Llueve

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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No nací para semilla porque la lluvia, en vez de darme vida, me baja las defensas. Me disgusta tanto ver llover como escuchar un mariachi en la radio a las doce del día o comerme una cucharada de yogurt. En la Ciudad de México la temporada de lluvias empieza en marzo y se prolonga hasta octubre. La mitad del año. Muchos lugares se inundan, el tráfico se vuelve más pesado y la gente evita poner a secar su ropa en el balcón. Y a veces, en cuestión de minutos, huyen las nubes y el sol regresa a evaporar los charcos. Temporada también de huracanes y tormentas tropicales que

a veces son noticia y desgracia, y

que contrastan con paisajes desolados en los que la sequía impone su ley.

Ni siquiera en las películas me gusta que llueva, y eso que sucede con mucha frecuencia. Fue una de las herencias que Cantando bajo la lluvia le dejó al cine mundial, aunque suele llover menos en películas de bajo costo. Llueve a mares en dos películas basadas en libros de Truman Capote: Desayuno en Tiffany’s y A sangre fría. A Woody Allen también le gusta empapar a sus actores: en Match Point y Medianoche en París el agua caída del cielo es también protagonista. Al parecer a los directores de cine les parece más romántico filmar un beso apasionado bajo un aguacero, así como también las disputas entre una pareja, de preferencia sin paraguas que tape la escena. Al mundo distópico igualmente le atraen los chubascos, como en Blade Runner y Jurassic Park. Les da a las cintas un toque de apocalipsis. En la serie de televisión The Killing, ambientada en Seattle, rara vez escampa y da la idea de que vivir cobijados por un chaparrón permanente es algo normal. Tan solo hay que evocar a la lluvia para que caiga. Ya lo decía Clint Eastwood: “No creo en el pesimismo. Si algo no sale como deseas, sigue adelante. Si piensas que va a llover, lloverá”, y con más razón si hay presupuesto para lograrlo. Las lloviznas fílmicas casi no existen, porque lucen menos, y tampoco las granizadas, por su alto costo de producción. Y cuando se va a grabar un cuadro con lluvia en la calle y resulta que sí llueve, el director decide que hay que repetir la escena con gotas artificiales. Llueve sobre mojado.

En las artes plásticas son menos abundantes las lluvias (y algunas de las obras que las incluyen son memorables, como las de Hiroshige y Van Gogh). En cambio es muy raro encontrarse con un paisaje sin nubes, desde las que tienen una presencia simbólica como en la obra de René Magritte, hasta los cielos tormentosos de William Turner o John Constable. Parecería que dejar un cielo en azul es como dejar en blanco un fragmento de la tela. También es una tentación pintar arcoiris, que desgraciadamente necesitan de la lluvia para arquear con colores el paisaje.

En la literatura llueve con menos frecuencia que en el cine, a pesar de que resulta mucho más caro hacer llover en una película que en una página en blanco. Quizás unas de las más persistentes estén en Cien años de soledad y en Isabel viendo llover en Macondo, de Gabriel García Márquez. Será porque en Colombia llueve a cántaros, que su amigo y paisano Álvaro Mutis también mojaba las páginas de sus novelas (Ilona llega con la lluvia), poemas (Reseña de los hospitales de

ultramar) e incluso su Diario de Lecumberri. Por razones obvias, los dramaturgos evitan hacer que llueva en sus piezas. Ni en Broadway se los permiten. Si acaso, se escucha su caída desde el interior de

una casa o es un tema sobre el cual

se puede hablar, como en el monólogo de Juan Villoro Conferencia sobre la lluvia. Además de Mutis, muchos poetas le han cantado a la lluvia: García Lorca, Neruda, Vallejo, Gelman, Storni, Benedetti. Me gustaría quedarme con los versos de Borges: “La lluvia es una cosa / Que sin duda sucede en el pasado”.

Y ahora precisamente que escribo estas líneas llueve en el presente.