un preludio. El estadio entero enmarcado en 60 pulgadas se volvió un intempestivo fade out, sonorizado por un aullido del fraccionamiento que lamentaba el apagón. Maldita luz.

Prolongado, aletargado silencio. Ni un dejo de respiración agitada.

—Te veo mañana. Trae tu última carta. Y tu playera del Barcelona.

—Oka, pero ponte la del Madrid. La gran final.

Emanuel no dijo más. Se arrancó el control inalámbrico de las manos y se abandonó con los ojos cerrados a una metáfora de ave rapaz en descenso, mientras escuchaba el click de la puerta al cerrar.

Felipe al salir sintió la noche como un baño de burbujas, y en su propia saliva rabiosa percibió un sabor a whisky.

En sus mentes retumbaba aquella disertación primaria: “la venganza es buena…” y, como en una película, sendos rayos de la misma luna hicieron que de las dentaduras sonrientes de cada uno brotaran, simultáneos, centelleos conmovedores. La vida, esa noche sin alumbrado, les parecía hermosa.