Martes 14.07.2020 - 02:15

Like swimming

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Murakami se equivoca. Correr no es como escribir. Nadar es como escribir. La soledad del corredor de fondo es una analogía hipster. No es la carrera lo que impulsa el relato de largo aliento. Por más que lo intento, no consigo consolidar en mi mente la imagen de un Dostoyevski con un reloj Nike presumiendo en las redes sociales la cantidad de kilómetros que recorre a diario. Redactar una novela de amplia extensión, aunque se crea lo contrario, no implica lo mismo que correr un maratón.

De qué hablamos cuando hablamos de correr. De cualquier cosa, menos de un novelista. La cultura de lo light ha dado paso a la cultura del bienestar. Jabones orgánicos, alimentos orgánicos, escritura orgánica. Descafeinada. Cómo se escribe una novela de quinientas páginas. No de la misma forma que se corre el maratón de Nueva York. Para completar un maratón se requiere de preparación. De acuerdo. ¿Entonces el cuento es la preparación para convertirse en novelista? No. Si fuera el camino tendríamos a más cuentistas que novelistas. Se salta a la novela directamente. A adoptar la pose de San Murakami.

De entre todas las analogías que se pueden entablar entre escritura y deporte sólo una es pertinente. La natación. Cómo se escribe una novela de quinientas páginas. Primero se redactan seis. Luego diez. Enseguida tres. Después veinte. Se constata cómo el archivo comienza a crecer. Hasta que en determinado instante se descubre que la extensión del texto ha conseguido las quinientas cuartillas. Plantearse la redacción de un texto voluminoso, o como los llaman los lectores poco entrenados, mamotretos, te paraliza. Te infunde miedo. El consejo es nunca pensar en el tamaño. Dedicarse a acumular palabras. Sin presiones. No pensar en el maldito maratón de Nueva York. Deslizarse apenas unos metros.

Por qué nadar es como escribir. Para poder desarrollar velocidad y resistencia en la natación primero se deben dominar los estilos: libre, dorso, pecho y mariposa. Y aquí reside la diferencia radical con el atletismo. Si bien es cierto que correr es un deporte de alto impacto, implica una competencia externa. Prepararse para cada día correr más kilómetros. En la natación la competencia es contigo mismo. Y el reto consiste en perfeccionar los estilos. Si nuestra literatura fuera consciente de esto, tendríamos menos novelas que se quedan a medio maratón. En tus primeras incursiones en el agua apenas si avanzas media página, página y media. Pero una vez que consigues domar los estilos comienza la narración.

El siguiente paso a domesticar es la respiración. En el argot del nadador se le conoce como bucito. Respirar por la boca y exhalar por la nariz. Desarrollar capacidad pulmonar. Además hay que obligar a la cabeza a que se acostumbre a estar abajo del agua. Esto es indispensable para alcanzado un punto entrar en trance. No dudo que en el atletismo ocurra este fenómeno. Pero conlleva implícito un grado de concentración. La meta, el objetivo, no desaparece nunca de la mente. En la natación la concentración consiste en dejar de pensar. No se piensan los estilos. Se ejecutan. No se piensa en narrar, se narra. Incluso en una competencia de natación, la mente opera en blanco por lapsos. En la escritura ocurre lo mismo. No permea la preocupación por alcanzar determinado número de páginas. Se limita a narrar.

Una vez que se consiguen domeñar los estilos y la respiración, el siguiente paso es la velocidad. La velocidad opera de manera distinta en la escritura. No es el reflejo de un mecanógrafo raudo. Opera en la construcción de las oraciones. En la sintaxis. En cómo se acomodan estas dentro del tejido semántico. La velocidad del pensamiento para ejecutar el estilo. Para responder al reflejo incondicionado sin que interceda el pensamiento. El grado hipnótico de la narración sólo lo posee la natación. El escritor deambula para concentrarse, para rumiar una idea, nunca corre detrás de ella. Pero sí puede nadar en su búsqueda. Nadar es suspenderse, es hacer volar la médula espinal. Cuando nadas te pones en contacto con esa región del cerebro de donde Joyce afirmaba que nacen las palabras antes de ser manifestadas por el habla.

Cuando por fin afinas el estilo, la respiración, la velocidad y el trance, entonces obtienes lo último: el músculo. Y a base músculo conquistarás la novela de quinientas páginas. La construyes día a día. No con una misma rutina, como pretenden los corredores. Con combinaciones. Incluso con aletas. Con paletas. Con pull. Para que te expandas al máximo. Para que tu cuerpo se estire al máximo. Para que se narre a tope. Y te olvidarás de la competencia. Sólo te ocuparás de narrar. Correr jode las rodillas. Y los verdaderos narradores no se joden las piernas. Los narradores auténticos se pueden joder la cabeza, las tripas, el corazón, pero jamás las piernas.